Al ángulo de la literatura
Por Lorena Vincenty
Neuquén > Desde una militancia literaria que invita a leer, y lejos de modales protocolares, Juan Sasturain contó cómo gambeteó en el ámbito de la literatura y el periodismo, dos espacios donde se consagra como referente indiscutible. Es egresado de Letras y docente de Literatura, colaboró en "Clarín", diario La Opinión y "Página/12", también se desempeñó como jefe de redacción de las revistas Fierro, Humor y Superhumor. Junto a Alberto Breccia le dio vida a “Perramus”, historieta reconocida internacionalmente. Además estuvo al frente del programa de TV “Ver para leer” y en la actualidad conduce “Continuará...”, sobre la historieta argentina, y “Disparos en la biblioteca”, sobre el género policial; pero entre todas las facetas, comienza por la principal: la de escritor.
“Siempre me defino como escritor, aunque hace muchos años que me gano la vida con un sueldo de periodista, esa es mi condición básica. Soy un escritor que trabaja en los medios”. De esta manera, el escritor Juan Saturain acompañó ayer en la 9ª Feria del Libro de Cipolletti 2012 a Pablo Montanaro para la presentación de “Osvaldo Soriano: “Los años felices en Cipolletti”, y hoy a las 21, en el Centro Cultural de Toschi y Tres Arroyos, le “dejarán el micrófono abierto para que hable un poco sobre los libros”. Previamente a que eso suceda, hizo un recorrido por su vida en las letras.
Empecemos, como se debe, por el principio. Naciste en González Chaves (Provincia de Buenos Aires), un arranque que tiene que ver con un hombre de pueblo.
Totalmente, soy de pueblo, no ‘hombre de pueblo’ (dice recargando el sonido de cada palabra) sino un tipo crecido en una localidad chica de la Provincia de Buenos Aires. La primera vez que fui a una ciudad grande fue a Mar del Plata a los 10 años, y conocí Buenos Aires a los 18, cuando me vine a estudiar. Creo que los primeros años de formación, que tienen que ver con el carácter, con las vivencias más profundas o que más nos marcan los tuve en esa vida pueblerina. No en el campo, sino en los pueblos chicos de Provincia.
Los paisajes del interior, como se llama muchas veces a esa parte del país que no es Capital, aparecen en las letras de los escritores, en sus descripciones o formas de relato, y es así en tu escritura también.
Los que viven en la Provincia de Buenos Aires no tienen tonada, los pueblos de La Pampa Húmeda tienen la particularidad que no tienen ese rasgo distintivo del interior del país, pero tampoco son porteños. Esa zona ha producido, por lo menos para la literatura argentina, en la segunda mitad del siglo 20, un montonazo de escritores. Muchos provenimos de ahí, de Pringles, de Villegas, de Belgrano, Chacabuco, escritores que no somos porteños pero hemos salido de la Provincia de Buenos Aires, y terminamos estudiando algunos en La Plata, en el caso de Ricardo Piglia, o que teníamos padres que trabajaban en algún organismo del Estado, mi viejo en el Banco, en el caso de el Gordo Soriano en energía, todos tenemos cosas en común.
¿Cuáles fueron los primeros pasos en esta carrera de escribir y leer?
En orden inverso, como debe ser, leer bastante y después escribir. Yo arranqué leyendo historietas; como es obvio, no es un algo distintivo porque era propio de toda mi generación. El hecho de que después algunos le hayamos dado más bola a la historieta no quiere decir que éramos los únicos que las leíamos. Tenía un peso cuantitativo muy grande, ese era el domicilio de las aventuras, el lugar donde estaban, ahí y en el cine.
¿Y luego de las historietas por dónde seguiste?
Después empecé a leer libros de aventuras, como "Robin Hood" y alguna otra cosita, o la revista Leoplán que llegaba a mi casa en los años 50. Más tarde, seguí por cualquier lado, a leer desordenadamente a partir de los 13, 14 años y por un buen profe que tuve en Mar del Plata, el Pelado Marcante. Trascendió Eudeba y leía todo lo que se me pasaba frente de la nariz, empecé a comprar, en los kioscos de Mar del Plata, a Mitre, Fray Mocho, Fernández Moreno, era todo nuevo para mí. Y a escribir empecé en la adolescencia, como todo el mundo, arranqué con poemitas, cuentitos y todas esas cosas.
¿Escribías poemas? En el imaginario popular cuesta situarte lejos de la aventura.
No, eso vino después. Mirá, el primer poeta que descubrí, a quien copiaba y todo, fue Fernández Moreno (Baldomero), incluso antes de haber leído a los españoles. La literatura es así, es lo que uno ha leído, si uno leyó una cosa, esa cosa es la poesía, si leíste dos, son esas dos: es tu experiencia. En la época del secundario escribía poemas, en el periódico del colegio, en los discursos de fin de año. Era un niño modelo. Por ahí me daban un discurso y escribía un poema largo, una basura (se ríe), pero yo escribía. Y por eso me vine a estudiar letras, lo que no consiguió inhibir la vocación de escritor, pero la demoró lo suficiente.
¿Cómo sería eso de que la demoró?
Vine a estudiar letras a la UBA y era muy disciplinado, mis viejos me pagaban los estudios, así que yo cumplía. Cuando entré en la etapa de crisis, que en algún momento todos deben tener, empecé con las preguntas: ¿Qué carajo estoy haciendo? ¿Qué voy a hacer con mi vida? Y ya la facultad la tenía casi cocinada, así que la terminé. Eran años de militancia, años en que la política era muy importante. Representaba el lugar donde poníamos toda la energía, el sentido para la vida. Cuando terminé a fines de los '60, tenía novia, me casé y me puse a trabajar de profe con mi "titulito" nuevo, primero en el secundario, en la universidad, y después vinieron los milicos. Si tenía alguna vocación de carrera académica, se terminó ahí. Era buen docente, titular de una cátedra en Rosario, jefe de prácticos en Buenos Aires, de la materia Literatura Argentina. Pero nos apretó la Triple A, y después se terminó. Igual para esa época yo me daba cuenta que lo que quería era escribir, no ser profe de literatura.
Arrancaste a escribir en medios, después con la novela, ¿cuándo fue que tiraste la pelota a la cancha de fútbol?
El fútbol también está en la experiencia de todos los chicos de mi generación, todos teníamos la eventual profesión futbolera. Si hablamos de el Gordo Soriano es lo mismo, a todos nos gustaba. Yo jugaba más o menos bien para el ambiente donde me movía. Cuando me vine a estudiar, probé a ver si podía entrar a jugar en algún club, y bueno, no pude entrar en ninguno y me dediqué a jugar en el equipo de la universidad que era más accesible y tenía que ver con mi vocación, porque nunca lo pensé como un modo de vida al fútbol.
De todas maneras siempre estuvo presente.
Estuvo muy presente de chico cuando escuchaba los partidos, de grande ocupa parte de mi cabeza como de tantos escritores. En determinado momento empecé a darle pelota a eso y a escribir sobre fútbol, los primeros textos futboleros los escribí a fines de los '70 en la revista Contraseña, efímera como tantas. Después esos salieron en “El día del arquero”, con dibujos de El Negro Fontanarrosa.
La poesía para arrancar, la historieta y el fútbol para continuar; la cuarta pata de la mesa sería el policial.
La otra pata es el policial, por supuesto, pero lo dejamos para la Feria del Libro.
Del aula a las páginas
Neuquén > Con la dictadura del ’76, Juan Saturain recibe amenazas de la Triple A. Debe renunciar a su tarea docente y, de a poco, comienza una nueva búsqueda con el fin de concretar su deseo más profundo: “Empecé a hacer crítica de libros, a los 23 años trabajaba en Editorial Galerna. Hoy, por ejemplo, me crucé con Osvaldo Bayer, la primera vez que yo escribí una crítica de libros fue en el '71, en el suplemento Cultura y Nación de "Clarín" que salía los jueves y lo dirigía Osvaldo en esa época. Ahí empecé a hacer crítica de libros, y en "La Opinión". Por esa época también empecé a escribir los primeros capítulos de “Manual de perdedores”, que es mi primer libro. Tenía que ver con las lecturas de la época, lecturas de novela negra y ese tipo de cosas, que compartíamos con el Gordo Soriano. El Gordo trabajaba en "La Opinión", yo estaba escribiendo "Manual de perdedores", mucho más lenteja, y él "Triste, solitario y final", que la liquidó en año y medio”.
Colmena de escritores
Neuquén > Una selección de hombres de letras que difícilmente el periodismo pueda equiparar en el presente –entre los que se encuentran: Paco Urondo, Juan Gelman, Tomás Eloy Martínez, Ernesto Sábato, Enrique Raab, Bernardo Verbitsky, Osvaldo Soriano y otros–, trabajaron en el diario La Opinión. Por los '70 Juan Sasturain ingresó como colaborador en ese medio fundado por Jacobo Timerman, y entre semblanzas recordó aquellos años: “En La Opinión había una cosa muy linda, que era que tenía una sección de cultura fija todos los días, era el primer diario que todo se firmaba, cada cosa estaba bancada por los que las escribían, por eso “La Opinión”. Salía (a diario) la sección de cultura, además del suplemento Cultural dirigido por Gelman (los domingos) e ilustrado por Sabat, antes de que pasara a Clarín. Ahí publicábamos críticos de libros, como Jorge Rivera, Eduardo Romano, Aníbal Ford, adentro estaba Tomás Eloy Martínez como jefe de redacción, Paco Urondo, era algo tremendo. Yo ahí leí los originales de “Relaciones”, el libro de Juan Gelman que me lo dio y me dijo ‘a ver Juan fíjate vos’, (se ríe) ¿Qué le iba a decir yo, qué le podía decir yo a Juan? Era una maravilla. Ahí me di el gusto de comentar a Paco, “Homenajes a los indios Americanos” de Cardenal, comenté “El libro de Manuel” de Cortázar, que nadie lo quería agarrar y me lo tiraron a mí porque era el más chico. Había gente muy capaz, era muy de ese momento, un diario que tenía la impronta, de la inteligencia y la sagacidad de Timerman, su director”.
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