Armó un museo del botón con más de 26 mil piezas

Tiene uno de la sotana de Don Jaime y el de un saco de Felipe Sapag.

Por Ana Laura Calducci / calduccia@lmneuquen.com.ar

En un rincón de El Chocón hay un museo inesperado. Es el refugio de 26 mil botones de todas partes del mundo. Hay de cristal, tela bordada, metal, madera, nácar y hasta de chocolate. También están el que abrochó la sotana del obispo Jaime de Nevares y el que cerraba el mítico saco de Felipe Sapag. Mirta Palandri los coleccionó durante 25 años y decidió compartirlos con el público.

El Museo del Botón neuquino es el cuarto en su tipo en el planeta y acaba de cumplir un año. Como una paradoja del destino, está ubicado sobre la calle Cristal de Bohemia, dentro del barrio Cooperativa de El Chocón.

El mismo edificio da cuenta del exótico interior, con enormes botones coloridos en la fachada y un círculo de luz en lo alto con dos esferas en el centro que proyecta la silueta tan repetida en camisas y sobretodos.

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Adentro, entre miles de botones prolijamente clasificados, está Mirta. Ella empezó la colección en 1992, a partir de un duelo que la tocó muy de cerca. Su mamá había fallecido joven y su papá, Pepe, le propuso conservar como recuerdo la cajita con broches que dejó, donde había piezas que habían pertenecido incluso a su abuela.

Pepe coleccionaba cucharitas y buscó transmitirle a su hija la pasión de indagar en un objeto cotidiano hasta convertirlo en algo que de maravilla. De a poco, fue juntando botones de cada país al que viajaba, cada reunión familiar, cada feria de artesanías, hasta que perdió la cuenta.

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En 1995, se enteró del fallecimiento de Don Jaime y pensó que le faltaban botones que cuenten la historia neuquina. A través de un conocido, logró quedarse con uno del obispo, que atesora en la sala más amplia del museo.

Hace poco, alguien le mencionó que le faltaba el de Felipe Sapag “y me fui al otro día a tocarle el timbre a doña Chela, que le consultó a su hijo Luis y accedió a darme uno”, recordó.

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Cada botón, una historia

También recorrió gran parte de Europa detrás de botones que ya no se fabrican. Consiguió de soldados de la Segunda Guerra Mundial, de la Grecia renacentista y los de cristal tallado de la firma Swarovski. Como vive en El Chocón, se hizo además de piezas únicas con forma de dinosaurio, que exhibe junto a minúsculos broches que recuerdan a frutas, paisajes y flores.

Cada uno cuenta una historia y Mirta se toma su tiempo para narrarlas en cualquiera de los cuatro idiomas que aprendió durante tantos viajes. “Todos son valiosos porque hablan de otra época, hoy el 60 por ciento de los botones del mundo se hacen en el mismo lugar de China y esto se va perdiendo”, explicó. Agregó que sus preferidos “son los de nácar, porque nunca hay uno igual al otro”.

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Y, como si la colección no bastara para el asombro, recibe a los visitantes con un reloj de pared hecho de botones sobre un bastidor y una bandeja de “chocobotones” para degustar. María confió que, para ella, el proyecto recién empieza “porque el museo es como un hijo, lo fui pariendo en un momento de pérdida, y creo que recién está en pañales, hay mucho por hacer para verlo andar”.

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--> La historia de la Conquista del Desierto, en un ojal

El primer botón de la extensa colección de Mirta llegó mucho antes de que ella supiera que iba a dedicarse a esto. “Era el año 1982 y vivía en El Huecú, estaba casada con un médico y un paisano le llevó de regalo una pistola vieja, oxidada, y a mí me dio un botón del Ejército, que era del cerro de la Artillería, donde fueron los últimos combates de la Conquista del Desierto”, recordó.

Entonces, no imaginaba que una década más tarde su vida transcurriría entre viajes por el globo, pescando botones. Comentó que su adquisición más reciente, que está en exhibición, son cuatro piezas de una artista brasileña bordadas en tela.

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Su próximo viaje será a Samoa, una isla de la Polinesia donde hay pueblos que siguen viviendo como antes de la Revolución Industrial. Explicó que en esta ocasión “no sé si voy a encontrar botones, porque la gente todavía usa ropa de fibra, pero esto ya se convirtió en una aventura antropológica”.

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