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Cochico: el primer trabajo esencial lo desempeñó una mujer

Leontina Castro. Le ganó a las adversidades con su empuje solidario como la partera del pueblo.

Cochico no les hizo la vida fácil a sus pobladores, pero Leontina Castro estuvo para apoyarlos. La mujer siente que cada uno de los niños que ayudó a nacer son ahora hijos del corazón, y de ellos recibe el reconocimiento.

En la vida hay huellas que no son caminos, sino que son simplemente acciones que pueden transformar los pueblos y a sus habitantes. Esas huellas atraviesan los tiempos y se atesoran en forma de recuerdos, quedando impresos de manera indeleble en el alma y el corazón de todos. Esta es la historia de Leontina Castro, una mujer que supo dejar una impronta de trabajo solidario en Cochico, un paraje que prácticamente choca el cielo en el norte neuquino.

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Quisieron la vida y el destino que sea poseedora de un nombre que nos hace pensar en una mujer guerrera, luchadora de la vida con firmeza y decisión. Y así fue su vida, siempre atropellando los tiempos. Lo hizo con compañía y la mayoría de las veces en completa soledad. El dolor y las penas no ocuparon muchos espacios en su vida. Los envolvió en un corto llanto y los supo usar como un alimento a su alma y a su corazón para salir adelante pese las dificultades. Resiliencia le llaman.

Leontina Castro nació un 8 de octubre de 1950 en un paraje llamado Lolonco (a unos 18 kilómetros de Cochico). Hija de Gabriela Gatica y Galeano Castro, una pareja de crianceros desde siempre en estas tierras neuquinas que parecen tocar el cielo por su elevada geografía (2000 msnm). Leontina sin embargo se crió y se fue abriendo a la vida y aprendiendo los usos y las costumbres del campo de la mano de su abuela Juana Rosa Salgado. Ya a los 21 llegó el amor a su vida y contrajo matrimonio con Leopoldo Castillo. Juntos y a la par les entregaron cuatro hijos a estas tierras en la que estaba todo por hacer. Benito, Gladis, Bersabé y Alejandra son los herederos de la estirpe laboriosa, emprendedora y solidaria de estos esforzados crianceros.

Hicimos lo que pudimos hacer con lo que teníamos a mano”, dijo Leontina Castro. Partera y operadora de radio de Cochico

Con Leopoldo, ella fue forjando toda una vida de realizaciones. El campo y sus animales fueron los premios de su trabajo. El hogar, su invernada, su veranada y los caminos fueron los escenarios que recorrieron juntos hasta que en el año 2005 su marido se le adelantó en la huella. Al quedar viuda, se puso la familia y su casa al hombro, y entregó lo mejor de sí para llevarlos adelante. Leontina fue siempre una madre con mayúsculas. Crió a sus hijos y también crió a sus nietos de sangre y del corazón. Hoy los 70 años la encuentran en el campo haciendo lo que siempre hizo. Su hija Gladis y sus nietos Rocío y José la acompañan palmo a palmo.

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Ella quizás sin saberlo fue la precursora de las atenciones médicas en el pueblo que aún no era tal. Un par de casas, las rutas eran simples huellas o caminos de herradura. “Era muy chico, no había nada y todo por hacer. Así que hicimos lo que pudimos hacer con lo que teníamos a mano”, dice hoy Leontina con simpleza. Ella fue una mujer fuerte que supo hilvanar sus distintos trabajos en su casa, en el campo y en los tejidos con el de partera en su propio paraje. Aprendió un poco sola y un poco de su abuela. “Había que ser de coraje”, resume esa actividad ligada a una obstetricia precaria pero llena de vida.

“Atendí varios partos y esos nuevos niños desde ese mismo momento se transformaron en mis hijos del corazón. Muchos de ellos me han acompañado y agradecido con el correr del tiempo”, dice esta heroica mujer sobre todos esos hombres y mujeres que contaron con un papel fundamental en los primeros tramos de su vida. Tan importante fue su tarea, que las primeras atenciones de salud se hicieron en su propia vivienda.

“Fue un orgullo haber prestado mi casa por unos cinco años para que se hiciera la visita médica a mi pueblo desde Barrancas”, cuenta. Todo esto no quedó allí.

En ese momento instalaron una radio de telecomunicaciones para mantener justamente el paraje comunicado con el resto de los pueblos más urbanizados. Leontina se transformó de un momento a otro en la transmisora de los mensajes (buenos y malos) a sus vecinos. “Cuando recibía una razón (mensaje), me iba de pie o a veces a caballo a llevárselo al vecino, no importaba cuánto me demoraba, lo que yo quería siempre es que esa razón le llegara al vecino”, dice hoy, como recordando esos largos trayectos recorridos.

Una luchadora siempre dispuesta

Leontina es una mujer luchadora, solidaria, un ejemplo de vida para muchos. Actualmente sigue con sus animales aunque tiene una jubilación. “Siempre estuve trabajando en el campo. Yo no tuve la suerte de ir a la escuela”, dice con un poco de nostalgia. “No sé leer ni escribir, pero aún con mis años no pierdo la esperanza de poder aprender”, cuenta entusiasmada. Una de sus mayores satisfacciones como mujer es haber criado y dado un futuro mejor a una “nieta de la vida y del corazón”, dice. “Ella se llama Paola Orellana”, cuenta.

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