Cuando de Diagonal España despegaban los aviones

En 1933 comenzó el servicio de Policía Aérea en el centro de la ciudad.

Mario Cippitelli

cippitellim@lmneuquen.com.ar

Neuquén.- Los dos aviones encendieron sus motores ante la mirada fija de un centenar de vecinos que habían llegado al descampado. El ruido potente y la tierra que se arremolinaba por los efectos del viento y la fuerza de aquellos dispositivos mecánicos generaban un ambiente irreal en aquel terreno nivelado en el medio del desierto.

Corría el 12 de octubre de 1933 y la ciudad de Neuquén era apenas un pueblo que todavía no se acostumbraba al rótulo de capital del territorio que le había sido asignado 29 años antes.

La expectativa era enorme, porque no era común en aquella época ver de cerca lo que era un avión. Mucho menos en este rincón perdido del norte de la Patagonia argentina. Las distancias y la difícil comunicación entre los pueblos dentro de Neuquén eran un problema sin resolver, y la única manera de hacerlo era a través de la aviación.

El coronel Carlos Higinio Rodríguez, gobernador del territorio, dispuso la creación de un servicio aéreo propio al que denominó Policía Aérea, con el fin de asistir a las poblaciones más distantes de la capital. Llevar ropa, víveres y medicamentos, especialmente durante los meses más crudos del invierno, era una necesidad que con estas modernas aeronaves se podía satisfacer en un par de horas.

2 fueron las aeronaves asignadas por el Ejército para ser trasladadas a Neuquén.

De esta manera, inició las gestiones para la compra de aviones ideales para este tipo de trabajos: dos Curtiss Fledgling 51 que finalmente fueron asignados por el Ejército en marzo del año siguiente y trasladados al territorio de Neuquén desde Buenos Aires por el sargento ayudante piloto militar Ramón Calderón.

El Curtiss Fledgling era un avión biplaza construido para el Servicio Aéreo Naval de los Estados Unidos, con costillas y largueros de madera forrados en tela de lino. La estructura del fuselaje era de tubos de acero soldados. La versión civil de esta aeronave de alto rendimiento había sido exportada a varios países que tenían la necesidad de contar con un avión de estas características. Dos de las 109 máquinas que se vendieron fueron las que llegaron a Neuquén.

Creado el servicio aéreo con todas las disposiciones legales y administrativas de rigor, el problema era dónde ubicar los aviones y destinar un lugar para construir una pista. Terrenos había para elegir, teniendo en cuenta que en aquel momento el caserío de Neuquén estaba prácticamente concentrado en un puñado de manzanas ubicadas en lo que es hoy una parte del microcentro y algo del Bajo. Era cuestión de buscar algún lugar alejado de la población para que las operaciones no interfirieran la vida de la sociedad y no constituyeran algo peligroso.

En primer lugar, los dos aviones fueron guardados en un terreno aledaño al Tiro Federal de Neuquén, ubicado entre las calles Avenida Argentina, Buenos Aires, Talero y Teniente Ibañez. Inmediatamente, el gobierno comenzó a realizar una campaña para juntar fondos para que se construyera un hangar, debido a que las partidas presupuestarias de ese entonces no alcanzaban. Comercios e instituciones hicieron las donaciones de rigor para que finalmente las dos modernas aeronaves tuvieran un refugio adecuado.

En forma paralela, el gobernador Rodríguez ordenó la construcción de una pista en la zona de Colonia Valentina, utilizando a los presos de la U9 que diariamente concurrían al lugar para emparejar el terreno, nivelarlo y construir la infraestructura necesaria.

El 12 de octubre de 1933 se realizó finalmente el acto de inauguración del Servicio Aéreo Policial, en pleno centro de la ciudad, al que se invitó a personalidades de otros lugares del país vinculadas a la actividad aeronáutica. El cura párroco ofició una misa para bendecir a aquellas nuevas adquisiciones. Luego, ambas aeronaves comenzaron a carretear por lo que hoy es la Diagonal España para tomar vuelo ante el asombro de todos.

El sargento Ramón Calderón, figura clave en el servicio aéreo neuquino

El sargento ayudante Ramón Calderón (posteriormente nombrado comisario) fue el hombre que quedó al frente del servicio de la Policía Aérea de Neuquén y estuvo como colaborador inmediato al mecánico Luis Rafael Medina, un cabo que contaba con conocimientos y experiencia en materia aeronáutica.

Se había recibido de piloto militar en enero de 1922 y tres años después fue designado instructor de pilotos civiles. Fue clave para que el flamante servicio aéreo tuviera éxito, ya que supervisaba y habilitaba las primeras pistas de aterrizaje que se construyeron en el territorio neuquino.

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