Cuando la imagen boicotea la elección

Te presentamos seis prejuicios que existen entre los bebedores de vino que los condicionan para disfrutar de buenos productos.

POR JOAQUIN HIDALGO - Especial

En la cultura occidental casi todo entra por los ojos: si luce bien, si tiene aspecto sano, si no presenta arrugas, lo que sea que vayamos a comprar nos parece bien. Pero puestos a pensar, la realidad no es así. Si para muestra basta un botón, el tomate es el mejor ejemplo: cada vez más vistos, más pintón, más rojo y más firme al tacto, pero también cada vez menos suculento y menos sabroso.

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Con el vino pasa algo así. Luego de machacar durante años con algunas ideas prestigiantes desde el punto de vista del consumo, se formaron prejuicios que hoy ayudan menos a comprar mejor y rico que a fortalecer algunos preconceptos bien equívocos. Puestos a bucear en esas ideas instaladas y al mismo tiempo fallidas, estos son seis buenos ejemplos.

Tapa a rosca. Aún hoy se discute si es un tapón apto para el vino. Cuando en rigor, lo que deberíamos preguntarnos es si es apto para algunos estilos de vino. Como la tapa a rosca es, además de práctica y segura, sobre todo hermética, para los tintos de baja rotación es una tapa algo engañosa: más tiempo pasa el vino, más tiende a reducirse –a tomar aromas desagradables– si es que la bodega no embotelló bien. Pero para un blanco o rasado que tienen que conservar toda la fruta y perfumes resulta clave, como también para tintos de alta rotación. Existen pocos tapones mejores en el mundo del corcho. Lo que nos lleva a otra cuestión.

El corcho, masomenos. Cada vez que se destapa una botella y el tapón no es de corcho natural –sea reconstituido, elastómeros o goma extruida– se produce una suerte de decepción. El primer razonamiento es engañoso: “seguro que se ahorraron unos pesos en esto”, cuando es exactamente al revés. Los tapones técnicos son, sino más caros, de seguro no más baratos que los corchos. Eso, para no entrar en el terreno de la seguridad alimentaria, del que poco pensamos: si el 5% de los vinos –según cifras del International Wine Challenge– tiene algún defecto asociado a los tapón –sea oxidación, reducción o TCA– que existan tapones cuyas capacidad es la de garantizar el sabor, no debería generar ninguna suspicacia su uso. Sin embargo, ocurre. Y todo porque nadie presta atención al vino, sino a lo que cree que dicta el packaging sobre el vino, que es más fácilmente decodificable.

El culotte de la botella. Cada vez que alguien compra un vino caro, lo primero que hace es tantear la base de la botella. Si es profunda, el culotte obra una suerte de milagro: ahí está la garantía de la calidad, el indicador inequívoco de que la botella que se está adquiriendo es superior. Nada más falso. La razón por la cuál algunas botellas presenta culotte es porque en las decisiones de marketing se optó pagar algo más por ellas, bajo la presunción de que el consumidor hará exactamente lo que acabamos de describir. Desde el punto de vista del sabor, no hay nada asociado a esa cavidad.

Botella pesada. El mejor ejemplo de una necedad en materia de imagen es una botella pesada. En teoría connota prestigio y distinción –de cara al resto de las botellas, que son más bien livianas y poca monta– porque ofrece una singularidad en la góndola. Sin embargo, puestos a pensar en lo que se gasta en producirlas, en importarlas, en transportarlas y en lo que finalmente llega a destino en materia de vidrio inútil salvo para el reciclado, las botellas pesadas son el ABC de lo que no corresponde. Se las usa, claro. Y están ahí para cazar consumidores inseguros.

La forma de la botella. En el mundo del vino se usan botellas para connotar estilos de vino. Por ejemplo, las que son tipo borgoña, sin hombros, se emplean en general para estilos de vinos ligeros, mientras que las burdeos, con hombros, se usan para vinos de estructura. Borgoña-Burdeos, es una suerte de antinomia estilística en el mundo del vino. Sin embargo, no hay en ellas ninguna garantía de sabor más allá de la convención. Más teniendo en cuenta que los vinos se beben jóvenes, sin otro proceso de madurez que el de unos pocos meses en botella, de forma que no presentan casi en ningún caso los precipitados que viene a custodiar los hombros de ciertas botellas.

El color del vidrio, ofrece sobre todas las cosas una respuesta técnica: el vino se oxida con la luz en general –y la del sol en particular– de modo que las botellas más oscuras son las que mejor funcionan. Sin embargo, a la hora de embotellar vinos de venta masiva, las botellas transparentes permiten revelan el color de la bebida, y de ahí que tengan amplio predicamento en blancos y rosados de alta rotación. Sin embargo, hay que saber que la diferencia de sabor será radical entre botellas si estuvieron o no expuestas a la luz. Son más lindas, es verdad, pero de seguro no ofrecen el vino que se está pagando.

--> El valor que tienen las marcas

Cualquier bebedor de vino que peine canas frente a la góndola actual no entiende nada. Hay marcas con nombres bizarros que son muy exitosas y casi nada queda ya de las estirpes de familia. En eso, el mercado del vino ofrece su costado más prometedor: consumidores nuevos que interpretan de otra manera el valor de las marcas es un dato saludable.

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