Cumple un año el decreto de la cuarentena más dura
El 20 de marzo de 2020 será recordado por siempre como el día que cambió todo por culpa de una pandemia desconocida que repentinamente comenzó a atacar a la humanidad y que traería consecuencias catastróficas y dramáticas.
Un día antes, el presidente Alberto Fernández anunciaba en conferencia de prensa que en las primeras horas de aquel viernes comenzaría una cuarentena nacional que tendría un nombre muy específico que se repetiría una y otra vez a lo largo del año: aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO).
“No estamos dando licencia para que vayan a pasear, es para que nos cuidemos, a nosotros y a nuestros hijos. Quédense en sus casas”, dijo en ese entonces el mandatario. “Necesitamos que no haya imbéciles que siguen circulando cuando llegaron de viaje”, agregó. “Voy a usar el aparato del Estado en favor de la gente. Sépanlo, no voy a tolerar a los pícaros. Lo que pasó con el alcohol en gel y los barbijos son ejemplos”, se quejó.
Aquellas primeras palabras anticipaban días difíciles, pero nadie se imaginaba que el saldo de la pandemia y las consecuencias de esa cuarentena dejarían más de 50.000 muertos en un año y decenas de miles de comercios y negocios en la ruina.
Las preocupaciones de los argentinos pasaban por tratar de cumplir aquella disposición y comprar artículos para prevenir los contagios, como barbijos (tapabocas se los llamó en un principio), alcohol en todas sus variantes y productos de limpieza para desinfectar, una tarea casi imposible porque la demanda superó a la oferta inmediatamente. Pasarían semanas para que la situación lograra normalizarse.
En Neuquén, el gobernador Omar Gutiérrez adhirió inmediatamente al mandato presidencial y los habitantes de toda la provincia se encerraron a la espera de novedades, especialmente para saber cuándo comenzaría a circular el virus.
Las noticias no tardaron en llegar. Además de establecer un protocolo para que la gente saliera de sus casas según la terminación de su DNI, también ordenó el cierre total de todos los comercios y actividades los días domingo.
Decretó, además, “el estado de emergencia sanitaria en todo el territorio de la provincia del Neuquén” por un plazo de 180 días y ordenó la creación de un Comité de Emergencia para la formulación e implementación de políticas públicas vinculadas a la prevención y mitigación del virus responsable del coronavirus COVID-19. Así, también se reforzaron el sistema de salud de los hospitales públicos y privados de toda la provincia y hasta se adaptó el Espacio Duam para recibir pacientes que no tuvieran síntomas graves y pudieran estar aislados.
El 16 de marzo se registró el primer caso de COVID-19 en la provincia. Fue Eduardo Sanz, un hombre de 65 años que había llegado de España dos días antes. En ese entonces, en el país se habían registrado solo 20 casos. Luego hubo un brote de contagios en el centro de la provincia.
En la localidad de Las Lajas, un comerciante de Neuquén capital que había viajado a Chile para comprar mercaderías contrajo el virus y, en el camino de regreso, habría compartido un encuentro con un amigo de Las Lajas. Desde allí, la enfermedad se propagó hacia otros pueblos vecinos.
“Sabemos que la posibilidad de una segunda ola existe, lo vimos en el hemisferio norte y lo estamos viendo en varios países de nuestra región y del mundo”. Carla Vizzotti. Ministra de Salud de la Nación
La primera muerte que se registró por COVID ocurrió en San Martín de los Andes. La víctima fue una mujer de 68 años que había llegado desde España, donde se cree que contrajo la enfermedad. A partir de esa fecha, el listado de víctimas seguiría aumentando de manera dramática y, con esa nómina de fallecidos, también crecerían la angustia y la incertidumbre.
Las calles de las ciudades y los pueblos de Neuquén se vaciaron de golpe, reflejando postales irreales, especialmente en las grandes urbes. La gente circulaba lo justo y necesario para poder abastecerse de productos y alimentos, las clases se suspendieron y comenzaron a aplicarse protocolos de enseñanza virtual.
Lo mismo ocurrió en la mayoría de las empresas privadas que estaban en condiciones de hacerlo. La administración pública quedó virtualmente paralizada.
Desesperados, los comerciantes tuvieron que implementar las modalidades take away y delivery para poder seguir vendiendo, aunque muchos terminarían cerrando sus puertas. Otros, con un poco más de suerte, se reinventarían o cambiarían sus rubros para buscar algo de rentabilidad.
Golpe al entretenimiento
Los negocios más afectados fueron las salas de cine, los restaurantes, los boliches bailables, los comercios que estaban en las grandes superficies comerciales, los hoteles, los peloteros, los salones de eventos, las agencias de viajes y las guarderías maternales, entre otros.
Durante gran parte del año pasado se conocieron nuevas palabras y siglas, como el ATP, el aporte que realizó el Estado a las empresas para que pudieran pagar los sueldos (no todas lo recibieron), que se extendió solo por un par de meses hasta que la actividad comenzó a reactivarse parcialmente a mediados y fines del año pasado.
Los neuquinos, como el resto de los habitantes del país y el mundo, aprendimos nuevas pautas de convivencia y aislamiento, aun con nuestros seres queridos, especialmente los más viejos y vulnerables frente a este temible virus. Hubo que modificar relaciones personales, laborales y sociales, siempre con la incertidumbre de lo que vendría más adelante.
La llegada del verano y el conocimiento de que comenzaban a fabricarse las primeras vacunas fueron un alivio frente a tanta angustia y futuro incierto, aunque el nuevo año que comenzó tiene por delante nuevos desafíos, probablemente sin las duras restricciones de principios del año (en realidad, todavía no se sabe), pero con la certeza de que durante un buen tiempo habrá que convivir con esta nueva enfermedad y de que la mejor forma de protegernos seguirá siendo siempre la prevención y la responsabilidad individual, más allá de los avances de la ciencia.
-> Cambios y contramarchas en torno a las medidas
Durante el año que lleva la pandemia, hubo también mucha confusión a la hora de tomar recaudos para evitar el contagio del COVID.
Esta nueva enfermedad desorientó por momentos –todavía lo hace, aunque en menor medida– a los propios científicos, que en aquellos primeros meses no lograban ponerse de acuerdo en qué medidas preventivas eran las mejores. Parece que fue hace mucho tiempo, pero hace menos de un año hubo quienes aseguraron que los barbijos no eran necesarios.
Por caso, semanas antes de que el coronavirus llegara a nuestro país, la Sociedad Argentina de Infectología (SADI) junto con la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE) emitieron un comunicado en el que desaconsejaban el uso de barbijo para la prevención del COVID-19. Y explicaban los motivos: “Los virus respiratorios, incluido el 2019-nCoV, no se encuentran suspendidos en el aire. Es necesario que una persona infectada lo elimine a través de sus secreciones y solo estarán expuestos quienes se encuentren a corta distancia”
Entonces, solo recomendaban la higiene de manos, toser o estornudar sobre el pliegue del codo como método de prevención y el uso de barbijo en personas con síntomas respiratorios. Sin embargo, con el correr de los días, la opinión de los científicos cambió y las autoridades tuvieron que dar marcha atrás, resaltando la necesidad de usar barbijos o tapabocas, como también se los (mal) llamó en un momento.
En el caso de la higiene y la limpieza ocurrió lo mismo. Al comienzo de la pandemia, las recomendaciones eran desinfectar todo (incluido el calzado) cada vez que alguien llegaba al hogar, además de lavar una y otra vez cada alimento antes de consumirlo. No obstante, en este caso también con el paso del tiempo el mundo científico cambió de opinión. Numerosos estudios confirmaron que la transmisión del virus a través de las superficies era improbable.
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