Cumplió 100 y tiene una historia de película

A los 23, Jeorjina Magnasco huyó de su casa para casarse, perseguida a los tiros por su padre. Nació en Andacollo y hoy vive en Barrio Nuevo en esta Capital. Este sábado festejó el cumple con toda su familia.

Pablo Montanaro - montanarop@lmneuquen.com.ar

“No me diga abuela, no me gusta”, advirtió Jeorjina Magnasco, quien este sábado festejó sus 100 años junto a su numerosa familia en el barrio Nuevo. La mujer cuenta que nació en Minas Sofía, en la localidad de Andacollo, pero transcurrió una infancia difícil, con numerosas limitaciones como consecuencia de la severidad de sus padres, rigor que quedó reflejado en la forma en que se escribe su nombre. “Me anotaron mi nombre con jota porque mis padres querían un varón y pensaban llamarlo Jorge”, cuenta a LM Neuquén, mientras a su alrededor hijas y nietas preparan la comida para el festejo.

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“A mí no me gustan los ricos, me gustan los pobres”, irrumpe con la voz clara. Su padre había nacido en San Nicolás de los Arroyos, era juez de Paz y, según Jeorjina, tenía mucho dinero. “Con mi mamá llegaron a Andacollo en caballo. Tardaron como medio año en llegar. Él tenía campos y muchos animales, vacas y ovejas; mi mamá se dedicaba a la casa. Éramos cinco hermanos, yo era la más chica y la única mujer”, comenta.

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La desborda la angustia cuando habla de su infancia, por eso le toma fuerte la mano a Marta, una de sus nietas. “Mis padres no me hicieron estudiar, me mandaron poco tiempo a la escuela, que quedaba lejos de la casa y tenía que ir a caballo. Me tenían encerrada y me decían que no podía andar con los pobres. Es muy triste no ir a la escuela, por eso siempre les digo a los chicos que estudien, que es muy bueno saber las cosas”, recuerda.

Mis padres no me hicieron estudiar, me tenían encerrada y me decían que no podía andar con los pobres

De pronto su mirada se vuelve a iluminar cuando recita estrofas del Martín Fierro, el libro que su hermano Manuel le leía cuando ella era chica. También leía a escondidas las noticias más cortas del diario La Nación, que su padre traía cuando viajaba a Buenos Aires.

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La vida de Jeorjina tuvo un vuelco vertiginoso a los 23 años, cuando conoció al hombre con quien se casó y que le abrió las puertas para salir de la opresión paterna. “Mis hermanos me hicieron gancho con un gendarme. Mi hermano Raúl me dijo: ‘Si vos no salís de acá, vas a morir de vieja con ellos (padres)”, relata entre lágrimas.

Jeorjina no conocía a Román González, el gendarme que se acercó hasta su casa para “pedir mi mano”. “Creo que él se enamoró de mí cuando me vio”, acota.

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Ante la negación paterna, el hermano preparó un plan para que Jeorjina se escapara de la casa y se uniera a Román. “Le dije a mi hermano que no podía porque las puertas y ventanas de la casa tenían pasadores. Pero fue tanta la insistencia, que no sé cómo abrí uno de los cerrojos. Dios me salvó”, explica.

El padre salió por el campo a buscar a su hija en medio de una noche de invierno en la que solo se escuchaban los tiros que salían de su revólver. “Era una noche de invierno, corría y me caía por las piedras. Mi padre y la tropa me perseguían con los revólveres en la mano. Agarré para la barda y encontré la casa de mi hermano”, describe. “Me contaron que mi padre me buscó hasta dentro del horno de la cocina”, agrega.

En la casa de su hermano, Jeorjina se encontró con su futuro esposo. A sus padres los volvió a ver una sola vez. “Yo nunca los perdoné”, asegura. La investidura de su marido la protegió ante su padre.

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Después de vivir un tiempo en Esquel, por el trabajo de Román, decidieron volver a Neuquén, donde criaron a sus cinco hijos (tres mujeres y dos varones), que les dieron 14 nietos y más de treinta bisnietos. Vivieron en los barrios Villa Florencia y en La Sirena hasta que Román murió a los 77 años.

“Acá estoy, me tratan como a una reina”, exclama Jeorjina con una sonrisa con la que agradece el amor pleno que le brinda su familia.

Jeorjina Magnasco

--> El fernet con coca y el vaso de vino

A pesar de algunos “problemitas” en la vista, Jeorjina sigue cosiendo en la máquina Singer ante un ventanal donde mira llegar a sus nietos y bisnietos y lee. “Ahora estoy leyendo Sinceramente, el libro de Cristina Kirchner”, agrega.

Se ríe a pleno cuando confiesa que todos los mediodías se toma una copita de vino y que los domingos no puede faltar el fernet con coca.

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