De drogadicto a musculoso: ahora es adicto al aceite

Se la inyecta pese a los riesgos. Quiere ser como Schwarzenegger.

brasil.- Pese a tener una masa muscular sorprendente, Valdir Segato no se detiene: además de ejercitarse, se inyecta aceite, un producto que podría matarlo. Lo sabe, pero continúa: “¡Quiero ser aún más grande!”, desafía el hombre, que dice que cada vez que se mira al espejo le gusta cómo se ve.

Sus bíceps ya constituyen un récord en Brasil: 58 centímetros de diámetro gracias a sus esfuerzos de fitness y sus aceites. Sin embargo, quiere ir por más. Quiere ser famoso, aun a costa de correr algunos riesgos de salud al momento de inflar su físico.

Valdir podría haber sido futbolista, como tantísimos brasileños, pero él fue por otro camino. Dice que siempre se inspiró en el actor Arnold Schwarzenegger, quien fuera fisicoculturista durante los 70 y 80, para buscar su lugar en el mundo. “Me llaman Hulk, Schwarzenegger y He-Man todo el tiempo y me gusta. Ya dupliqué el tamaño de mis bíceps, pero quiero que sean más grandes todavía”, cuenta este hombre que durante su juventud consumió drogas. “Estuve involucrado en drogas y empecé a perder peso porque no comía, estaba en la mala vida”, añade. Ahora, cambió una adicción difícil de resolver como la drogadicción, a esta otra adicción, la de verse cada día, cada minuto, más musculoso.

“Me llaman Hulk, Schwarzenegger y He-Man, y me gusta. Ya dupliqué el tamaño de mis bíceps, pero quiero que sean más grandes. Los médicos me piden que me detenga pero es mi decisión: lo hago porque quiero”. Valdir Segato. Loco por su físico

Cuando logró eludir aquel calvario, se asoció a un gimnasio y se obsesionó con su cuerpo. De a poco, este comenzó a transformarse. Fue ganando masa muscular, fue ganando en “dibujo” de fisicoculturista, y ahí llegó el momento en que alguien le ofreció dar el salto que necesitaba para ser como su ídolo y referente, Arnold: inyectarse aceite. Su personalidad adictiva le jugó en contra y empezó con el experimento. Y lo primero que subió, incluso antes que la visibilidad de sus músculos, fue su peso: pasó de los 55 kilos a los 80.

Hoy en día, Segato no puede dejar de inyectarse. A pesar de que ya varios le advirtieron que, de seguir así, hasta podría correr el peligro de que le amputen los brazos. Pero a él ninguno de esos riesgos, ni siquiera el que pone en jaque su propia vida, lo atemoriza: “Los médicos me piden que me detenga, pero es mi decisión. Lo hago porque quiero y me gusta”.

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