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De dueño de un bar a camillero en el hospital

Adrián es cocinero y debió cerrar su local por la pandemia. Entró a trabajar en Salud y todo cambió. "Eso que antes veía en la tele, ahora lo vivo", contó.

La pandemia les cambió la vida a todos, pero a nadie tanto como a Adrián Martin que, en cuestión de semanas, pasó de ser cocinero y dirigir su propio bar a trabajar de camillero en el Castro Rendón, en el sector más crítico de la batalla contra el Covid. No planeó ir al hospital, pero hoy siente que encontró una nueva vocación, aunque todavía se sorprende del giro de 180 grados que le deparó el destino. “ Eso que antes veía en una sala de emergencias de la tele, ahora lo vivo”, subrayó.

Antes de la pandemia, la vocación de Adrián era ser chef de cocina. En julio de 2019, logró instalar su propio bar sobre la calle Anaya, cerca de la Ruta 22 y su vida transcurría entre proveedores de cerveza artesanal, nuevas recetas a la parrilla y el menú del día para llevar.

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Por la crisis, el local tenía poco movimiento y lo sostenía a flote como podía, hasta que se le vino encima la pandemia. “Una vez que empezó esto del cierre, no trabajaba nada y empecé a moverme para ver qué más podía conseguir; justo ahí me llamaron del hospital”, recordó.

Adrian Martin Camillero del Hospital (6).JPG

Era abril, no andaba casi nadie en las calles y el pico de contagios en Neuquén aún estaba lejos. Adrián se había presentado en un concurso para ingresar al Castro Rendón mucho antes de la pandemia, por eso, ya no esperaba que lo llamen.

Por lo que le informaron, se había declarado la emergencia sanitaria y había camilleros mayores de edad, que eran grupo de riesgo y debían quedarse en sus casas. Por eso, el hospital necesitaba reemplazarlos con nuevo personal.

Contó que, en ese momento, “puse todo en la balanza, y no sabía que se iba a poner tan feo, pero tampoco podía sostener el bar y les dije que sí porque me garantizaban un ingreso, nada más”.

No tenía ninguna experiencia en Salud y sabía que había miedo, porque no cualquiera quería ir a trabajar al hospital, pero al principio estaba tranquilo y de a poco fui conociendo al resto, porque ingresamos cinco esa vez”, indicó.

Le tocó “camillar”, como se dice en la jerga, desde el día uno. También le dieron una capacitación sobre Covid y, de a poco, aprendió el nuevo oficio. Su rutina ya no incluía parrillas ni cervezas, sino olor a lavandina, ambos celestes y pacientes que ingresaban a la guardia con dolencias de todo tipo.

Lo que más lo impresionó de su nuevo trabajo fue tener que ir a la morgue. Adrián confió que, a esta altura del partido, “tuve que llevar muchos óbitos y es casi una tarea más, pero del primero no me olvido más”. Agregó que, “por estar tan expuestos en ese sentido, hacemos cinco días de trabajo con cinco de descanso y nos brindan asistencia psicológica, sino es muy fuerte”.

“Para el que no conoce, lo de acá es inimaginable; el que tuvo un accidente o un acuchillado, personas abandonadas, de todo; eso que antes veía en una sala de emergencias de la tele, ahora lo vivo”, subrayó.

Al igual que muchos trabajadores de la Salud, Adrián también quedó expuesto al coronavirus y cayó en uno de los brotes dentro del Castro Rendón. La primera ola de contagios en su sector se produjo en julio, con siete enfermos y 30 personas aisladas. La segunda, en octubre, los alcanzó a él y tres compañeros más.

“Ahí te das cuenta y abrís los ojos porque, hasta el primer brote, como que lo veíamos pero no le dábamos mucha entidad, hasta que nos pegó de cerca, con un compañero que hasta el día de hoy tiene que ir a quirófano por el tema de las escaras y tiene 56 años, tampoco es tan grande”, comentó.

Adrián empezó a sentirse enfermo el Día de la Madre. Ese domingo, tenía un malestar en el cuerpo que adjudicó al cansancio y terminó de confirmar que era Covid al día siguiente, antes del hisopado, cuando se despertó de una siesta y notó que había perdido el gusto y el olfato.

En lo primero que pensó fue en sus familiares y el riesgo al que podían estar expuestos. Dijo que eso lo afectó bastante “porque empecé a acordarme de gente muy joven asistida respiratoriamente que me tocó llevar y te hacés la cabeza”.

“Miro para atrás y es muy loco lo que me pasó, porque antes yo era una persona que miraba sangre y me impresionaba y hoy estoy acostumbrado a ir a la morgue tres veces por semana”, explicó.

Después de medio año como camillero, ya no está seguro de que su vocación siga siendo la cocina. “Hoy tendría dudas sobre si quiero seguir con esto o volver al bar porque, si lo pongo en una balanza, creo que me gustan las dos cosas, pero en este momento pesa más el hospital, por el trabajo solidario que ves ahí”, reveló.

Señaló que siente admiración “por los que tienen 20 o 30 años de experiencia en el hospital y han perdido compañeros muy cercanos con el Covid, porque están quienes dicen que es mentira y yo, ahora que convivo con médicos y enfermeros, entiendo que son personas ingratas o necias”.

Señaló que su familia no se sorprende por el cambio tan rotundo en su vida, “porque siempre tuve como una personalidad de ayudar aunque, claro, nunca me imaginé terminar en esto”.

Adrian Martin Camillero del Hospital (1).JPG

Olía lavandina y no sentía nada

Adrián pasó por el Covid casi sin síntomas. El más notorio fue la pérdida de olfato y gusto, a las que describe como una sensación inimaginable.

Contó que el lunes 19 de octubre, cuando empezó a sentirse cansado y dolorido, “me acosté a dormir la siesta y, cuando me levanto, fue literal, perdí el olfato y fui a la heladera a comer algo y tampoco sentía nada”. Todavía no lo habían hisopado, pero en ese momento supo con certeza que tenía Covid.

“Todo el tiempo hacía la prueba con la lavandina, que es fuerte el olor pero no lo sentía; y con el gusto, probaba vinagre o mordía jengibre, pero no pasaba nada, que es re loco”, relató.

Indicó que, por fortuna, nadie más en su familia se contagió. Al principio, se alarmó porque había saludado a algunos durante el Día de la Madre, pero la distancia y los cuidados fueron suficientes.

Hoy, sigue en el hospital, agradecido “de que la pasé bastante bien con el Covid, dentro de todo”. Le dieron el alta el 31 de octubre y pidió hacerse las pruebas de carga viral porque, si está en condiciones, su plan es convertirse en donante de plasma.

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