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La Mañana Guerra

De jugar a la pelota a poner explosivos en Malvinas

Claudio Chapochnikoff tenía 19 años cuando fue a la guerra. "Jamás hubiese elegido estar ahí, ni estuve preparado para estar", recordó.

“El Ejército, el Estado, la dictadura que nos mandó a la guerra cuando volvimos nos dio la espalda; la democracia durante muchos años también nos dio la espalda”, afirma Claudio Chapochnikoff en su casa de Plottier a 40 años del comienzo de la Guerra de Malvinas. Tenía 19 años cuando con la Compañía de Ingenieros de Combate del Ejército, que integraba como conscripto, salieron de Campo de Mayo y llegaron a las islas, el 12 de abril.

Recuerda emocionado que cuando estaban acuartelados en Campo de Mayo le avisaron que viajaban a las islas y que le dieron unas horas para despedirse de sus familiares. Fue a su casa en Derqui, provincia de Buenos Aires, donde vivía con sus padres. “No pude despedirme de mi papá porque él estaba trabajando”, apunta. “De jugar al fútbol en la canchita directo a la guerra”, resume ese momento crucial en su vida.

Sólo contaba con dos meses de instrucción y no sabía nada de armas y mucho menos para hacerlo en una guerra contra el Reino Unido. Por eso se sorprendió cuando recibió la orden de su superior: hacer campo minado, es decir colocar explosivos en los lugares donde podían llegar el avance británico hacia zonas estratégicas. “Hacíamos eso desde que salía el sol hasta que se ponía. Enterrábamos unos tachos enormes que tenían más de 5 kilos de explosivos. Así todo tuvimos suerte porque no nos pasó ninguna desgracia”, describe.

Cuando aquel joven que unos días atrás jugaba al fútbol con amigos escuchó la primera explosión en combate “fue terrorífico, ahí me di cuenta que estaba en la guerra”. Con el correr de los días, los combates, los bombardeos fueron más intensos. “Uno convivía con eso, sentías el silbido de las municiones, de los morteros... si sentías el sílbido era porque te habías salvado”, cuenta.

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“Además de pelear contra los ingleses también lo hicimos contra nuestros jefes militares que, como nosotros, no estaban preparados para la guerra”, afirmó Claudio Chapochnikoff.

“Además de pelear contra los ingleses también lo hicimos contra nuestros jefes militares que, como nosotros, no estaban preparados para la guerra”, afirmó Claudio Chapochnikoff.

Claudio Chapochnikoff tenía 19 años y en Malvinas armaba “los campos minados con explosivos en las zonas donde se suponía que los ingleses podían desembarcar”.

“Jamás hubiese elegido estar ahí, ni estuve preparado para estar, y esto no es victimizar a los soldados sino que le pone más valor e hizo más heroica la actuación. Los soldados conscriptos como yo tuvimos mucho heroísmo y no les fue fácil a los ingleses recuperar las islas”, explica con emoción aquellos días en los que fue testigo y víctima de los maltratos, torturas o estaqueos por parte de los superiores que sufrieron los soldados. “Un día me mandé una macana y me metieron para castigarme dentro de un pozo con agua, en nuestras posiciones las napas subían y se inundaban”, confiesa. Por eso asegura que además de pelear contra los ingleses “también lo hicimos contra nuestros jefes militares que, como nosotros, no estaban preparados para la guerra”.

"Los soldados conscriptos como yo tuvimos mucho heroísmo y no les fue fácil a los ingleses recuperar las islas”, resaltó Chapochnikoff.

Más de una vez en plena contienda bélica, Claudio escuchaba de parte de sus superiores que “estábamos ganando la guerra”. Pero con el pasar de los días, con los combates que cada vez eran más cercanos a las posiciones argentinas que provocaba el repliegue de las compañias hacia Puerto Argentino “comenzaba a ser consciente de que las cosas no iban tan bien como nos decían; era evidente que los ingleses estaban cerca y estábamos perdiendo”.

Entre la incertidumbre de la muerte cercana, los bombardeos, la colocación de explosivos, Claudio recibió una carta de su tío Orlando que lo hizo sentirse orgulloso de estar defendiendo la patria. Una carta que le dio más fuerzas para seguir adelante. Una de las cartas enviadas por su tío está fechada el 2 de mayo y reproduce una frase de José Ingenieros: “Es ventura sin par la de ser jóvenes en momentos que serán memorables en la historia. Las grandes crisis ofrecen oportunidades múltiples a la generación incontaminada, pues inician en la humanidad una fervorosa reforma ética, ideológica e institucional”.

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Claudio Chapochnikoff (el segundo parado de derecha a izquierda) en una playa cercana a Puerto Argentino durante la guerra.

Claudio Chapochnikoff (el segundo parado de derecha a izquierda) en una playa cercana a Puerto Argentino durante la guerra. "Nos sacamos esa foto en una playa cerca a Puerto Argentino después de realizar un campo minado en esa zona porque se creía que era posible que desembarquen los ingleses".

Seguramente Claudio leyó una y otra vez esas palabras de aliento de su tío desde Lanús para hacer frente a tanta incertidumbre y al temor de no salir vivo de las islas.

Los días previos a la rendición argentina, todo se convirtió en caos, desorganización. Los bombardeos eran cada vez más intensos. “Veíamos al Ejército que se replegaba. Era insostenible mantener la posición”, dice y vuelve a verse corriendo entre las bombas que caían a su lado, como en las películas.

Vuelve a verse allí, replegándose con su grupo de la compañía, que ya estaba desmembrada, resguardándose de los bombardeos en una casa por varias horas hasta que hubo un silencio total. “Nos preparábamos para salir como sea y enfrentarnos con los ingleses. No sentíamos nada, optamos por salir y nos dirigimos hacia el centro de Puerto Argentino. Ahí nos encontramos con el resto de la compañía y nos estrechamos en un fuerte abrazo porque pensaban que nos habían matado. Fue en ese momento que nos enteramos que se había dictado un alto el fuego, se produce la rendición y quedamos como prisioneros de guerra de los ingleses”.

Luego de una semana de estar como prisionero de guerra en el aeropuerto, volvió al continente junto a otros mil combatientes en el rompehielos ARA Almirante Irízar, y de ahí directo a Campo de Mayo. “Nos guardaron, por así decirlo, durante diez días, ni siquiera nos dieron permiso para avisar a nuestros familiares. Creo que la idea fue ‘acomodarnos’ física y psicológicamente, nos fueron adoctrinando porque el jefe de nuestra compañía nos dijo: ‘De lo que pasó en Malvinas no se habla’”, relata.

Tras la rendición, volvió al continente en el rompehielos Almirante Irízar y luego a Campo de Mayo: "Creo que la idea fue ‘acomodarnos’ física y psicológicamente, nos fueron adoctrinando porque el jefe de nuestra compañía nos dijo: ‘De lo que pasó en Malvinas no se habla’”, relató.

Claudio y sus padres dejaron el calvario de la guerra y decidieron en agosto de 1982 radicarse en Neuquén donde vivían unos familiares. Antes del fin de ese año, Claudio pudo conseguir trabajo en la Cooperativa Calf. El trabajo se convirtió para él en un lugar de contención. Con el tiempo comenzará a contactarse con otros veteranos y ex combatientes de la provincia de Neuquén y comenzó a participar de las actividades del Centro de Veteranos.

Dice que cada 2 de abril lo embarga sentimientos encontrados. “La verdad que no fue fácil la guerra y mucho menos la vuelta. Toda esa gente que llenaba las plazas apoyando la guerra desapareció y quedamos en silencio, no podíamos contar lo que habíamos vivido”, explica.

“Toda esa gente que llenaba las plazas apoyando la guerra desapareció y quedamos en silencio, no podíamos contar lo que habíamos vivido”, sostuvo Claudio Chapochnikoff

Asegura que la derrota en Malvinas, “nos la hicieron sentir” porque “por desgracia somos triunfalistas”. Resalta la posibilidad de llevar sus vivencias y experiencias en la guerra a las escuelas “porque de esa manera empezamos a malvinizar”. “Además fuimos consiguiendo las revindicaciones que durante tanto tiempo buscamos y sobre todo plantear el tema de que no hay que olvidar a nuestros héroes caídos en Malvinas. Las Malvinas son argentinas, hay que recuperarlas no a través de una guerra sino no dejar de luchar de manera pacífica”.

En junio de 2018, la Municipalidad de Plottier, la ciudad que Claudio eligió para construir una nueva etapa en su vida luego de aquella traumática experiencia en las islas le otorgó la distinción de Ciudadano Ilustre. Recibió la distinción como “un reconocimiento más que desde que regresamos de la guerra buscamos los veteranos y combatientes”. Dos años después, en noviembre de 2020, se detonó la última mina terrestre que quedaba en Malvinas. Ocurrió en la playa Yorke Beach, cerca de Puerto Argentino. Los habitantes de la isla celebraron la detonación de esa última mina jugando al cricket y al fútbol, el deporte que Claudio practicaba cuando fue a Malvinas.

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“Demandó 40 años sanar las heridas por tanto ocultamiento”

“Hay algo que nos falta que es la soberanía. Nos demandó cuarenta años sanar las heridas que entre los argentinos nos hicimos por tanto ocultamiento, por tanto silencio, por tanta negación que no hemos logrado que Inglaterra se sienta a hablar de la soberanía”, afirmó Mario Flores Monje, licenciado en Ciencias Políticas e integrante de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas de Neuquén, a la hora de pensar estos 40 años del comienzo de la guerra.

Consideró que todavía se debe separar la causa Malvinas de la dictadura cívico militar, “pero es innegable que la guerra ocurrió en dictadura”. Y agregó “antes el contexto espantaba, entonces los veteranos eran escondidos”.

Recordó que cuando estaba en quinto grado la maestra le dijo que pintara las Islas Malvinas con la bandera inglesa. Lo que no sabía la maestra era que el padre de ese chico que se negó a pintar la bandera inglesa había muerto en el hundimiento del crucero ARA General Belgrano el 2 de mayo de 1982 cuando Mario no había cumplido su primer año de vida.

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Mario Flores es hijo de Mario Enrique Flores que murió en el hundimiento del crucero Belgrano al ser atacado por un submarino británico el 2 de mayo de 1982.

Destacó que la visibilización que lograron los veteranos “la consiguieron después de andar mucho en la calle porque nadie les regaló nada. Por lo tanto, Malvinas ya no es un tabú”.

En relación al reclamo argentino de soberanía en las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y los espacios marítimos e insulares, Flores señaló que “no se avanzó por el desconocimiento en general que existió y existe sobre el tema, un poco vinculado a una cuestión social de no hablar de Malvinas porque estaríamos reivindicado lo hecho por Galtieri. Todas estas cuestiones operaron para que no se tomaran las decisiones desde los lugares donde se deben tomar estas decisiones”. “El desafío sería que se piense en cómo solucionar esto en base al repertorio de cosas que se probaron y no funcionaron”, agrega.

Se piensa no como el hijo de un héroe sino como el hijo de un padre que murió en circunstancias excepcionales, trágicas, tristes. “Mi causa es Malvinas y a través de ella honro la memoria de mi padre”, explicó.

Su padre Mario Enrique Flores, nacido en Villa Tulumba, un pueblo de la provincia de Córdoba que ingresó a la Armada Argentina a los 17 años, estaba en el crucero que se hundió en las gélidas aguas del Atlántico Sur al ser atacado por un submarino nuclear inglés HMS Conqueror en momentos en que navegaba a 35 millas al sur de la zona de exclusión determinada por Gran Bretaña alrededor de las Islas Malvinas. De los 1.093 tripulantes que tenía a bordo, murieron 323, casi la mitad del total de muertos argentinos en la guerra; y unos 770 lograron sobrevivir en balsas inflables, pero debieron esperar varios días en el mar, con temperaturas bajo cero, para ser rescatados.

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Mario Flores Monje con el sable de su padre, que murió en el hundimiento del crucero General Belgrano, y una medalla.

Mario Flores Monje con el sable de su padre, que murió en el hundimiento del crucero General Belgrano, y una medalla.

Flores Monje aclaró que su padre no formaba parte de la tripulación del crucero. “Él llega de un curso en Italia a principios de abril y lo convocan para ir al crucero. El crucero fue el último en partir hacia el sur. Lo convocan porque faltaba gente en la especialidad de mi padre que era control tiro, que elaboran estadísticas y asigna prioridades para defenderse respecto a las amenazas que tiene un barco”. precisó. Agregó que su padre estaba muy capacitado “con mucho entrenamiento para hacer lo que tenía que hacer cuando le tocó ir a la guerra”.

Se piensa no como el hijo de un héroe sino como el hijo de un padre que murió en circunstancias excepcionales, trágicas, tristes. “Mi causa es Malvinas y a través de ella honro la memoria de mi padre”, explicó.

"Tengo poquitas fotos con mi padre porque tuvo la muy buena idea de llevárselas al crucero y allí quedaron”, dijo Mario Flores Monje.

El integrante de la comisión de familiares sostuvo que “tal vez me duele más la desmalvinización, la falta de respeto y la ignorancia sobre Malvinas, que la propia muerte de mi padre, porque él y tantos otros no pueden haber muerto por un feriado, por un gran acto seguido de olvido o para que muchos sigan dudando Malvinas sí, Malvinas no”.

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La medalla y la cédula de identidad de Mario Enrique Flores.

La medalla y la cédula de identidad de Mario Enrique Flores.

Flores Monje tenía 11 meses cuando murió su padre y junto a su madre reconstruyó su figura “con mucho amor”. “Una vez yo dije que no sé cómo suena un cañonazo en la guerra y en eso no tengo punto de conexión con los veteranos de Malvinas porque no fui a la guerra. Sin embargo, una vez una persona me dijo que sí fuimos a la guerra, porque fuimos en las fotos y en el recuerdo de quienes fueron al frente, y esa es también un poco mi historia. Tengo poquitas fotos con mi padre porque tuvo la muy buena idea de llevárselas al crucero y allí están”, concluyó.

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