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De la trinchera a la ruta: así es un día en la vida de una autoconvocada

La jefa de enfermeras del hospital de Chos Malal describió cómo vive las más de dos semanas de cortes sobre la Ruta 40.

Judith Medina se queda mirando fijo a su compañera que no logró contener el llanto. Está pegada al pequeño vidrio que tiene la puerta de la sala de terapia del Hospital de Chos Malal buscando una respuesta. Las lágrimas se dejan ver algunos centímetros hasta que el barbijo las hace desaparecer. “Hay que seguir”, se dicen una a la otra, mientras dentro hay pacientes con COVID que luchan entre la patología y la soledad.

Judith es la jefa de enfermeras del área de coronavirus y tiene a cargo a 18 trabajadores de salud para 20 camas, en donde ya murieron 21 neuquinos. Además, el resto de las defunciones que hubo en la zona del norte de la provincia pasaron por su área, ya que fue la encargada de derivarlos, pero muchos de ellos nunca volvieron.

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Repite, cada vez que puede, que la soledad es lo peor que les tocó y siguen atravesando en esta pandemia. Antes era “todo era distinto”. Hasta el 20 de marzo del 2020 -cuando se reportó el primer caso en la provincia de Neuquén-, no debían elegir a quién poner un respirador o si observaban a algún paciente deprimido, tanto Judith como sus compañeras, se acercaban a levantar el ánimo, pero “ahora todo cambió”. No solo los protocolos de distanciamiento, en donde cada una se debe cuidar para no llevar el COVID a su casa, sino que hay que saber administrar los recursos para invertirlos en personas que “tengan chances” de pasar la enfermedad.

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Esa “angustia” es con la que lidia el personal de salud en cada minuto. Durante el peor momento de la “guerra contra este bicho”, si entraba un paciente de 90 años con enfermedades preexistentes se sabía que sus posibilidades de sobrevida serían mínimas. “Casi que se lo dejaba morir, ahí solo”, sostuvo Judith con dolor, tras vivir en primera persona el momento en que un vecino del área rural, que “le puso voluntad” para seguir adelante, pero día a día sus órganos respondían con menos fuerza.

Y así, desde esa pequeña ventana de la sala, observaron la cara de resignación del hombre, que se daba cuenta que “no iba a pasar”. Que estaba solo, esperando el peor desenlace posible, lejos de su familia y amigos.

“Ahí estábamos bancando entre compañeros viendo cómo la gente se moría, mientras nos preguntábamos qué más podíamos hacer”, se lamentó la mujer, ante la imposibilidad de buscar alguna otra alternativa a esta pandemia que ya mató a más de 1200 neuquinos.

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Durante las ocho horas de trabajo, Judith vive hace más de un año de esta forma. Lidiando entre la patología, las familias de los pacientes, la comunicación con ellos y esquivando los contagios para “no tener que ocupar una de esas 20 camas”. Intenta sobrellevar la impotencia de no poder salvar a todos sus pacientes, con la necesidad de buscar los traslados para quienes sí cumplan los requisitos, mientras que en su casa malabarea para llegar económicamente a fin de mes y así mantener a su familia.

Es que dentro del hospital es la jefa de enfermería, pero fuera es madre, esposa, estudiantes y, ahora, “autoconvocada con orgullo”. Todos los días de su vida, durante estos últimos dos meses, tiene cada una de esas facetas.

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Su alarma suena antes de las 6 de la mañana para sentarse un rato a estudiar el Posgrado en Administración y gestión hospitalaria. Si bien tiene clases sincrónicas dos veces al mes, debe leer un poco todos los días para mantener el contenido “fresco” y así avanzar. Ahora está haciendo la tesis y, si todo sale bien, en algunas semanas ostentará un nuevo grado de estudio.

Para las 8 ya debió levantar a sus dos hijos más pequeños, de 6 y 10 años, darles el desayuno y llevarlos al colegio. De ahí, a la trinchera a cumplir las ocho horas que le corresponden, “si todo sale bien” y no son más.

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La salida del hospital, dependiendo del día y la situación, suele ser complicada. Muchas veces el horario para finalizar la jornada llega, pero el traslado de un paciente aún no porque no encuentran camas especializadas para su patología, o el cuadro se agravó, y todas esas situaciones hacen que la desconexión con su trabajo sea imposible. Sigue pensando, fuera del nosocomio, cómo estará tal paciente y mira su celular con el miedo de que llegue el mensaje: “Falleció”.

Ahí, la familia es el cable a tierra. Su marido se impone e intenta que Judith desconecte el celular. “Pero a veces no puedo”, cuenta mientras explica que sufre cada paciente porque cree que los enfermeros y los médicos pueden salvar a todos. “Y a veces no pasa, estamos en una pandemia. Pero me cuesta soltar y me duele mucho poder entenderlo. Yo quiero que ninguno de mis pacientes muera”, contó.

Ya en la casa, con el teléfono alejado, intenta a las 5 de la tarde hacer alguna actividad física, “para despejar”, pero por sobre todo “para ganar vitalidad”, mientras habla con algunos de sus hijos. Baño, merienda y ruta. En ese orden lo hace para llegar al corte sobre la Ruta 40 y cumplir su jornada de protesta de 6 horas.

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Hace 17 días están cortando este camino. La organización fue una de las cuestiones que más costaron de las manifestaciones, pero a lo largo de estas dos semanas lo pudieron hacer y cumplieron el objetivo: que siempre haya compañeros sobre la 40 y que el hospital no deje de atender. Para los autoconvocados de Chos Malal “lo más importante” es que el nosocomio no cierre sus puertas y que siga brindando “la misma calidad de siempre”.

Además, tienen dos asambleas diarias. La primera a las 10 de la mañana y la segunda a las 17. Se debaten ahí temas del día, problemáticas y se vota qué medidas llevarán a cabo. La integran personal de Salud y los mismos vecinos de la comunidad, que “apoyan mucho esta lucha”.

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En la asamblea del domingo 18 de abril, se definió la modalidad del corte que sigue vigente: durante el día, dejan pasar a todos los autos cada dos horas y a los camiones una vez al día, a las 21. Creen que fue exitosa esta modalidad porque genera una visibilidad de la problemática, pero no confronta al trabajador con otro trabajador. “Son formas que cada uno tiene y elige, y creemos que acá en Chos Malal es la mejor, por ahí en otras localidades deben aplicar otra medidas porque el contexto es distinto”, agregó.

Al caer la noche, un fogón enciende la ruta. No solo para mitigar el frío, sino para cocinar. Cada uno que esté, tiene su ración de comida caliente, pero debe llevar su plato, cubiertos y vaso, porque -claramente- no pueden compartir por la cuestión del COVID. Esa olla popular se llena con donaciones de los vecinos. Si bien al principio se hacía con lo que podía llevar cada uno de su casa, ahora reciben a diario botellones de agua, fideos, enlatados, que solo deben racionalizar, cocinar y “seguir alimentando a esta lucha”.

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Al analizar el rol de los vecinos de Chos Malal, Judith cree que “sin ellos no sería posible”. Se emociona con cada vecino que le envía un mensaje, o les levanta el puño cuando pasan por el auto: “Esos gestos pequeños son los que nos ayudan a seguir de pie”. Es que “el apoyo” del pueblo lo sienten en cada una de las acciones que llevan a cabo, a pesar del desabastecimiento que genera. Los autoconvocados saben las complicaciones en la vida diaria de sus vecinos, pero también comprenden de que no hay vuelta atrás. “Esta lucha la ganamos nosotros, ni el gremio, ni el Gobierno. La va a ganar el pueblo y no tengo ninguna duda”, se enorgullece.

Al llegar a su casa, alrededor de la medianoche, la espera el silencio. Los chicos ya están acostados y su marido la compañía un rato antes de ir a “dormir un rato”. De tanto ruido, tanto movimiento, encuentra la paz. Se quiebra al pensar en sus hijos -“que no pude pasar casi nada de día con ellos”- y les pide perdón. Entiende que esto es momentáneo, que ya volverán las tarde juntos, pero cada vez se extiende más el conflicto. Se dilata y las soluciones no parecen.

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Ella está convencida de que la lucha de los autoconvocados por la salud es “muy emocional, más allá de lo salarial”. Comprende que está en la ruta peleando por lo que le corresponde: un sueldo digno y condiciones laborales. “Nada más”, repite. Llegar a fin de mes no debería ser una “odisea” y reclama que en el hospital de Chos Malal se están por quedar solamente con dos médicos clínicos para todo el Norte neuquino. “Es una locura eso, nos falta gente para poder brindar algo tan importante como salud, ¿no se dan cuenta de eso?”, se indigna.

Ante la pregunta: ¿cómo termina esta lucha?, Judith no titubea: “Esta batalla la ganamos nosotros. Acá no hay partido político, no hay nada. No estoy afiliada a ningún gremio, no estoy afiliada a ATE, no estoy de acuerdo con nada. Pero esta lucha es de los trabajadores de salud. De la gente que labura, que le sigue poniendo la lucha. Esto no va a parar, hasta que consigamos lo que reclamamos”.

Intentando hablar de vulgaridades o temas sinsentido con su marido para despejar la cabeza, Judith intenta conciliar el sueño, “aunque a veces cuesta”. Si bien en algunas horas sonará la alarma y comenzará un nuevo día entre el estudio, la familia, el trabajo y la lucha, ella está convencida de que este es el camino.

“Seamos la pesadilla de los que pretenden arrebatarnos los sueños”, dijo alguna vez el médico Ernesto Guevara y, al parecer, Judith y sus compañeros están siendo esa pesadilla del Gobierno, que aún no logró destrabar esta situación. “Nos hicieron creer que tener las herramientas para ganarle vidas al COVID y dignificar a los trabajadores de salud es un sueño, que nosotros vinimos a hacerlo realidad”, concluyó.

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