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De pintar a Maradona y Gardel, a montar una posada en el Huechulafquen

Carlos Valdora relató sus idas y venidas con el arte y habló de La Berendina, la hostería que brilla en la boca del Chimehuín.

Maradona, Gardel, la pizza, el fútbol, el Che y otros íconos de la argentinidad confluyen en la obra de Carlos Valdora, un artista que tuvo sus idas y venidas con la pintura y que apostó con su familia por Junín de los Andes como su hogar, luego de dar vuelta la página de la publicidad en la inmensa y caótica Buenos Aires.

Siete años después de haberse reconciliado con el pincel, al dar con una estética que lo representara, Carlos decidió jugársela y construir una hostería en un terreno que le había dejado su padre en un lugar mágico, custodiado por el imponente volcán Lanín: la boca del río Chimehuín, a orillas del Huechulafquen.

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Atrás había quedado los sinsabores y varias satisfacciones de 30 años en el rubro publicitario y una tímida incursión expositiva de las obras que había empezado a pintar a partir de 1995, un claro que se abrió y se borró de un plumazo por la crisis del 2001; pero ese es un capítulo para contar más adelante.

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Lo cierto es que a fines del 2002, en plena crisis económica, Carlos llegó a la cordillera neuquina para emprender una nueva vida junto a su pareja Roxana y su hijo Martín. "Cuando estaba a punto de jubilarse, mi padre decidió adquirir el terreno de un loteo que se hizo en el 73', con la idea de tener una actividad y tal vez construir una hostería", contó Valdora en diálogo con LMNeuquén, antes de agregar que finalmente él terminó concretando la iniciativa y, más tarde, su hijo Martín, quien actualmente se encuentra a cargo del proyecto.

Pese al paisaje idílico, llevar adelante el emprendimiento no fue fácil. "Tuvimos muchas dificultades. Nos estafó el primer contratista y nos dejó con la obra por la mitad. Nos quedamos sin plata y ahí dejé de pintar y me convertí en albañil, en carpintero y en obrero. Tardamos años en terminar de construirla, pero lo hicimos", señaló destacando el esfuerzo de toda su familia. "Luego, cuando mi hijo creció, por suerte le interesó y se hizo cargo. Yo dejé el lago y me vine a vivir a Junín de los Andes", añadió.

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Hoy la rústica y luminosa Berendina, que cobra mayor vida en verano, cobija en su salón algunas piezas de Valdora, cuadros que dialogan con el espectador, que lo invitan a reír y reflexionar sobre la historia y la cultura argentina, sus personajes, sus crisis, sus contradicciones, sus pasiones y también sobre la estética y la vida de su creador que tardó años en encontrar el trazo preciso para expresarse.

Una estética para pensar

"Cuando era jovencito quería ser pintor en el sentido tradicional para el siglo XX, porque los pintores han cambiado a lo largo de la historia, muchas veces. Dependían de quién vivieran, de dónde sacaran la plata. En el Renacimiento pintaban para la Iglesia. En la época de Napoleón, dependían del Estado. Como no existía la fotografía, los pintores y los dibujantes registraban los hechos. Entonces Napoleón contrataba a Jacques-Louis David o Théodore Géricault, los llevaba a los combates y los tipos pintaban escenas y vivían de eso", comenzó diciendo Valdora, cual libro abierto, como preámbulo para contextualizar su vínculo con las artes plásticas.

"A comienzos del siglo XX, en la época de los impresionistas -que es el pintor con el que me identificaba yo, porque era más independiente- les vendían cuadros a los coleccionistas. Yo me imaginaba como Van Gogh, caminando por el campo y pintando escenas de la naturaleza. Obviamente la vida no fue así. No tenía sentido la actividad porque ya existía el cine y la televisión, salvo que uno tuviera una actitud romántica y quisiera pintar por pintar, pero como pintor profesional no tenía sentido", sostuvo, luego de mencionar sus estudios en Bellas Artes, dando muestras de su decepción con la corriente experimental de fines de los 60 que lo llevó a abrirse paso en el mundo publicitario.

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"Al principio fui dibujante -se llamaba director de arte- y luego fui director creativo. En esa época no existía la computadora, se dibujaba a mano. Cuando se empezó a utilizar, se fue terminando la actividad mía porque en vez de ilustraciones, se compraban las fotos a bancos de imágenes", comentó, para luego retomar su zigzagueante vínculo con los colores y el pincel.

"En el año 1995 empecé a pintar. De casualidad volvía del trabajo en colectivo y pasé por un parripollo y vi tres chivitos al asador en una vidriera, y ahí se me ocurrió pintar una escena bíblica porque se parecían al Gólgota. Me pareció interesante cómo determinadas escenas se pueden ver de distinta forma, según quien las mire. Así me di cuenta que podía pintar muchas cosas uniendo dos lenguajes que a mi me interesaban: la plástica con la literatura y, en cierta medida, el periodismo también. Contar la historia de un modo irónico y provocativo", manifestó y agregó que de esa forma, su vocación y el trabajo que le daba un sustento convivieron durante algunos años.

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"Yo ya sabía que no me terminaba de gustar la actividad publicitaria, no me hacía feliz, era algo que hacía para vivir. En una época me gustó, pero porque ganaba bien", dijo entre risas. "La publicidad lo que tiene es que un día sos un crack y al día siguiente un desastre. Un día tenés un empleo muy bueno, pero si la agencia pierde dos clientes, te echan de una patada. Es un trabajo que tiene una dosis de angustia diaria", advirtió. "Así que más que dejar la publicidad, la publicidad me dejó a mi. Parte de la empresa donde trabajaba desapareció y a los 60 años me quedé sin trabajo, aunque seguí haciendo algunas cosas freelance", sintetizó.

Fue precisamente por aquella época que se le dio la posibilidad de exponer sus obras en el Café de las Madres de Plaza de Mayo. "Yo nunca había expuesto más que algún trabajito en algún concurso, así que tenía curiosidad de ver qué pasaba. Puse unos cuadros y al poco tiempo me ofrecieron una galería grande, muy linda, donde hice una buena exposición pero con tan mala suerte que al día siguiente lo echaron a (Fernando) De la Rúa. Se armó un despelote grande en el país. Yo tenía prácticamente vendido un cuadro a un tipo que vendía pintura en Japón, pero desapareció, casi desaparece el país", remató con un toque de humor, llegando al punto en el que decidió pegar el volantazo, mirar al sur y abonar la tierra que había heredado de su padre.

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Hoy con 79 años recién cumplidos desde Junín de los Andes, el hombre -oriundo de la localidad bonaerense de Florida- resume sus aventuras: "De chico viví tres años en Mendoza, luego viví San Antonio de Padua, La Lucila, Belgrano; después me divorcié, me fui a vivir a otro lado, viví un año en México, me divorcié dos veces y me casé tres". "Ahora estoy esperando que en los próximos días nazca mi primer nieto", remarcó entusiasmado el artista que, tras exponer en ocasiones en Neuquén Capital, ilustrar publicaciones del dramaturgo Alejandro Finzi y dejar su huella en el Vía Christi con varios relieves, en el último tiempo comenzó a refugiarse en la escritura.

"Uno escribe sobre sí mismo en realidad", deslizó Valdora al contar que está trabajando en una novela cuyo relato no avanza a través de capítulos, sino de cuentos. "Invento un personaje que en cierta medida soy yo y que va viviendo. Me permite escribir sobre cosas que me divierten y que pienso como qué es la estética, la pintura, la literatura, el cine. Entonces hablo, pienso y discuto sobre eso, sobre el reemplazo del artista por el curador o el marchante, que se pone a decir pelotudeces para darle un pseudo fundamento a una obra para comercializarla o darle sentido", sentenció sin filtro. "Puede poner cualquier cosa, habla media hora y así le pone un contenido a lo que se está exponiendo, un sentido que el artista no ha pensado", argumentó.

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"El artista es gente sensible que sufre, que se amarga y que por lo general no piensa. Por lo general los artistas quieren manifestar lo que sienten. Yo creo que el arte tiene que ver con el pensamiento. Yo no creo que la gente llore ni se emocione con un cuadro mío. Se ríen o piensan. Mis cuadros en general no buscan la emoción. Salvando las distancias, soy como Bertolt Brecht: quiero que la gente piense cuando vea mis cuadros porque la emoción es paralizante y no sirve. Lo que sirve es el pensamiento", concluyó dando toda una definición de su arte.

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