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De ropa de trabajo a ícono de la moda: la historia del blue jean

A pocos días de la muerte de Gloria Vanderbilt, quien llevó esta prenda a la alta costura, un repaso por la vida de los pantalones que cambiaron la manera de vestir.

Por Sofía Sandoval - ssandoval@lmneuquen.com.ar

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Año 1991. El rostro imberbe y aún desconocido de Brad Pitt aparece en primer plano. La cámara se aleja y lo muestra saliendo de prisión en ropa interior. Aunque reclama sus pertenencias ante los guardias, el carcelero apenas le ofrece una mirada burlona y una cámara analógica para tomar fotografías: no hay rastros de sus pantalones.

El joven actor sale resignado de la prisión y se enfrenta a un desierto hostil, que parece teñir su camiseta blanca con los tonos que muestra la arena al atardecer. En el plano aparece un convertible a toda velocidad, con una modelo despampanante que lo mira y arroja algo al aire: unos pantalones Levi’s que le calzan a la perfección. Ya vestido, Brad saca algunas fotos y se aleja con la chica en el convertible, dejando atrás a los guardiacárceles confusos.

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Antes, mucho antes, los jeans no eran ni un objeto de deseo, ni un ícono de la cultura popular, ni la prenda de los chicos malos de Hollywood, ni siquiera el uniforme de miles de millones de personas en el mundo. Antes, en el momento de su invención, eran una prenda rústica pensada para enfrentar las condiciones más extremas del ambiente.

Los pantalones de jean, quizás la prenda más icónica del planeta, nacieron en el siglo XIX en Estados Unidos y de la mano de un empresario alemán y un sastre de origen judío. En 1871, un inmigrante de Alemania llamado Levi Strauss pensó en utilizar la tela de las carpas que vendía en su negocio de San Francisco para confeccionar ropa resistente para los buscadores de oro, quienes viajaban a California con la esperanza de llenarse los bolsillos con el hallazgo de las pepitas doradas.

Estos pantalones de tela gruesa y marrón buscaban ser resistentes para que los buscadores de oro los pudieran gastar en sus exigentes jornadas de exploración y sus noches a la intemperie.

Tras agotar el stock de este género, recurrió a una tela de origen medieval conocida como serge de Nimes, que más tarde se haría mundialmente conocida por su abreviatura: denim. En 1873, él y el sastre Jacob Davis patentarían el primer par de pantalones, que no se parecían demasiado a las versiones sofisticadas que se venden hoy en día en millones de comercios de todo el mundo.

Lejos de cuidar la estética, estos pantalones de tela gruesa y marrón buscaban ser resistentes para que los buscadores de oro los pudieran gastar en sus exigentes jornadas de exploración y sus noches a la intemperie. Con rapidez, también lo adoptaron los mineros, los trabajadores del ferrocarril y otros obreros que necesitaban prendas durables que no se rompieran durante el transcurso de sus labores forzadas.

Entre las modificaciones propuestas, los proveedores genoveses del género se encargaron de teñir la tela de un tono azul índigo procedente de la India, que le dio el color estándar que tienen los pantalones de hoy. Por su parte, Davis decidió colocar una serie de remaches en algunos sectores más débiles para reforzar su durabilidad, y así remachó los bolsillos o el final de la bragueta, para evitar que la prenda se desarmara.

Tras varios ensayos, el lote ganador de los inventores fue el 501. Ese fue el nombre que llevó el modelo más icónico de Levi’s, que se comercializó por décadas y que aún se vende como el diseño tradicional de los “blue jeans”. Este modelo incluye los típicos cinco bolsillos: dos traseros, dos delanteros y una pequeñísima solapa que genera la confusión de muchos.

La leyenda asegura que Levi Strauss diseñó este bolsillo diminuto para que los vaqueros del Oeste norteamericano guardaran los relojes que sostenían con una cadena. La tela más gruesa de los jeans protegía más sus artefactos que los tradicionales chalecos finos donde los guardaban antes.

Su bajo costo y su notable durabilidad en relación a otras prendas de vestir hicieron que sus niveles de ventas se mantuvieran incluso después del Jueves Negro de 1929 y la Gran Depresión, que redujo de forma considerable la capacidad de compra en Estados Unidos. El dinero escaseaba, por lo que invertir en un par de pantalones baratos que durarían por años parecía una apuesta razonable.

Para la Segunda Guerra Mundial, los pantalones ya formaban parte de los lotes que Estados Unidos enviaba a las tropas aliadas para sus soldados, que debían enfrentar, otra vez, condiciones rudas del ambiente. No había moda; sólo pura necesidad.

¿Cómo sucedió entonces? ¿Cómo unos pantalones toscos y asociados a los vaqueros furibundos, los obreros más humildes, los buscadores de oro más marginales, se convirtieron en una prenda que puede costar hasta 200 euros si llevan la etiqueta de Calvin Klein o si los compran los más encumbrados líderes mundiales?

La leyenda asegura que fue gracias a los más rebeldes. En los años 50, los chicos malos del star system de Hollywood, como Marlon Brandon o Elvis Presley, se dejaron ver con esta prenda rústica.

La cadera de Elvis se movía al ritmo del rock and roll en unos movimientos escandalosos y enfundada en un pantalón de denim oscuro con notorios pespuntes en blanco. Marlon, que junto a James Dean parecía canalizar los deseos de una naciente cultura pop, se dejaba ver con motocicletas y el clásico modelo Levi’s sin desgastar. Y aún circula la recordada foto de Marilyn Monroe que, antes de ser famosa, posaba con un par oscuro y una camisa roja anudada arriba de la cintura.

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Aún no existían los modelos rasgados, los nevados, los de botamanga acampanada o de corte tipo chupín. Eso llegaría más tarde. Pero la rebeldía de los jóvenes de Hollywood logró convencer a una generación entera de que esa prenda tosca del mundo obrero era también una vestimenta cómoda que se adaptaba a todo tipo de usos. Los jóvenes de esa segunda mitad del siglo XX los incorporarían como una bandera, un acto de rebeldía frente al lino y el piqué de las generaciones previas, de la línea planchada de los modelos de vestir.

En la década del 60, en pleno auge del Flower Power, los diseñadores de San Francisco ya imponían la moda del denim para hombres y mujeres. Las botamangas se ensancharon y los jóvenes se dejaban ver con versiones raídas o descosidas. Desde las tiendas propusieron bordar flores coloridas para tapar los agujeros de los ejemplares más desgastados. Así, dieron lugar a un nuevo símbolo de la moda que fue rescatado en las pasarelas de Gucci en los 2000.

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Aunque el pantalón llegó al mundo femenino en 1940, cuando las mujeres sumaron esta prenda al guardarropa para ocupar los puestos en las fábricas que los hombres dejaron vacíos para alistarse en la guerra, en 1970 llegó un nuevo concepto, que asociaba al denim con la elegancia y la sensualidad femenina de la mano de Gloria Vanderbilt.

Al novedoso diseño de Vanderbilt se sumaron las polleras de jean. En sus primeras versiones, eran largas hasta los pies y hechas a partir de antiguos pantalones reciclados, una verdadera tradición de la cultura hippie. Sin embargo, la prenda evolucionó hasta sumarse a la tendencia de las minifaldas y permanece hoy en una gran diversidad de largos y diseños.

Vanderbilt murió esta semana a los 95 años y su nombre siempre estará asociado a la transición más significativa del mundo de la moda. Ante un sobrante de denim que ubicó en un depósito de Hong Kong, Gloria pensó en utilizar esa tela rústica para un diseño de pantalones que marcaran la cintura femenina.

Corría la década de 1970 y su arriesgada decisión catapultó a la tradicional prenda de trabajo a las principales pasarelas y a los guardarropas de miles de millones de personas en el mundo. Más tarde, ese artículo se convertiría en un objeto de deseo y un motor de consumo dentro del universo de la indumentaria.

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