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De ser trasplantado a trabajar en la Fundación Favaloro, la historia de un neuquino agradecido

Carlos Lirio contó cómo cambió su vida luego de que detectaran una cardiopatía en su Junín de los Andes natal. El apoyo del pueblo, su recuperación y el encuentro con la familia del donante.

Aunque su cumpleaños es el 24 de agosto, este 9 de junio Carlos Lirio celebra una vez más su segundo nacimiento. Ese que tuvo hace 27 años atrás cuando tuvo que parar la pelota, dejar de entrenar y detener su vida, precisamente para no perderla.

Tenía 17 años y estaba a punto de terminar la secundaria cuando una cardiopatía dilatada no le dio tiempo ni siquiera asimilar el abrupto volantazo que tuvo que pegar junto a su familia, lejos de los festejos, sueños y proyecciones que se suelen tener en esa etapa bisagra de la juventud.

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Su caso conmovió a toda la comunidad de Junín de los Andes que - con los delay en las comunicaciones que existían a mediados de la década del 90- siguió de cerca el caso y se movilizó para acompañarlo afectivamente - a través de regalos, dibujos y cartas - y de manera económica para ayudar a sostener el dispositivo de contención y un tratamiento a kilómetros de distancia, luego de ser trasladado de urgencia a Neuquén y a los días a Buenos Aires en un vuelo sanitario.

"Yo entrenaba todos los días. Hacía básquet, vóley y competía en los regionales. En un momento empecé con molestias haciendo la entrada en calor para fútbol. Me faltaba el aire, me sentía cansado, pero no todo el tiempo hasta que se hizo más constante y ahí empecé a hacerme estudios. Un día, cuando me fui a dormir la siesta - allá en Junín siempre me tiraba media horita- empecé con vómitos y me llevaron al hospital y a partir de ahí quedé internado. Me acuerdo que mi papá me dijo: 'Llevate ropa por si te internan'. Yo lo miré como diciendo: ¡Qué me van a internar! Y no solo me internaron, sino que además ese mismo día me llevaron a Neuquén Capital en ambulancia", comenzó relatando Carlos en diálogo con LMNeuquén.

"Estuve dos semanas en el hospital regional. Mi vieja pidió la derivación a Fundación Favaloro y me llevaron a Buenos Aires en un avión sanitario. La situación era muy compleja. Al cuarto día que llegué a la institución entré en paro dos veces y quedé diez días en emergencia nacional hasta el trasplante que se hizo 40 días después desde que fui diagnosticado", sintetizó.

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La espera de ese corazón intubado con respirador y rodeado de aparatos en terapia intensiva no fue nada fácil tanto para él como para su familia. "En esa época no se hacían tantos trasplantes. Yo estaba en emergencia nacional porque me quedaban pocos días de vida, como mucho 10 o 14. Había empezado con fallas renales, hepáticas y otros inconvenientes, más allá de los cardiológico, así que no podía esperar por mucho tiempo. Por eso no tuve la problemática de estar en una lista de espera porque al estar en emergencia nacional, el primer órgano compatible que saliera era para mi", explicó.

"El tema fue que yo me enteré de la necesidad del trasplante, el mismo día que me lo hicieron. Yo estaba despierto, conectado a un montón de aparatos, mirando a mi familia, pero sin saber. Me acuerdo que me comunicaba escribiendo palabras en una servilleta y que sentía mucha sed pero no podía tomar nada. El día del trasplante vino un médico, me explicó cuál era mi situación, lo que se podía hacer, me dijo que el órgano ya estaba y me preguntó si estaba de acuerdo con el trasplante. Obviamente, le dije que si, no había otra salida. Y el 9 de junio de 1995 me trasplantaron", sentenció anunciando la fecha de su segundo cumpleaños.

Con el apoyo de su familia y los vecinos de Junín

Tras esa intervención, "que duró entre ocho y nueve horas", Carlos le puso garra a un "postoperatorio muy difícil" y a la rehabilitación que continuó haciendo en Junín de los Andes - a cuatro meses de aquella dramática partida-, de la mano de Jorge Páez, un profesor de educación física que se puso a disposición para acompañarlo en ese proceso.

"Si bien no soy una persona alta, antes de que me diagnosticaran hacía muchos deportes y estaba muy bien físicamente. Yo pesaba 75 kilos y cuando me dieron el alta en la Fundación Favaloro salí con 50 kilos. No podía siquiera para pararme con una silla. Estaba totalmente condicionado. Una vez que volví a Junín pude empezar una buena recuperación con este profe que me ayudó a salir adelante", señaló.

"Recuperarme me llevó más de un año. Si me preguntás qué fue lo que más me costó, yo te diría que todo. Tuve que recuperar desde los hombros hasta la fuerza en las piernas, los brazos, la zona media, el aire, todo. Fue empezar de cero", enfatizó, para luego manifestar su gratitud hacia su familia y todas las personas que de algún modo hicieron que ese transitar tan doloroso sea más llevadero.

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"Mi mirada siempre fue positiva porque siempre tuve mucho apoyo. La gente en Junín se movilizó muchísimo por mi caso. Incluso se juntaron fondos, se hicieron colectas y cadenas de oraciones para ayudarme. Prácticamente todos los días me llegaban cartas, los nenes me hacían dibujitos. Todo el pueblo acompañó muchísimos a mi familia. A mi papá casi todo el mundo lo conoce porque fue docente y hasta director del colegio Ceferino Namuncurá y mi vieja tenía Codelín , el primer kiosco que tuvo teléfono público, entonces también la conocían todos", dijo en alusión a Darío Lirio e Inés Pulido.

A mi todo eso me sirvió para salir adelante pero también tuve que poner mucho de mi parte porque en esa época no estaba muy desarrollado el tema de la rehabilitación cardíaca en la Argentina. No era muy común y menos con una persona trasplantada. Por más que el trasplantes del corazón se hace desde fines de los 60', en la Argentina se había empezado a trasplantar en los 80'. La Fundación Favaloro incluso se inauguró en el 92' y a mi me trasplantaron en el 95'", reflexionó Carlos.

Una nueva oportunidad y siempre junto al deporte

Un año y medio después del trasplante, Carlos decidió regresar a la competencia deportiva y participó en el Primer Torneo Argentino para Trasplantados, midiéndose en ciclismo y atletismo. "Me fue bastante bien. No recuerdo las posiciones, pero cuatro medallas me debo haber ganado. Y en el 97', como me había ido bien en el Nacional, me becaron para ir al mundial de personas trasplantadas que se hizo en Australia. Fui y terminé cuarto en marcha aeróbica, que fue en lo que mejor me fue", recordó.

Un año después Carlos se instaló en Buenos Aires para hacer el Profesorado en Educación Física. Una vez que me recibí, en el CeNARD (Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo) armamos un programa de deportes y salud gratuito para personas trasplantadas, diabéticas, con cardiopatía y asmáticas que lo vengo coordinando desde 2005. Tenemos unos cien pacientes aproximadamente", contó.

Agradecido por haber tenido la posibilidad de salvar su vida en la Fundación Favaloro y capitalizando su dura experiencia, en ese año también Carlos empezó a hacer pasantías para trabajar en la rehabilitación cardiovascular de los pacientes del prestigioso centro de salud.

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"Durante tres años yo iba todos los viernes para trabajar en el área de rehabilitación para aprender. Lo hice para aprender y como una forma de devolución a la institución. Fue mi granito de arena. Después decantó en que terminé trabajando ahí, pero ese no era mi objetivo ni mi intención", dijo. "Pero se dio y como trabajador de rehabilitación comprendo perfectamente lo que me quiere decir el paciente, cómo se siente luego de ser operado, su tristeza... La verdad es que la empatía por haber atravesado una situación similar es distinta, más allá de que no le diga que tengo un trasplante", agregó antes de manifestar su orgullo por contribuir al legado del emblemático y querido doctor René Favaloro.

" Los pacientes siempre me recalcan el buen trato que tuvieron por parte de los profesionales durante la internación. Yo creo que eso tiene que ver con la idea que bajó su fundador", subrayó contento de los 17 años que ya lleva aportando para mejorar el paso de las personas que deben ser atendidas en ese centro médico.

El conmovedor vínculo con la familia de su donante

Aunque la donación de órganos es anónima, con el tiempo Carlos se enteró su salvador fue un ex jugador de Unión de Santa Fe que fue asesinado durante un robo a su local de lotería. En medio del dolor de perder al padre de sus hijos -en ese entonces de dos y seis años de edad-, la pareja de hombre decidió donar sus órganos y así fue como su corazón comenzó a palpitar en el cupoer de Carlos.

"Nosotros hemos ido a Santa Fe a verlos y ellos nos han visitado en Junín de los Andes incluso. Hasta el día de hoy estamos en contacto. No muy seguido, pero sabemos lo que le pasa al otro. De mi parte, no tengo más que agradecimiento. Imagino lo fuerte que debe ser para ella charlar con la persona que vive por el corazón de su marido. Ella no solo dio el okey para donación, sino que afrontó todo y creó un vínculo con nosotros muy respetuoso y adecuado a la situación. Creo que de alguna forma está en paz, saber que sirvió para algo lo que le sucedió al marido, a pesar de la desgracia", reflexionó Carlos.

Recaudos y la apuesta para vivir a pleno

Más allá de los momentos de mayor dramatismo, la vida de un trasplantado no continúa como un cuento con final feliz sin escollos que sortear a diario.

"Uno después de que se trasplanta la sigue luchando por distintos motivos, por eso siempre digo que no hay que bajar los brazos y que si se bajan sea para recuperar energía para levantarlos devuelta. Creo que lo principal es informarse, luchar pedir ayuda", recalcó.

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"Todo el mundo dice 'vas a tener una vida normal'. Es así y no es tan así. Uno puede desenvolverse prácticamente en todos los ámbitos, estudiar, trabajar, hacer actividad física, tener pareja y tener hijos. Yo tengo tres: un nene de 11, una nena de 7 y otra de 7 meses. Más allá de eso, cada tres meses tengo que hacer muchos chequeos médicos, tomar más de 25 pastillas por día y hacer todos los trámites para obtener esa medicación que por ley te lo cubre el Estado. Por suerte no he tenido grande complicaciones pero al estar inmunosuprimido te bajan las defensas y tengo más riesgo de contagio. Por el tema del COVID yo volví a la presencialidad hace un mes. El uso del barbijo y el alcohol lo tengo súper incorporado desde antes de la pandemia", puntualizó Carlos.

"Por eso te digo, llevo una vida normal, entre comillas. De todos modos, no es común tener tantos años de trasplante de corazón. Por lo general, los órganos trasplantados tienen un vida útil y si vos no los cuidás, se pierden. Así que no es que uno hace una vida cien por ciento normal. La decisión de tener hijos fue importante porque no sabía lo que me iba a deparar el destino o si iba a estar bien de salud.

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Mi experiencia me transformó en el sentido de poder intentar hacer todo lo que pueda. Si es el cumple de mi hijo, voy a festejarlo como si fuera el último. Trato de no discutir ni enojarme tanto. Igual me hago mala sangre como todo el mundo pero trato de disfrutar de las cosas lindas o los eventos importantes. Yo no pienso de acá a diez años, pienso de acá al año que viene y cada vez que brindo a fin de año, brindo porque pude vivir un año más.

"Uno puede estar mal de dinero, por ahí no tiene la casa de su sueños y todavía alquila, podés tener o no una familia, estudio, pero lo importante -como base-es tener una buena salud. Sin salud no podés hacer absolutamente nada y de eso estoy cien por ciento convencido", concluyó.

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