De sereno a artesano para que los libros resistan al tiempo

Andrés Sepúlveda. Encuadernador en la Biblioteca Central Francisco P. Moreno de la Universidad Nacional del Comahue.

Pablo Montanaro
montanarop@lmneuquen.com.ar

A los 16 años descubrió el gusto por el oficio en la escuela nocturna.
Trabajó varios años como cuidador en diversas instalaciones de la UNCo. Luego presentó un proyecto para abrir el taller de encuadernación.

Neuquén.- Mientras exista algún libro, el oficio de encuadernador no desaparecerá, afirman quienes en plena época del ebook se ganan la vida encolando lomos, restaurando tapas o páginas rotas y amarillentas. Andrés Sepúlveda llega pasadas las 7 a su lugar de trabajo, en el subsuelo de la Biblioteca Central de la Universidad Nacional del Comahue, donde sobre las mesas se desparraman gruesos volúmenes devastados por el tiempo y la falta de cuidado, y que aguardan la dedicación y prolijidad de este hombre de 55 años y padre de 6 hijos que vive en el barrio Confluencia.

Llegó a ese maravilloso mundo de los libros después de intentar ingresar a la Armada cuando tenía 16 años. "Hice la instrucción, no quedaban cupos para mecánico motorista, que era lo que a mí me gustaba, y sólo había lugar para cocinero. Así que pedí la baja". Cuando regresó de Buenos Aires, su papá, que era policía, le sugirió que siguiera estudiando.

Andrés había hecho la primaria en la Escuela 132 del barrio La Sirena donde vivía de chico y después entró al secundario en el colegio Don Bosco, donde hizo dos veces primer año. En 1977 se anotó en la Escuela para Adultos 6, en Misiones y Alcorta, donde aprendió encuadernación. Dos años después se recibió de encuadernador profesional. "Me anoté porque me gustaba leer. De chico leía de todo. Iba a visitar a una amiga que tenía una gran biblioteca y siempre le sacaba algún libro. No me importaba la cantidad de páginas, y además me encantaba ver cómo estaba encuadernado, pegadas las hojas", recuerda. Y agrega que sus padres compraban muchas enciclopedias.

Cuando habla de esos años de formación en la encuadernación, su cara denota felicidad; de inmediato nombra a la profesora: "Se llamaba Luisa Sánchez, que por aquella época tenía una librería sobre la calle Salta. Ella nos alentaba y estimulaba mucho y la verdad que nos tenía mucha paciencia. Éramos veinte personas, y las clases se daban en la cocina de la escuela porque tenía mesas grandes, ideales para las prácticas".

Con su título se dedicó un tiempo a realizar trabajos de encuadernación para particulares, pero la economía familiar requería mayores ingresos. En forma paralela pintaba y empapelaba casas. "Las exigencias de la vida familiar me sacaron un poco de la relación que tenía con los libros aunque siempre estaba leyendo", sostuvo.

En 1993 ingresó como sereno a la Universidad Nacional del Comahue. En los primeros años lo hizo en el Polideportivo. "Era embromado sobre todo en invierno, en ese entonces el polideportivo no tenía puertas ni ventanas, era bravo estar allí, tenía un tambor de 200 litros para hacer fuego", rememora. Pasaron tres años hasta que fue trasladado al edificio central de la casa de estudios y luego a la Facultad de Humanidades. "A veces tenía que cubrir otros sectores. Un día de 1998 o 1999, no recuerdo bien, me mandaron a la biblioteca y me gustó", dice.

El de encuadernador es un oficio solitario, como el del escritor, que necesita la soledad para escribir".

Durante esas largas madrugadas como sereno, Andrés fue delineando las ideas de un proyecto que lo entusiasmaba. "Como en la biblioteca no había una persona que se dedicara a la encuadernación, armé un proyecto en el que me ofrecía para realizar esa tarea y se lo presenté a la directora, Eugenia Luque. Yo veía que los libros viejos o deteriorados eran guardados en cajas en un depósito, o bien los enviaban a encuadernar afuera".

Luque aprobó la iniciativa de Andrés, que en 2003 fue designado encuadernador de la biblioteca que cuenta con casi 80 mil libros.

Le pregunto por unos papelitos con nombres de escritores franceses (Baudelaire, Rimbaud) que tiene frente a su escritorio repleto de páginas, colas y demás elementos de su oficio. "Cuando leo sobre algún escritor que no conozco, lo anoto para en algún momento leerlo", dice Andrés, quien muestra su actual lectura, el libro Cuando me muera quiero que me toquen cumbia de Cristian Alarcón.

A la hora de definir su trabajo, asegura que es un oficio solitario, "como el del escritor, que necesita la soledad para escribir".


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