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Dos amigos, un negocio, un asesinato y un perejil

El 6 de octubre de 2006, al comerciante Julio Venegas se lo tragó la tierra. La búsqueda llevó hasta El Bolsón, donde dieron con su cadáver en la Pampa del Toro. La trama incluyó deudas, una particular ejecución y un vecino que casi termina preso.

Corría el 2006 y Julio Venegas, comerciante del Bajo neuquino que se dedicaba a reparar electrodomésticos, mantenía una amistad de 20 años con Jorge “Yuyo” Jorajauria, que trabajaba cuidando un campo en Mallín Ahogado, a cuatro kilómetros de El Bolsón. Ambas familias se conocían e incluso cuando Julio iba para la cordillera, paraba en la casa de Jorge.

Durante las largas charlas que mantenían los amigos surgió la posibilidad de realizar juntos un negocio vinculado al rubro de la madera, en el que el capital invertido se duplicaba en poco tiempo. Fue justamente ese cambio de rol, de amigos a socios, lo que atraería la desgracia y la muerte. No por nada hay un dicho que reza: “Cuentas claras mantienen la amistad”.

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-> Reservado y rutinario

Julio Venegas era un tipo bastante sencillo y rutinario. Como comerciante, siempre estaba atento a realizar algún negocio, pero con gente conocida, porque era bastante desconfiado.

Julio Venegas

Era un tipo de buen porte y, según había hablado con los comerciantes de la cuadra donde tenía el local, en Nordenstrom, estaba dispuesto a poner el cuerpo para defender lo suyo. “Si a mí me entran a robar, me van a llevar algo; pero gratis no les va a salir”, decía.

Eso sí, el comerciante era reservado con los negocios y poco hablaba de ello. Se dedicaba a trabajar gran parte de la jornada en su local, tenía un socio de años y un solo empleado.

Venegas se movía en un utilitario, VW Caddy, donde llevaba y traía repuestos, buscaba lavarropas o heladeras, y siempre -tipo previsor- tenía en la caja del vehículo una campera azul por si se le pasaban las horas y lo agarraban el frío o la lluvia.

Tan rutinario era Julio, que desde hacía aproximadamente 15 años que se juntaba con un grupo de amigos a comer asado todos los viernes.

Era un evento sagrado, y desde que se había puesto en pareja, en 2001, con Mariela Pecoraro, siempre dejó claro que el asado de los viernes no se negociaba, era intocable.

Por eso cuando Julio no llegó a la juntada el viernes 6 de octubre de 2006, comenzaron a llamarlo al celular. No atendía. Su empleado le contó al grupo que alrededor de las 20:30 lo había visto por última vez y le aseguró que iba ir pero que antes “se tenía que juntar con un tipo”.

Venegas no era de aventuras ni cosas raras, por lo que sus amigos se contactaron con la esposa y ella con sus hermanastros, y así fue como la Policía y la Fiscalía de Graves Atentados contra las Personas (GAP) emprendieron una larga búsqueda.

Jorge "Yuyo" Jorajauria Julio Venegas
Jorge "Yuyo" Jorajauria

Jorge "Yuyo" Jorajauria

-> El dato del negocio

Oriundo de Río Colorado, Jorajauria vivía en El Bolsón, en la zona de Mallín Ahogado, desde hacía ya unos años. No pudo terminar la facultad en su momento porque no alcanzó a pedir prórroga en el Ejército, así que tuvo que hacer la colimba, y su paso las Fuerzas Armadas le dejó cierto gusto por el entrenamiento militar y el manejo de armas. Dato para no olvidar.

En El Bolsón cuidaba un pequeño bosque cuyo dueño le había encargado que mantuviera pero que no talara absolutamente nada. En paralelo, el Yuyo andaba a la orden del día por cualquier trabajito que saliera.

A unos 500 metros, en Mallín Ahogado, vivía un vecino, Andrés Bo, que también cumplía con un trabajo similar, solo que en el campo que él cuidaba estaban construyendo unas cabañas con fines turísticos.

Como a ambos les gustaba ir de caza a la cordillera, hicieron buenas migas y en esas largas caminatas comenzaron algo parecido a una amistad.

A Jorajauria le sirvieron los datos que le dio Bo sobre la construcción de cabañas y en un aserradero cercano averiguó el dinero que se podía levantar con la tala de árboles.

Con esa información dándole vueltas en la cabeza, el Yuyo no dudó en contarle a Julio cuando se juntaron un par de años atrás. Le confió los montos que se manejaban y le propuso hacer un negocio donde él aportaba la mano de obra y se encargaba de la venta de la madera, y el comerciante solo tenía que aportar el capital.

La charla se extendió y todo tenía aroma a plata fácil. Encima, Venegas se entusiasmó con tener una cabañita en medio de la cordillera, así que con un apretón de manos sellaron el negocio.

-> Cuentas poco claras

Venegas hizo una primera inversión de 10 mil o 15 mil pesos, nunca se pudo establecer. Pero en distintas encomiendas, el Yuyo le comenzó a devolver el capital y también parte de las ganancias, que dividían en partes iguales.

“Venegas le solía armar encomiendas con un ladrillo adentro y un sobre con la guita a Jorajauria y, al revés, el Yuyo le mandaba unos quesos con el sobre con la guita”, confió un investigador del caso, y el dato fue ratificado por la viuda en el juicio.

Las cosas funcionaban muy bien y todo parecía tan redondo que Venegas apostó mucho más. Incluso, le pidió 20 mil pesos prestados a un comerciante amigo y puso en manos de Jorajauria 50 mil pesos, “esperando sacar unos buenos mangos en poco tiempo”, confió el informante.

¿Qué paso? Según los investigadores que trabajaron el caso, “el Yuyo fue enganchado robando unos rollizos al aserradero que le compraba la madera y ahí se pudrió todo. Después, Venegas comenzó a reclamar el dinero y eso fue desgastando la relación, pero nunca le contó a nadie los detalles. Solo Jorajauria sabe y nunca contó nada”.

Julio Venegas
Andrés Bo, quien casi termina preso.

Andrés Bo, quien casi termina preso.

-> El maldito favor

Por la vecindad que tenía Jorajauria con Andrés Bo, siempre se daban una mano en lo que fuera necesario. En la zona cordillerana, el sentido de comunidad y el espíritu solidario son moneda corriente.

En una oportunidad, Bo viajó con su familia a La Plata, de donde es oriundo, por lo que le pidió al Yuyo si le podía cuidar la propiedad y dejar unos caballos en su predio para que no fueran presa de la caza furtiva.

Jorajauria aceptó y le recordó que a la vuelta iban a terminar una charla que tuvieron en una salida a la cordillera, donde le había propuesto comprar algunas máquinas agrícolas para hacer un pequeño emprendimiento. El negocio era que el Yuyo ponía la plata y Bo, la mano de obra.

¿De dónde sacaría el capital Jorajauria? Él sabía que iba disponer de dinero suficiente como para jugar a dos puntas, pero cuando se pudrió lo del aserradero, todo fue de mal en peor. Venegas, avezado en los negocios, advirtió que su dinero no estaba retornando con la frecuencia esperada y comenzó a reclamar hasta que la situación se puso tensa.

Andrés Bo, el 6 de octubre de 2006, recibió la visita de Jorajauria, que iba a cobrarle el favor de los caballos y cuidado de la propiedad, y le pidió que lo llevara a Neuquén en su Renault 18 Break. Le dijo que tenía que cobrar un dinero para el emprendimiento del que habían hablado. Bo no tenía muchas ganas porque el auto andaba fallando, pero igual aceptó, sin saber que se iba a transformar en el perejil de una oscura trama.

-> Parada obligada

El viaje fue bastante tranquilo, pero pasando Senillosa, tipo 19:30, el R18 comenzó a fallar, por lo que Bo decidió que en Plottier se metería al primer taller que viera, y así lo hizo. Eran aproximadamente las 20.

Jorajauria ni llegó al taller. Se bajó en la Ruta 22 para seguir camino a Neuquén. “Cualquier cosa te llamo al celular”, le dijo el Yuyo, que partió con su mochila colgada del hombro.

Andrés Bo se quedó en el taller charlando con los mecánicos y compartiendo unos mates mientras aguardaba que le repararan la Break. De ello dieron fe durante el juicio los empleados del taller.

Por su parte, el Yuyo llamó pasadas las 20:30 a Venegas y acordó reunirse en un punto que nunca se estableció, todavía es un misterio, pero que para los investigadores fue en el límite entre Plottier y Neuquén.

Justo cuando estaba cerrando el negocio, el empleado le preguntó a Julio si iba a ir al asado y este le afirmó que sí pero que tenía que juntarse primero con un tipo. A los minutos, una asesora de seguros llamó a Venegas para disculparse porque no había podido pasar por el local esa tarde.

“No te hagas drama, ahora estoy saliendo para un asado, pero antes voy rumbo a la plata”, le dijo el comerciante, a lo que la joven le consultó si se iba la ciudad de La Plata y Venegas le respondió con una sonrisa: “No, flaquita, voy a buscar una plata”.

-> La letal Amadeo Rossi

Jorajauria nunca habló ni admitió nada. Solo se limitó a armar un relato espejo, es decir, invertió la declaración que realizó Bo en su momento.

Los investigadores, forenses y criminalistas tuvieron que recrear el asesinato de Venegas en base a los pocos testimonios con los que contaban y los elementos técnicos y científicos recolectados.

A la orilla de la Ruta 22 fue la fatal reunión. Venegas llegó en su Caddy y el Yuyo se subió en el asiento del acompañante.

De acuerdo con las pericias, prácticamente no hubo resistencia de parte de la víctima. Se estima que discutieron sobre el negocio y la devolución del dinero, y Jorajauria sacó de la mochila una caja de zapatos que supuestamente estaba llena de plata, pero en verdad no fue así.

La caja estaba repleta de papelitos cortados como si fueran billetes, Jorajauria sacó un revólver Amadeo Rossi calibre 38 y utilizó la caja de papelitos como una especie de silenciador. Es decir, apoyó el caño del en la caja y le disparó a su amigo a corta distancia.

El forense Carlos Losada estableció que hubo cuatro tiros dentro del vehículo, pero solo tres impactaron sobre la humanidad de Venegas y a quemarropa.

Uno fue en el brazo derecho, lo atravesó e ingresó en el tórax. Otro, en la zona abdominal, y después de unos 20 minutos de agonía, Jorajauria remató a Venegas apoyándole la caja a la altura de la cabeza y apretando el gatillo de la Amadeo Rossi.

Hasta ahí llegó la vida de Julio Venegas. La amistad con el Yuyo ya se había extinguido hacía un rato.

-> “Un compañero callado”

Concretado el crimen, Jorajauria pasó el cuerpo de Venegas al asiento del acompañante y aprovechó la campera azul, que estaba en la caja del utilitario, para ponérsela y así cubrirlo un poco para que diera la impresión de que iba durmiendo.

Jorajauria se puso al volante de la Caddy e inició el regreso a El Bolsón. En su cabeza, iba tildando y repasando las distintas etapas del plan. Había salido del pueblo sin que nadie lo supiera, solo Bo, por eso es que ni se acercó al taller mecánico en Plottier.

De regreso, llegando a Arroyito, llamó a Bo, “su único cabo suelto”, y le dijo que ni bien estuviera listo el auto lo alcanzara en la ruta que él ya estaba en camino.

El Yuyo estacionó a la vera de la Ruta 237, a unos 500 metros pasando la estación de servicio de El Chocón, y por celular le pidió a Bo que le comprara dos bidones de combustible.

Su razonamiento criminal le indicaba que en la memoria de un playero quedaría fijo el recuerdo de un hombre que entra caminando a comprar dos bidones de combustible. De esta forma, dejaba a Bo pegado y él seguía siendo un fantasma.

A los pocos metros de salir de la estación, Bo vio que el Yuyo le hacía señales desde la banquina, por lo que se le puso a la par con el R18, abrió la puerta del acompañante y le dijo: “Tomá los bidones que no quiero parar el motor porque no anda del todo bien”.

Mientras los sacaba, Jorajauria observó que Bo vio que había alguien más en la Caddy. “Me estoy aburriendo de lo callado que es mi compañero”, le dijo con una mueca siniestra.

Bo vio que tenía el pantalón manchado con algo oscuro, pero no preguntó y continuó camino. En el trayecto debió soportar un macabro juego psicológico. Jorajauria se paraba al costado del camino, apagaba las luces y luego le aparecía de atrás, le ponía la luz alta, lo pasaba y se perdía. Esa maniobra la repitió en varias ocasiones.

En una de esas pasadas, el cuerpo de Venegas ya no se veía, pero se notaba que la puerta de atrás de la Caddy estaba manchada de sangre y ahí entendió de qué eran las manchas oscuras del pantalón del Yuyo.

Hubo una parada en Bariloche, para cargar combustible, donde ya se planteó la primera amenaza concreta: “Vos no viste nada. Yo no estoy solo en esto. Ahora seguime”.

Bo después contó que estaba aterrado y temía por su familia, por eso decidió seguirlo.

Empalmaron la Ruta 40 y pasaron el puesto Villegas de Gendarmería, pero no había ningún efectivo sobre la ruta. Luego tomaron el desvío que lleva al Cañadón de la Mosca y subieron hasta la Pampa del Toro, un lugar con una vista muy bella. Allí, a 20 metros del camino, el Yuyo tiró el cuerpo de su amigo.

Ni bien llegó a su casa, Bo vomitó y después le contó todo a su esposa; es decir, todo lo que creía, porque no sabía quién era la víctima.

Al otro día, la siniestra figura de Jorajauria apareció en la chacra de Bo y lo mandó a comprar un cobertor de auto, unas pinturas en aerosol negras y verdes, y artículos de limpieza. El vecino, que estaba muy asustado, le hizo el mandado y le entregó todo lo pedido.

Con todo eso, el asesino se metió en la Caddy, manejó por un bosquecito muy frondoso y a unos 170 metros de su casa la dejó entre pinos bajos y cipreses tras ponerle el cobertor, algunas ramas y pintarla para camuflarla.

Julio Venegas

-> Denuncia e investigación

Sin noticias de Venegas, su familia y sus amigos se encargaron de radicar la denuncia. La esposa llamó a Jorajauria, incluso también lo hizo un hermanastro, y finalmente cuando lo llamó la Policía, el Yuyo repitió que no sabía nada y agregó que por ahí se había escapado en alguna aventura.

La fiscal Sandra González Taboada junto con los efectivos de Seguridad Personal se pusieron de lleno a trabajar en el caso, pero había muy pocos elementos para rastrear a un hombre tan metódico.

Fue así que pidieron el reporte de comunicaciones de Venegas y allí saltó el número de Jorajauria. A esto se sumó que tenían un negocio y lo poco preocupado que se lo escuchaba al Yuyo tras la desaparición de su amigo.

De inmediato se pusieron a trabajar en las comunicaciones y así fue que descubrieron que el Yuyo, su amigo de 20 años, había estado en Neuquén la tarde noche del 6 de octubre, el día de la desaparición de Venegas.

“Creíamos que lo podría haber matado en la zona limítrofe de Neuquén-Plottier, por lo que se supuso que se habían deshecho del cuerpo antes de Arroyito para evitar los controles. Se hizo todo un rastrillaje en el que participaron amigos y familiares de la víctima. Incluso se hicieron marchas reclamando la aparición con vida”, recordó el investigador.

En paralelo a los rastrillajes, se continuó trabajando con los cruces de llamadas y de antenas, lo que permitió identificar el trayecto realizado y también el celular de Bo, con el que mantuvo nueve llamadas camino a Bariloche.

A los investigadores todo esto les hacía ruido, por lo que remitieron una comisión de cuatro policías a la localidad cordillerana rionegrina para indagar un poco más.

“Desde un primer momento, la Comisaría 12 de El Bolsón nos colaboró con todo lo que hacía falta”, reveló una fuente del caso, que recordó que al otro día arribaron la fiscal y más efectivos, que se acomodaron en unas cabañas en Lago Puelo, pero el centro de operaciones era la Comisaría 12.

“Con esos pocos elementos que teníamos (el 8 de noviembre), logramos gracias a la fiscal que nos habilitaran tres allanamientos. A Jorajauria lo encontramos en la casa de la amante, después en su casa secuestramos armas, entre ellas la Amadeo Rossi, muchos cuchillos de caza, revistas de guerrilla y descubrimos un predio de entrenamiento de unos 50 metros que tenía blancos fijos y móviles”, recordó otro investigador que participó de las pesquisas.

A Bo no lo encontraron en la casa, pero le secuestraron el Renault 18 que luego fue trasladado en una camilla a Neuquén para una requisa. Además, tenía una carabina calibre 22.

No obstante, la esposa de Bo reveló que se había ido a La Plata en colectivo para volver con el padre y sus hermanos en un camión para llevarse todo e irse de El Bolsón porque estaban aterrorizados.

En la Ruta 237, a la altura de El Chocón, fue detenido el colectivo y varios efectivos armados subieron y procedieron a detenerlo.

Julio Venegas

-> Llamada clave y quiebre

Después de la ardua jornada de allanamientos del 8 de noviembre, los pesquisas y la fiscal se fueron a dormir, pero no por mucho tiempo. Una llamada a la Comisaría 12 advirtió: “Buscaron mal, la camioneta está más atrás en el predio de Jorajauria”. Era la voz de una mujer.

A primera hora de la mañana, con Taboada a la cabeza, todo el grupo de Seguridad Personal volvió a la chacra y revisaron todo hasta que finalmente encontraron la VW Caddy camuflada.

Jorajauria, indignado, dijo que se la habían plantado Bo o la Policía, pero los peritos comprobaron que no había signos recientes de aplastamiento de vegetación y que el pasto delante y detrás de cada rueda estaba crecido. Es decir, el vehículo estaba ahí desde hacía tiempo.

Las pruebas comenzaban a darle forma a la historia, las coartadas se desvanecían y Jorajauria estaba cada vez más nervioso.

Un camión tipo frigorífico trasladó la Caddy a Neuquén para ser peritada y conservar todas las pruebas en forma eficaz.

En paralelo, la amante del Yuyo, que había dicho que esa noche estuvo con él, pidió volver a declarar y confesó: “Él me dijo que no tenía nada que ver, pero si alguien venía preguntando, ‘Cosita, decí que esa noche estuve con vos’”.

Pero un dato clave fue el que aportó Andrés Bo, que no soportó la detención y en menos de 48 horas decidió declarar en forma espontánea.

Quebrado y con temor al asesino, contó todo lo ocurrido y hasta acompañó a los pesquisas al lugar donde Jorajauria había arrojado el cuerpo de Venegas.

En la Pampa del Toro, el Yuyo esperaba que los chanchos jabalíes y otros animales predadores hubieran desaparecido el cuerpo del comerciante en cuestión de días, pero el clima le jugó una mala pasada. Nevó y neviscó durante varios días, y el cadáver quedó descubierto. Así, los pesquisas, acompañados por el médico forense Carlos Losada, encontraron el 14 de noviembre de 2006 el cuerpo casi intacto y con unos pocos ataques de animales que no afectaron las lesiones que provocaron los proyectiles. De hecho, recuperaron tres proyectiles durante la autopsia y se logró establecer que la data de muerte fue el mismo día de la desaparición.

Detrás de esa fecha, la defensa de Jorajauria tenía la esperanza de poder correr la escena del crimen de Neuquén a Río Negro, pero el ardid no funcionó.

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-> Juicio, careo y mentiras

Al juicio, Jorajauria llegó acusado de homicidio calificado por alevosía, mientras que Bo cargaba con la figura de encubrimiento agravado. El debate se realizó el 4, 5 y 6 de diciembre de 2007 y el 13, casi una semana después, los jueces José Andrada, Emilio Castro y Héctor Dedominichi dieron a conocer la sentencia.

Durante el debate, el tribunal pudo cotejar que la reconstrucción realizada del crimen de Venegas, hecha en conjunto por la fiscalía, los investigadores y científicos, era correcta.

Respecto de los imputados, fueron enfrentados a un careo.

Ambos, sentados frente a frente, delante de los magistrados, volvieron a repetir cada uno su historia, pero la única creíble era la de Bo, que todavía temía por la suerte que pudiera correr: terminar preso por un favor y compartiendo pabellón con un hombre que era capaz de asesinarlo.

Todo comunica, incluso la intención de no comunicar está comunicando. De ahí que cada vez que se toma una testimonial, se debe no solo escuchar sino observar todos los gestos porque lo paraverbal puede estar aportando información esencial.

Cabe destacar que los jueces hicieron esta tarea y en la sentencia brindaron un análisis paralingüístico de las declaraciones de ambos, donde destacaron: “Jorajauria declaró con completo distanciamiento de los hechos, monocordemente, tomándose su tiempo antes de responder preguntas que podía entender comprometedoras, por momentos a la defensiva, y en general más preocupado por transferir culpas al otro acusado, a la propia víctima y a otras personas, que en convencer sobre su inocencia”.

De Bo señalaron: “La declaración del restante enjuiciado fue, por el contrario, mucho más espontánea y comprometida, menos estructurada y con abundancia de detalles, y centrada exclusivamente en aclarar y hacer comprender su situación por momentos con vehemencia, siempre buscando la mejor palabra que pudiese expresar sus sentimientos”.

Incluso, dejaron claro que Bo declaró el 11 de noviembre de 2006, a las 48 horas de quedar detenido. Pero Jorajauria lo hizo cuatro meses después y, como ya mencionamos, hizo una declaración espejo a la de su vecino, a quien quiso dejar pegado en el crimen.

Finalmente, los jueces resolvieron la absolución de Bo por considerar que no tuvo una conducta activa en el hecho y que cayó más por temor que por complicidad. En cuanto a Jorajauria, lo encontraron culpable de homicidio y le dictaron 20 años de prisión.

Durante su paso por la Unidad Penal 11, Jorajauria estuvo estudiando, promovió el pabellón universitario, con la progresividad de la pena que establece la ley 24660 y su buena conducta obtuvo salidas transitorias para ir a la universidad y en la actualidad está en libertad condicional viviendo en la zona del Alto Valle de Río Negro. Con su familia de El Bolsón, su ex y cuatro hijas, hace varios años que ya no mantiene contacto.

Julio Venegas

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