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Eduardo Camilo Alizeri: maestro representante de las oleadas pedagógicas que arribaron al Neuquén

Maestro de la Escuela 15 de El Huecú, de la Escuela 132 Granja Hogar. Fue integrante del Club Hípico y Tradicionalista de Neuquén, realizó múltiples actividades para la sociedad neuquina, fue distinguido muchas veces. Tuvo el recordado comercio Casa T. y A. que fue continuado por hija y nietos.

Los maestros egresados de las escuelas normales fueron arribando a la Norpatagonia para dar clases, en su mayoría, en el interior de los territorios de la Norpatagonia, se desempeñaron en las “escuelas rancho” donde la dura tarea cotidiana los forjaba con un temple de firmeza por el cumplimiento con el deber asumido.

Fueron una generación de maestros que ejercían el apostolado de la enseñanza: en el área rural las tareas de asistente social, médico, psicólogo para los alumnos, siempre con una sonrisa en sus labios.

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Eduardo tuvo una vida colmada de actividades con las que, desde su hombría y humildad, supo ganarse el recuerdo de todos aquellos que tuvimos el honor de conocerlo (en mi caso, por su amistad con nuestro padre) en el Neuquén de ayer.

Su abuelo, italiano de origen, había llegado al país a ejercer su oficio de zapatero y con sus ganancias logró edificar unas casas para su prolífica familia, en Mercedes, provincia de Buenos Aires.

Nació en esa ciudad el 17 de julio de 1912. Estudió para Maestro Normal Nacional y, con su título sin estrenar, partió hacia nuestras tierras en 1935. Tomó el tren a Buenos Aires y al día siguiente partió en el Ferrocarril del Sud hasta Zapala, donde comenzó a tomar conciencia de la distancia con su pueblo natal y los rigores del tiempo ventoso y frío, para ocupar el cargo de maestro en el interior del territorio, en El Huecú: escuela Nª 16. Allí llegó con “saco, corbata, camisa con cuello almidonado y zapatos de charol. Su aspecto pulcro resultó la contracara de la presentación pobre, casi harapienta, que tenía el grupo de paisanos que lo recibió frente al derruido edificio de la oficina de Correos” relató Ricardo Villar en 1992 con la pluma impecable que lo caracteriza. Realmente se impresionó por la soledad, y estuvo a punto de volverse, pero los lugareños lo convencieron y allí se quedó.

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En 1936 se casó con doña Rosalía E. Borgarelli, con la que estuvieron sesenta años unidos, y fue la compañera de travesía docente en estos lugares tan inhóspitos del territorio. Tuvieron dos hijas, que viven hoy en Neuquén y recuerdan a sus padres con admiración por la labor realizada en pro de la futura provincia. Más adelante fue trasladado a Las Lajas, luego a la escuela Nº 101 de Colonia Valentina, luego a la 102, a la escuela del maestro Valls, hasta que la pareja se afincó en la 132, el entonces colegio “Granja Hogar” para niños mapuches. Debido a las gestiones realizadas ante el gobierno central, se donó el terreno donde se construyó la escuela.

En este establecimiento se jubiló en 1960.

Casa T y A 1957-2007

Este comercio, pionero en este rubro, fue soñado, ideado y concretado por dos hombres visionarios que se afincaron en la región: don Juan Tognozzi y Eduardo Alizeri.

Inauguraron el 24 de diciembre de 1957 en Roca al 280. El nombre se formó con las iniciales de sus dos socios. La hija de Eduardo, hija Yayú recuerda – hace años cuando realizamos la entrevista- que “en la primera etapa del negocio existieron distintas secciones de venta en un amplio local: secciones de banderines, cerámica, regalos, bazar, botones, librería y juguetes. Aún no existía el rubro ‘regionales’, no se explotaba en esa época”.

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En 1967 se inauguró el segundo local de Casa T y A, en Avenida Argentina 257, en la antigua Galería Española. Junto con la Librería Siringa fueron sus primeros inquilinos. Este nuevo local fue inaugurado por el matrimonio de Rosalía y Eduardo junto a su yerno Rolando Chiarotto, esposo de Yayú, que pasó a formar parte de la firma junto con su familia debido a que se retiró el Sr. Tognozzi.

En esta nueva dirección, la Casa T y A comenzó una etapa exitosa de trabajo con una gran ampliación del sector juguetería: ocuparon un lugar importante en la ciudad. Además, cabe destacar que ampliaron el sector de útiles escolares y de a poco se fueron implantando los “artículos regionales” para convertirse, hoy, en el puntal del negocio que lo llevó a transformarse en un pionero en el rubro y uno de los más prestigiosos y surtidos de la ciudad.

En 1990 se remodeló el comercio y, fallecido Rolando Chiarotto, continuaron al frente Yayú y sus dos hijos, Carlos y Gabriela: de esta manera se fortaleció la empresa familiar. En ese año se remodeló y se intensificó la venta del rubro regionales: vendían todas las variedades posibles de productos y artículos. Un boom fue cuando empezaron la venta de comestibles de la zona: ciervo, jabalí, chocolatería, dulces, licores, vinos.

La última remodelación se realizó en 2006: cambiaron toda la estructura del viejo negocio para dejarla como es hoy actualmente.

“Desde el negocio éramos verdaderos guías turísticos”, relata Yayú al recordar a don Eduardo: “Hemos llevado a turistas a conocer, en el auto de mi padre, la ciudad”. Recuerda que su padre siempre decía que “Neuquén era una ciudad receptora de gente, por ello es que debemos buscar un lugar para abrir el negocio en donde pase la gente y nos vea”. De allí la apertura en la Avenida Argentina al 257, en la Galería Española.

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Una anécdota para aquellos que no conocieron ese Neuquén y que los “nyc” entendemos, como me pasó con Yayú al rememorarlo: “Al principio, alrededor de la década del ’60, vivimos en calle Carlos H. Rodríguez 216. Luego mi padre compró en calle Belgrano 454 el terreno donde edificó la casa, y no queríamos ir porque nos parecía lejos, enfrente de la calle Belgrano ¡Eran bardas!”.

Terminamos esa reunión pletórica de recuerdos y de emoción, llevada a cabo hace unos años, con las palabras de Yayú: “Tenemos la satisfacción de haber servido a los neuquinos y turistas por muchos años, con el reconocimiento permanente de quienes visitaron Casa T y A”.

Fundador del Centro Filatélico de Neuquén y Río Negro

Don Eduardo representó la pasión de un coleccionista entusiasta y tenía toda la experiencia de haberse iniciado desde muy pequeño. Atesoraba estampillas y las clasificaba por temas: flora, fauna, historia, geografía, ciencia, aeronáutica, etc, pero, a su entender, debían ser de todos los países para conocer y aprender.

El centro filatélico llegó a tener 350 socios, que se reunían en el salón de Belgrano 454 de la ciudad todos los domingos a la mañana.

Según Eduardo, las herramientas usadas por los coleccionistas debían ser el odontómetro, instrumento que servía para medir los dentados, la pinza para alzar los sellos, que no deben manejarse con los dedos pues quedan las huellas digitales, la lupa, el buscafiligrama y la lámpara de cuarzo.

También relataba la pena de no conseguir más sellos postales a partir de la instrumentación de la “maquinita” para despachar la correspondencia. Coleccionaba de tres países: Argentina, Chile y Taiwán “por su belleza y excelente calidad”.

Múltiples actividades signaron su prolífica vida

Fue locutor: estuvo vinculado a las emisoras regionales LU5 y LU19. Integró numerosas comisiones en entidades culturales, sociales y deportivas. Fue autor de varios libros que nos muestran su alma de docente: Consideraciones y Experiencias de un maestro, Maestros...solo maestros, Buen humor neuquino.

Integró el Club Hípico y Tradicionalista de Neuquén, entre los que estaba mi padre, Segundo Faustino Chávez. De niñas bailábamos folklore en el monumento al General San Martín.

Distinciones recibidas

Socio Vitalicio del Club Independiente, Diploma del Concejo Deliberante por su actividad como concejal en 1954, diploma por el desarrollo de sus actividades folklóricas: fue declarado “Ciudadano Patagónico”, “Pionero neuquino”, y mucho más por sus actividades de escritor.

Póstumos:

Plaqueta Educador Patagónico UNC - 1999. Facultad de Ciencias de la Educación.

Medalla Personaje de mi Ciudad. 1999 - Municipalidad neuquina.

Hoy lo homenajeamos por su gran labor de maestro ejercida en estas tierras que tanto amó, cuidó y que eligió, que lo honra y lo evoca constantemente, como si él lo hubiera predeterminado en uno de sus libros: Recuerdos del Neuquén, para no olvidar.

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