Juran quienes están en tema, que el particular y polémico sistema sirvió para mejorar las inferiores, que dieron un cambio favorable de 180 grados. “Era un desastre antes. Muchos clubes ni se presentaban y a partir de este formato son una maravilla”, pondera en off uno de los dirigentes de mayor renombre y reputación de la región.
“Todos los clubes levantan la mano para aprobarlo y después se quejan”, esgrimió hace unos días a LMN el titular de Lifune, Luis Sánchez, quien a la vez destacó que gracias al buen funcionamiento del semillero, la región está nutriendo de jóvenes talentos al fútbol grande de la Argentina como nunca antes en la historia.
La idea que defienden consiste en que la tabla general, que abarca los resultados de la división mayor y los de la Reserva y varias categorías menores, determine los ascensos y descensos de Primera. Con este reglamento actual, los certámenes principales se ven condicionados por lo que suceda con los pibes, chicos que a la vez cargan con una responsabilidad demasiado grande.
Don Bosco dio la vuelta y descendió. Añelo fue campeón y no sube. Pero el sistema, dicen, potenció las inferiores.
El método siempre dio que hablar y generó voces a favor y en contra, pero esta vez lo que le otorgó mayor trascendencia fue el destino insólito que tuvieron los mejores equipos del segundo semestre.
El campeón de la A, Don Bosco, cortó una sequía de 15 años, pero descendió. Y el que dio la vuelta en la B, Añelo, no ascendió. Muy raro, tal vez directo al “Guinnes futbolero”. Dirán que el espíritu, el fin de este formato, es promover el cuidado y respeto por las inferiores, que son la base de todo. Para sacarse el sombrero con esa parte. Pero por suerte el propio Sánchez prometió algunos retoques para 2019. Así evitarán el costado insólito y ya no habrá campeones castigados.


