El Alvear, un kiosco familiar de 51 años

Está ubicado en pleno centro de la ciudad.

Georgina Gonzáles

gonzalesg@lmneuquen.com.ar

Neuquén.- El kiosco Alvear, ubicado sobre el bulevar del mismo nombre y a pocos metros del monumento a San Martín, es un paso obligado por políticos, policías, docentes, estudiantes, músicos, taxistas y cientos de vecinos de la ciudad. Hoy este comercio festeja sus 51 años.Los clientes del Alvear son atendidos por sus propios dueños. En un comienzo fue el abuelo, luego los padres y ahora también los hijos. Toda una familia dedicada por cinco décadas a atender este comercio que está abierto casi las 24 horas, todos los días.

Dina Manestar y sus hijos Darío y Gastón están al mando del mostrador del kiosco y, por las noches, su primo Roberto. “Muchos clientes se convirtieron en clientes amigos”, dijo la mujer de 70 años. Aseguró que la gente pasa y se queda a charlar, comparten anécdotas y situaciones familiares. “La verdad que hay momentos gratificantes. Vienen mis clientes de hace años con sus hijos y nietos. Los hemos visto crecer a todos. Encontrarse con gente que se convirtió en amiga te llena de energía”, comentó.

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Actualmente la venta de golosinas, cigarrillos y gaseosas es lo que prevalece, aunque la principal función de este kiosco es la de ofrecer revistas y diarios. Y así lo hicieron desde que Neuquén era un pueblo.

“Muchas veces oficiamos de guías turísticos, preguntan los lugares para pasear o dónde comer”.Dina Manestar, Propietaria del kiosco Alvear

Contó que el kiosco “había sido primero de mi suegro y cuando yo andaba de novia con el padre de mis hijos venía a atender un rato. Luego Ubaldo ‘Tito’ Arcas lo atendió y nuestros hijos siempre nos ayudaron”, relató.

Por los años 80, Tito y Dina andaban todo el día en el kiosco con sus hijos. Darío, Gastón, Marcos y Cristian. “Antes el diario de Neuquén se imprimía en Buenos Aires, entonces todos los días había que ir a buscarlos al aeropuerto, y mis hijos venían en la camioneta armándolos”, recordó.

Aquel escenario de una ciudad más pequeña y tranquila permitió que toda la familia se juntara a pasar la Nochebuena en el propio kiosco. Hasta allí llegaban las demás familias de los otros comercios céntricos. “No sé hasta cuándo voy a seguir trabajando. Mis hijos dicen que soy el sostén del kiosco. Pero en realidad para mí ellos y este trabajo me sostienen”, expresó Dina.

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