El cementerio de la peste: el gran misterio escondido

Está ubicado cerca de Varvarco. Nació durante una epidemia.

Por Mario Cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

Nadie sabe bien cuántas tumbas son. Se cree que puede haber unas treinta, tal vez un poco más. Muchas cruces no sobrevivieron al paso del tiempo, y las que quedaron reflejan la humildad y la simpleza de quienes las colocaron en ese lugar mágico y hermoso, cargado de misterio.

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Los lugareños lo llaman “el cementerio de la peste” porque a la gran mayoría de los que allí enterraron fueron víctimas de una epidemia. Algunos dicen que fue la fiebre amarilla, otros la viruela, también están los que nombran a la temible fiebre tifoidea. Cualquiera de las enfermedades pudo haber sido. Para la época, algunas más letales que otras, pero todas causaron ese miedo colectivo paralizante tan típico de las pestes.

El cementerio está ubicado en Los Bolillos, una formación rocosa situada cerca del paraje La Matancilla y que descansa sobre el valle del río Varvarco, en el Área Natural Protegida Domuyo, una de las bellezas del norte neuquino.

Se trata de unas elevaciones con forma de conos, de unos 10 metros de altura, erosionadas por el viento y la lluvia durante miles de años, que emergen de la tierra y que guardan relatos y secretos de quienes poblaron ese rincón de la cordillera desde tiempos inmemoriales. El cementerio es uno de ellos.

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Se cree que ese lugar fue utilizado por primera vez para enterrar a los muertos en la primavera de 1937, durante el brote de una enfermedad. Para enterrar a sus muertos, los pobladores siempre utilizaban cementerio de Pichi Ñire, que estaba ubicado del otro lado del río. Pero en ese mes de septiembre, con el deshielo que llegaba de las montañas, el caudal del Varvarco se volvió incontrolable, por lo que era imposible cruzarlo, ni siquiera en las zonas más bajas. Y así fue como decidieron utilizar uno alternativo dentro de un grupo de las formaciones de arena volcánica que también se conocen como Los Monjes.

Hasta el lugar fueron con mulas de tiro y los cuerpos de sus familiares cruzados sobre el lomo de los animales. Para ingresar aprovecharon una grieta que hay en las paredes, y en el medio de una pequeña cueva natural sin techo cavaron las primeras tumbas y les colocaron las improvisadas cruces de madera. No fueron muchas, pero con el correr de los años se sumaron otras. “En ese tiempo moría mucha gente; fue como el COVID-19”, explica el intendente de Varvarco, Gastón Fuentes. Para él, la enfermedad que generó estragos entre los habitantes de toda la región fue la fiebre tifoidea. Dice que el lugar fue elegido a propósito, para que el cementerio estuviera bien aislado debido a que la fiebre era muy contagiosa.

Por aquellas épocas, cualquier epidemia, por menos peligrosa que fuera, tenía altos índices de mortalidad. No había hospitales y para brindar el servicio de salud apenas existían algunas postas sanitarias. Las vacunas que había para algunas enfermedades no llegaban con tanta facilidad debido a las distancias, y los protocolos de prevención e higiene eran difíciles de hacer cumplir entre miles de personas que prácticamente no tenían educación.

Los brotes de gripe, sarampión, escarlatina o coqueluche, entre otros padecimientos, diezmaban a familias y pequeñas poblaciones libradas a su suerte, aisladas de todo.

Con el paso del tiempo, el cementerio de Los Bolillos se convirtió en una leyenda tan popular en el norte neuquino, que en la década del 70 el cineasta Carlos Procopiuk realizó un documental llamado El pozo de las visiones, en el que contaba tres historias de la región. Una de ellas fue la de aquel lugar misterioso.

“Dicen que aquí la muerte visitó muchos hogares campesinos. Lo hizo bajo la forma de una peste de viruela”, relata el actor neuquino Darío Altomaro en la apertura del cortometraje, en el que participaron como extras muchos vecinos de la región. En esa película se hizo la dramatización de la muerte de una persona y el cortejo fúnebre que realizaron sus familiares hasta las formaciones rocosas donde se celebró una ceremonia religiosa y el entierro del ser querido.

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Crédito: Osvaldo Sergio Gagliardi.

Crédito: Osvaldo Sergio Gagliardi.

En el cierre del film, Altomaro dice que el cementerio es una “leyenda del pasado, un lugar de paz donde los muertos por la peste duermen su sueño”.

Pudo haber sido la viruela, la fiebre tifoidea o, como sostienen los lugareños, la fiebre amarilla. O probablemente las tres juntas en distintos momentos.

Cuántas personas fueron sepultadas y en qué espacio de tiempo es otra de las preguntas difíciles de responder.

Lo cierto es que el cementerio de Los Bolillos guarda el secreto entre sus paredes milenarias, alimentando las historias más misteriosas y generando ese especial magnetismo por su belleza natural.

Cada tanto, como en los actuales tiempos de pandemia, la leyenda revive y vuelve a estar presente como en aquellas épocas remotas cargadas de miedo, tristeza y muerte.

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