Por Fabián Cares
Mariano Moreno > Entre tejos y mates, Andrés Salomón Muñoz, más conocido como el “Chavo”, cada tarde sale al escenario de la vida y practica esta disciplina que día a día gana más adeptos en Mariano Moreno. El umbral de juego son las dos canchas de tejo que están emplazadas en la Plaza RIM 10, construidas con esfuerzo por él mismo y el apoyo de un grupo de amigos que encontraron en este deporte un medio de recreación y un lugar para compartir experiencias de vida.
El hombre del tejo, como se lo conoce en la localidad, cuenta que la vida determinó su nacimiento en San Juan, y allá por el año 1968 llegó a la provincia de Neuquén a trabajar en un emprendimiento minero de Bentonita, en Cerro Bandera. Más tarde, con cucharas y baldes, trabajó en la construcción de viviendas en Zapala y posteriormente en Mariano Moreno. En este último lugar le dio vida a las 47 viviendas, uno de los barrios emblemáticos del pueblo. Una vez concluida la obra, se aquerenció y decidió radicarse en la localidad. Luego, al crearse la Misión Monotécnica N° 8 ingresó como docente en la materia de albañilería, una profesión que siempre lo acompañó.
Se jubiló y comenzó a tener una activa vida social. De esta manera, llegó a conocer los secretos del juego del tejo y decidió replicar sus conocimientos y enseñarles a todos aquellos que quisieran. Así nacieron las dos canchas en la plaza, donde cada tarde todos los que quieran vivir la experiencia se animan a tirar los tejos.
“Estoy feliz porque cada tarde veo a chicos y grandes practicando el tejo y me emociona saber que el lugar funciona como un sitio de contención y recreación para ellos”, comenta. El entretenimiento, la amistad y el deporte se conjugan cada tarde en la “placita de arriba”, como se conoce al lugar.
Su intención y la de sus amigos es conformar una comisión para obtener su propia personería jurídica y de esa manera conseguir fondos que le permitan llevar adelante la actividad de la mejor manera, ya que al momento todo es costeado por sus propios bolsillos.
El grupo encabezado por el Chavo anunció que en breve realizará un campeonato de tejo y además que, como siempre, están dispuestos a echarles una mano solidaria a todos los que la necesitan.
Juntando centavos
Andrés nació el 5 de agosto de 1941 en el pequeño pueblo minero de Tudcum, enclavado en el departamento Iglesia, en la provincia de San Juan. “Es un pueblo muy chico donde antiguamente se vivía de la minería y de lo que la gente plantaba”, explica. Allí y por esas cosas de la vida, en las que el destino muchas veces se empeña en poner en el camino escollos que marcan a una persona para toda la vida, el Chavo a temprana edad sufrió el abandono de sus padres.
Sus abuelos Pantaleón Muñoz y Amalia Campos lo acogieron en su seno y le dieron el calor de familia y el amor de “padres del corazón”. “La vida era difícil antes, yo empecé a trabajar a los 8 años como pastor de ovejas y recuerdo que tenía un jornal de 60 centavos. Apenas cobraba le daba todo a mis abuelos y ellos me daban 5 centavos., y con eso compraba golosinas y me sentía feliz”, dice el hombre, con un poco de nostalgia, ya que con esos centavos ayudaban en la economía familiar.
A medida que pasaron los años, junto a su abuela le tocó despedir a su abuelo de este mundo. A los 17 años sintió la cruel soledad y la incertidumbre de cómo seguir en el camino de la vida al momento de experimentar la muerte de su querida “mamá del corazón”. Su abuela se había ido a vivir la vida eterna junto a Pantaleón. Como si hubiera sido un pacto, a partir de esos momentos decidió desplegar las alas de su juventud y emprender vuelo para otros lares.
Su verdadera madre en esos momentos era una perfecta extraña en su vida. El primer destino de su vuelo, y por gestiones de un amigo ingeniero (José Emilio Negro), fue Cerro Bandera. “Llegué un 30 de marzo de 1968, pero no me acostumbraba al frío y a los tres meses me volví a mis pagos. El ingeniero me fue a buscar de nuevo y volví a Neuquén para jamás regresar a mi pueblo”, cuenta.
En 1974 se fue a Cutral Co y allí vivió de las changas que hacía en YPF. En 1979 llega a trabajar en la construcción del mítico barrio zapalino de las 580 Viviendas y un 7 de enero de 1980 la localidad de Mariano Moreno ve aparecer al Chavo con sus herramientas para darle forma y vida al barrio de las 47 Viviendas, un lugar compuesto por dúplex y cuya fisonomía arquitectónica es único en la provincia.
Así comenzó a desempeñarse como albañil hasta que le llegó la oportunidad de trabajar en educación, donde finalmente unos años atrás se acogió a los beneficios de la jubilación.
El Chavo recuerda que mientras construían las viviendas en Zapala, el Flaco Peña de Allen, al verlo todos los días con el clásico gorro con orejeras que usaba el legendario “Chavo del 8” y por su parecido físico, le puso el apodo con el cual hoy todo el pueblo lo conoce. “La mayoría no sabe mi verdadero nombre, para todos soy simplemente el Chavo”, se sonríe.
Cuenta además que casi lleva la mitad de su vida viviendo en este pueblo, por lo que se siente muy neuquino, aunque no olvida sus raíces sanjuaninas. “Amo la tranquilidad del lugar y sobre todo la cordialidad de su gente. El pueblo me dio mucho, por eso hoy humildemente con el juego del tejo le quiero devolver en parte todas las bendiciones recibidas”, enfatiza.


