El sachet que despertó una historia: el jugo Cipolletti, ícono de la memoria del Alto Valle
Un envase olvidado en una vinoteca activó el recuerdo de una marca que fue símbolo de innovación, orgullo regional y una época irrepetible en el Alto Valle.
Todo empezó casi por casualidad. Un día entré a comprar vino a La Vinoteca, en la calle Alem de Cipolletti, y algo me llamó la atención: un par de etiquetas antiguas, prolijamente enmarcadas en la pared, y sobre una heladera, como olvidado en el tiempo, un sachet de jugo Cipolletti de manzana verde. Estaba decolorado, gastado, pero intacto en su poder evocador.
Le pregunté a Rodrigo, el dueño, si podía verlo de cerca. Apenas lo tuve en las manos, la nostalgia me atravesó de lleno. Ese gesto simple fue el disparador. Ahí nació la necesidad de ir a buscar respuestas, de reconstruir una historia que siempre estuvo rodeada de versiones incompletas y silencios.
Desde su lanzamiento en la década del 70, el jugo Cipolletti marcó un antes y un después en la industria argentina de bebidas. Su recorrido —hecho de momentos de euforia, tropiezos, innovación y melancolía— es también el reflejo de una época en la que la calidad y la audacia se combinaban para crear productos con identidad.
En pleno corazón de la ciudad, sobre la calle Tres Arroyos, funcionaba Industrias Cipolletti. Primero fue una modesta elaboradora de sidra; después, el lugar donde nació un jugo de manzana que se convertiría en ícono de la Patagonia y del país entero.
Los galpones de la empresa estaban lindantes al frigorífico Fadec, que el 24 de agosto de 1974 quedó destruido por una explosión provocada por un escape de gas. Esa noche, mientras Boca y River jugaban su clásico y Cipolletti estaba sumida en un apagón total, la tragedia se cobró la vida de varios integrantes de una familia que vivía allí y de un trabajador del lugar.
El impacto también afectó a Industrias Cipolletti: el techo de uno de sus galpones quedó seriamente dañado. A partir de ese episodio, sus responsables decidieron reparar las instalaciones y redoblar la apuesta por la producción de jugos. El contexto internacional ayudaba: Estados Unidos miraba con interés ese jugo frutal que se producía en el Alto Valle.
Marcelo Hirsch, director ejecutivo de Industrias Cipolletti, recuerda que la fábrica nació como sidrera: “Llegado un momento, las ventas no funcionaban. Lo nuevo era usar la misma manzana con la que se hacía sidra para elaborar jugo concentrado y exportarlo. La sidra se vendía en el mercado interno; el jugo era cien por ciento exportación. Mercado interno no había”.
El proyecto reunió a empresarios y productores locales vinculados a cooperativas, chacras y galpones de empaque como Gato Negro, Gasparri, Frigorífico Cipolletti, Moño Azul y Tres Ases, entre otros. Apostaron al jugo concentrado con una ventaja clave: abundancia de fruta de descarte y respaldo financiero de los bancos de Río Negro y Neuquén. Aun así, competían con dos jugadores fuertes: Orfiva, en Plottier, y Zumos Argentinos, en Cinco Saltos, de capital alemán.
“El proyecto arranca con un jugo que valía ocho dólares el galón. La primera producción la terminamos vendiendo a dos con treinta”, recuerda Hirsch. “La compra un tal Julio Galo, que según cuentan, tenía veinte teléfonos: uno del gobierno, otro de la bolsa, otro vaya a saber de qué. Arrancamos mal. Después, en el 78, Martínez de Hoz mete la tablita, donde ochenta centavos era un dólar, y ahí Industrias Cipolletti pierde hasta las ganas de comer. Todo lo que era fruta daba pérdida”.
Durante esos años, la disponibilidad de fruta permitía abastecer hasta trece jugueras en simultáneo. Pero el mercado se saturó rápido y las dificultades de comercialización empujaron a la empresa a una decisión clave: necesitaban diferenciarse.
1984 El año de la transformación
En 1984 llegó el punto de inflexión. Industrias Cipolletti decidió apostar al consumo masivo e invirtió en maquinaria alemana de última generación para mejorar la extracción del jugo y conservar el perfil aromático de la fruta. El producto estaba listo. Faltaban la marca y la estrategia.
Ernesto Bassi, presidente del directorio, recuerda ese proceso como una construcción conjunta: “Contratamos a Henderson y Antelme. Nos llevaron a Buenos Aires y nos mostraron cinco o seis biblioratos llenos de marcas para comprar. Había nombres rarísimos. En un momento, cansados, nos preguntan: ‘Si ustedes venden en Estados Unidos, ¿cómo lo llaman allá?’. Cipolletti, les dije. ‘Entonces esa es la marca’. En esa época todavía se podía registrar una marca con el nombre del lugar. Mientras tanto, con Ginóbili, el ingeniero químico, buscábamos un envase que no implicara una inversión gigante”.
Así nació el jugo Cipolletti en su envase más recordado: el Doypack, un sachet laminado de aluminio traído desde Francia, práctico, moderno y visualmente disruptivo. La bolsita plateada quedó grabada en la memoria colectiva.
Con sabores de manzana roja y verde —y una versión de pera que no prosperó, aunque muchos la recuerdan como exquisita—, el jugo se ganó al público. En 1989, la marca recibió el Clio Award, uno de los premios internacionales más prestigiosos de la publicidad.
Alfio Macari, director creativo de Henderson Antelme durante una década, guarda recuerdos singulares: “Teníamos un comercial guardado en un cajón que después se volvió famoso porque actuaba Karina Rabolini, antes de ser conocida. Hoy sería impensable. El concepto era la tentación. Nunca salió al aire porque Cipolletti no lo necesitó”.
Aunque económicamente no fue un gran negocio para la agencia, el prestigio que les dio la marca fue enorme. Macari también recuerda la transición al Tetra Pak y un detalle fascinante: las fotos originales de las manzanas, tomadas por el fotógrafo Vladimiro Borecki, se guardaban en una caja de seguridad en el Banco de Canadá. Eran intocables.
El auge y el principio del fin
Durante los 80 y 90, el jugo Cipolletti creció con una red de distribución sólida. Primero con Mendizábal, luego con Terrabusi. La demanda obligó a ampliar turnos y contratar más personal. La ingeniera química Mónica Napoli, a cargo del control de calidad, es contundente: “Después de Cipolletti no hubo en el mercado un jugo con esas características organolépticas”.
Pero el contexto económico empezó a jugar en contra. Las promociones industriales del gobierno de Alfonsín beneficiaron a pocas empresas y terminaron concentrando el sector. En 1994, las dificultades financieras llevaron a vender el 25% de las acciones al grupo Peñaflor.
Con ese movimiento llegó el quiebre: cambios de fórmula, traslado de la producción a Mendoza y la eliminación del Doypack. El jugo perdió su identidad patagónica y el vínculo emocional con el público.
En 2004, el golpe final: Coca-Cola compró varias marcas de jugos, entre ellas Cipolletti. El sueño rionegrino quedó definitivamente enterrado.
Hoy, la marca pertenece a la multinacional. El jugo ya no está en las góndolas como antes, ni sabe igual en la memoria.
Bonus track
Quedan pocos registros de aquella época. Entre ellos, un gesto hermoso: Gonzalo y Santiago Zarba, cipoleños radicados en Buenos Aires, crearon la marca textil CHACRA.
Entre sus diseños, uno se mantiene intacto en el tiempo: la portada del jugo Cipolletti. Una remera que conecta con el pueblo y devuelve, aunque sea por un instante, el recuerdo de aquel juguito inolvidable.
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