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El criancero que aprendió a escribir su nombre a los 63 años

Hace tres semanas comenzó un plan de alfabetización para adultos en Los Carrizos. Una historia de superación.

En la vida, las ganas de superación no saben de tiempos ni fronteras. Solo suceden en el momento justo y apropiado. Ni antes, ni después. A Luis Arturo Herrera, “don Lucho” para todos, le llegaron y se concretaron en el umbral de sus 63 años de existencia. Es así que esas manos que tantas veces le ayudaron a ganarse la vida, hoy tienen la “bendita y sagrada posibilidad” de ganarse la dignidad que el destino esquivo le había pisoteado tantas veces.

Hoy esas manos curtidas por el tiempo y por el rudo trabajo de campo le dan la posibilidad de realizar trazos sobre las hojas de un cuaderno que, cual espejo, le devuelven su nombre y apellido escrito con humilde pero gratificante caligrafía. Por fin el destino y la educación le hacían una reparación histórica y por primera vez sintió que podía escribir. Hoy su nuevo desafío es aprender a leer. Tal vez parezca una historia mínima, pero es la historia de un hombre que nunca cejó en sus propósitos de superarse.

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“Quiero aprender a leer para bajar al pueblo (Andacollo, el más cercano) y saber a dónde voy a entrar”, cuenta don Lucho. Rescata como fundamental en este nuevo proceso que la vida le depara la ayuda incondicional del maestro rural Carlos Perié, quien lo embarcó en esta nueva realidad de su vida.

El criancero que aprendió a escribir su nombre a los 63 años

Pertenencia

Don Lucho es uno de los tantos NyC del norte neuquino que con su humilde trabajo fueron construyendo la identidad y el presente de cada pueblo de estos lugares.

Vio la vida en el paraje Los Carrizos un 20 de marzo de 1957. Se crió bajo las alas protectoras de su madre, Laura Almendra (fallecida en 2011), ya que su padre, Arturo Herrera, partió tempranamente de este mundo y cuando Lucho tenía apenas 8 años. Creció en medio de 11 hermanos, de los cuales quedan siete vivos: Alba, Luisa, Víctor, Vicente, José, Manolo y Luis. Como una herencia, fue aprendiendo y desarrollando el oficio de “hombre de campo”. Las faenas por esos tiempos eran más difíciles que ahora y les dedicaba prácticamente tiempo completo. Asistió a la “escuela vieja” del paraje, pero no pudo aprender a leer y a escribir. Le gustaba jugar con sus amigos, y más aún ir a ver sus animales, recuerda hoy el hombre mientras sostiene con orgullo el lápiz entre sus manos.

El campo

Buscando otros horizontes, en los mejores años de su juventud, la ciudad de Neuquén lo recibió. Allí, un taller mecánico le ofrendó trabajo por varios meses. Sin embargo, “su amada tierra lo tiró” y pronto emprendió su regreso a Los Carrizos. “Mi lugar en el mundo”, asegura.

El criancero que aprendió a escribir su nombre a los 63 años

Lucho es soltero, no tuvo hijos. Vive actualmente con su perro, al que dio en llamar Bobi, sus gallinas, una ternera y varias ovejas. “Vivir en el campo es muy lindo. Me divierto en la cordillera”, expresa con una cálida sonrisa mientras se sirve un mate. Y agrega: “Me junto con amigos para cuidar los animales, hacemos asado y conversamos. A veces ‘churrasqueamos’ con los Carabineros de Chile, cerca de la frontera en Los Columpios donde tengo mi veranada. En los fogones nos ponemos a conversar, mientras las montañas continúan nevadas a lo lejos”, cuenta el hombre al lado de su salamandra.

Al hablar con don Lucho y escuchar sus palabras cargadas de sueños y desafíos, resulta sumamente inspirador, aún pensando en todas las carencias y dificultades que atravesaron su existencia sin saber leer ni escribir. “Viví lo más bien, pero no podía andar en el pueblo, porque no sabía leer los carteles para entrar a los lugares”, cuenta mientras trata de no emocionarse.

Proyectos

“¿Qué sueños tiene usted?”, fue la pregunta. “Aprender a leer y a escribir bien. Conocer el mar, porque solo lo he visto en alguna novela por televisión. Me gustaría tener otro caballo, para salir a caminar por la veranada. También conocer Mendoza”. Son sueños simples, sencillos y alcanzables, pero para él significan un todo en este mundo.

En las metas a alcanzar en este proceso de alfabetización que ha emprendido junto con su maestro y amigo de la vida, Carlos Perié, don Lucho dice: “Ahora me gustaría aprender bien los números y las letras. También el número de mi DNI y el abecedario”. Al preguntarle qué sintió cuando sus manos pudieron escribir su nombre por primera vez, dice: “Me sentí muy bien, contento y feliz”. “Todas las noches miro el cuaderno y escribo mi nombre a la luz de mi estufa”, asegura.

El criancero que aprendió a escribir su nombre a los 63 años

-> Un plan clave para los adultos

Don Lucho Herrera comenzó hace tres semanas con el Plan de Alfabetización Solidaria para Adultos en Los Carrizos, de la mano del maestro director de la Escuela 47 de Cayanta, Carlos “Tatú” Perié. “Hace unos días pudo escribir su nombre completo, inventar su firma y reconocer las vocales”, contó el docente. “Cuando él me dijo ‘yo no sé casi nada’, le dije, que por el contrario, ‘usted sabe algo muy importante que muchos no terminamos de aprender en la existencia: enfrentar el dolor con las manos’. La alegría en su rostro al escribir/descubrir su nombre es simplemente transformador para nuestras vidas. Aprendemos juntos”, indicó Perié.

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