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El cuaderno íntimo de Sergio Ávalos

En el recorrido victimológico queda a la vista que fue una víctima perfecta, no reconocía el riesgo y cuando los militares y policías de Las Palmas lo atacaron se paralizó.

Sergio Ávalos tiene una verdad social que no necesariamente tiene su correlato en la prueba categórica que necesita la Justicia, al menos por ahora. Esa verdad da cuenta que Sergio fue a Las Palmas con sus amigos el 14 de junio de 2003 a la madrugada y el personal de seguridad lo golpeó, lo mató y luego desapareció su cuerpo.

Es decir, Sergio tuvo la desgracia de estar justo a tiempo en el lugar incorrecto. El hecho, habla a las claras de los posibles autores, las fuerzas de seguridad que trabajaban en el boliche, que tenían la organización, la capacidad y la disciplina para eliminar de la faz de la tierra a una persona y sellar un pacto de silencio, que ya en 2020 advertimos que tambaleaba y que a esta altura presenta fracturas importante.

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Así como la desaparición habla de la mano de obra, el personal de seguridad del boliche, también da cuenta de la víctima: Sergio.

En toda investigación criminal es crucial conocer de pie a cabeza a la víctima porque eso permite entender las dinámicas que permitieron que fuera víctima. Hay rasgos, costumbres, conductas que permiten recrear su perfil victimológico, tarea que se inició desde el primer momento de la investigación en 2003 cuando la fiscal Sandra González Taboada dispuso de personal especializado para asistir a la familia.

Desandar años de investigación, hurgar en el archivo, buscar en el expediente, meternos en su habitación de la residencia, ver su cuaderno que hacía las veces de agenda y diario, compartir algunos cafés con especialistas del caso, nos permitió realizar una radiografía de Sergio Ávalos que para la criminología victimonológica sería una víctima perfecta.

El perfil victimológico

Sergio era el menor de los hijos de un matrimonio grande, Asunción y Margarita. Siendo pequeño, estaba jugando en el patio de la casa, trepó a un árbol y se cayó. La caída le produjo una fractura en el brazo izquierdo y producto de una mala praxis la movilidad del brazo quedó reducida.

Había que tener mucha relación con Sergio o ser muy observador, porque él se encargó a lo largo de su corta vida de esconder esa escasa movilidad.

Esto, generó que hubiera de partes de toda la familia una mayor protección, a la que ya había de por sí por ser el más chico.

El modelo de crianza, el modo de vida de un pueblo de pocos habitantes como era Picún Leufú lo llevaron a construir, quizás desde lo inconsciente, una idea de que iba a transitar por la vida sin ningún tipo de riesgo, es decir, que no le iba a pasar nada.

Todos esos factores permitieron que la personalidad de Sergio no identificara riesgos. Este dato es sumamente importante desde lo victiminológico.

“Esta suerte de supra protección que tenía Sergio, muy probablemente haya dificultado la capacidad de anticipación o cierta perspicacia para detectar situaciones problemáticas”, advirtió una fuente reservada especializada que acompañó mucho tiempo a la familia Ávalos.

Amigos y familiares confirmaron que no participó en riñas ni consumió drogas. Tampoco hubo consumo excesivo de alcohol, nunca tuvo una borrachera típica de adolescentes.

Incluso, las únicas mentiras que se permitía, salían a la luz en las tardes de truco y mate con sus amigos del barrio en Picún Leufú.

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Un botón de muestra

Algunos amigos relataron que cuando llegó a Neuquén, les pasó de ir caminando y de pronto ellos advertían que habían grupos de personas en determinadas zonas que podrían de ser riesgo, pero él no lo registraba y lo tenían que atajar porque si no pasaba por ese lugar sin pensar que alguien le podía hacer daño.

“Hay una anécdota muy interesante. Una vez iba caminando con unos amigos y en la vereda había un perro que ladraba y tenía pinta de bravo. Mientras sus amigos se cruzaban para esquivarlo, Sergio siguió de cara al perro. Uno de sus amigo lo manoteó para que no pasara por ahí”, explicó la fuente.

“Esta condición de no identificar algunos peligros, es muy probable que lo haya llevado a mayores riesgos. Ojo, todo a nivel inconsciente, él no se daba cuenta del riesgo, no es que advertía la situación y se mandaba igual. Directamente no la advertía”, aclaró.

Todo habla de Sergio

Con Sergio desaparecido, se inspeccionó su habitación de la residencia estudiantil. No parecía la de un joven que recién comenzaba a vivir solo, donde hay un margen esperable de desorden.

En el caso de Sergio, estaba todo sumamente ordenado. La poca ropa bien cuidada y doblada y los zapatos lustrados. Había algo muy pulcro que provenía de un modo de crianza y de respeto por ese lugar que era ajeno, prestado por lo que debía cuidarlo.

“Su mundo interno no lo compartía demasiado, no es algo que él expusiera con su entorno”, dejó en claro la persona que tuvo que recorrer todo ese mundo sin Sergio.

Pero, ¿dónde estaba el Sergio íntimo? En un cuaderno espiral de tapa azul. Allí estaba plasmado el adolescente que dibujaba con birome, anotaba horarios de clases, letras de canciones, el celular del padre, frases que le gustaban, ensayaba su firma, algo que hace a la identidad. Guardaba los tickets del súper y del locutorio desde el cual llamaba a sus padres.

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En esas hojas a rayas estaba expresado su gusto por la música. Tenía escritas de puño y letra canciones de Los Nocheros, el Chaqueño Palavecino y también de otras bandas de rock.

Es estremecedor que ese chico introvertido, callado, responsable, respetuoso, ordenado y estudioso tuviera en su cuadernito destacada una estrofa de la canción “El Rebelde” de La Renga: “Perdónenme pero así soy, yo no sé por qué, sé que hay otros también, es que alguien debía de serlo, que prefiera la rebelión a vivir padeciendo”.

Algo de la gran ciudad y la facultad irrumpían en el joven de 18 años, como pasa con casi todos los estudiantes que inician la universidad y al estar su identidad en formación sufren un cimbronazo.

Paralizado para siempre

Sergio era un jovencito de pueblo en la gran ciudad que buscaba tener experiencias, pero sin el registro de los peligros que lo podían acecharlo.

Ávalos rindió ocho parciales en sus cuatro meses de facultad y aprobó todos. Cuidaba su rendimiento académico porque sabía que de ello dependía su estadía en la residencia universitaria. Además, era consciente de la oportunidad que representaba el estudio para su futuro.

De hecho, en la secundaria tuvo un promedio de 8.29, certificado que le entregaron el 20 de diciembre de 2002 junto con el título de Perito Mercantil.

Con su padre, Asunción, tenían un proyecto conjunto en una chacra de unas cinco hectáreas que está en las afueras de Picún. La idea era que Sergio se recibiera de Administrador de Empresas y se encargara del manejo.

A dicho emprendimiento le puso el nombre de fantasía CONESFE (Confianza, Esperanza y Fe), y de ahí saldrían sus productos para toda la región. Hasta el nombre elegido refleja lo sano que era.

Sergio era la joya de los Ávalos. Era el primero en llegar a la universidad. Sus hermanos como sus padres hacían un gran esfuerzo para ayudarlo. Como era consciente de esto, en su cuadernito azul tenía una guía de servicios que le había entregado la Secretaría de Bienestar Universitario, donde había un detalle de becas que esperaba obtener: comedor, fotocopias y demás. Todo esto con la idea de optimizar sus recursos y los de la familia.

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Pese a todo el atractivo que tenía frente a sus ojos en Neuquén, Sergio esperaba con ansias los fines de semana en que podía volver a su pueblo para estar con los suyos. De hecho, previo a que lo desaparezcan, él tenía todo listo para viajar a Picún a pasar el día del padre, hasta dejó el bolso armado cuando se improvisó en la residencia un asado y luego fueron al boliche Las Palmas.

“Por todo lo que me tocó analizar, entiendo que Sergio estaba en el lugar y hora equivocado y no pudo anticipar el peligro en el que se encontraba y huir. Todo ser humano frente al peligro tiene tres respuestas posibles: huir, luchar o quedarse paralizado. Sergio se paralizó frente a la situación que le tocó vivenciar, que es una de las estrategias más primitivas de las especies, quedarse quieto para evitar ser presa. Esta estrategia en los seres humanos es poco exitosa”, confesó la fuente consultada.

Hoy, la Justicia Federal y la querella se están moviendo en silencio. Se esperan semanas de arduo trabajo con alrededor de treinta testigos, muchos de ellos claves, que podrían ser los últimos antes de impulsar la imputación sobre los sospechosos de siempre.

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