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Sergio Franciscovich tiene 42 años y lleva 25 como zapatero. Por un trastorno neurológico, tuvo que rebuscárselas toda la vida reparando calzado para ganarse el pan. Este último otoño, como recibía pocos pedidos, armó un taller ambulante y salió a buscar clientes. Recorre el Bajo con su carrito y ofrece arreglos “en el acto” a cada persona que se cruza, hasta que alguien saca un par de billetes y le hace un encargo.

Sergio repara botas y zapatillas, pero también bolsos, mochilas y carteras. Todo lo que se pueda enmendar con unas puntadas prolijas o un poco de pegamento. Muchos lo miran raro, sin entender qué significa eso de “zapatero en el acto”, hasta que él les explica y les muestra su lista de precios escrita a mano en un papel, que se mantiene vigente pese al dólar y los tarifazos.

Sergio aprendió el oficio a los 17, cuando su familia se mudó de Zapala a Neuquén. Empezó como aprendiz de dos hermanos zapateros, Gustavo y Javier, que también son fabricantes de calzado.

A los 21 consiguió trabajo como custodio, pero pocos meses después sufrió un episodio grave de amnesia que lo marcó para toda la vida. “Estaba casado, con un hijo, y una mañana mi señora me fue a despertar y no recordaba nada, no la reconocía ni a ella ni a mi nene y me llevó tiempo recuperarme”, recordó.

Tomo medicación. Por eso tuve que dedicarme al arreglo de zapatos para sobrevivir”, dijo Sergio Franciscovich

Nunca entendió del todo lo que le pasó esa noche. Indicó que, por lo que le dijeron los médicos, “es algo parecido a la epilepsia, por eso a veces tengo convulsiones y sigo en tratamiento”.

En el ingreso a su casa tiene varios carteles invitando a los vecinos a tocar timbre para un arreglo. Si no hay mucho trabajo, sale un rato a la vereda con el mate y el cigarrillo, acompañado por sus perros.

Así fue que, en marzo de este año, mientras pensaba cómo hacer para conseguir más pedidos, el destino hizo que pasara frente a su puerta una camioneta que vendía muebles viejos. En la caja asomaba un carrito como el de los aeropuertos. “Ahí se me prendió la lamparita”, contó.

Compró el carro y lo cargó con dos cajas de herramientas repletas de pegamentos, alicates, agujas e hilos de distinto grosor, suelas de goma, cueros y todo lo que pudiera necesitar. Cuando estuvo listo, respiró profundo y salió a la calle a probar suerte.

“Los primeros días me fue muy bien, así que empecé a usar bastante el carrito; ahora trabajo más en la calle que con la gente que viene a casa”, comentó.

El “outlet” de los olvidados

Como de la necesidad nace el ingenio, además de las reparaciones ambulantes, Sergio inventó su propio “outlet” de zapatos para no perder plata cuando le falla un cliente. Comentó que tiene muchas zapatillas que le llevaron para arreglar y nunca volvieron a buscarlas. Como él les dedicó horas de trabajo y materiales, le da pena tirarlas y tampoco está en condiciones de regalárselas a alguien más.

Así fue que, a un lado de la puerta de su casa, en una mesa, tiene tres cajones con su propio “outlet” de calzado de segunda mano. “Si pasan tres meses que no los vienen a buscar, van a parar ahí”, explicó. En una esquina, colocó un cartelito con el precio unificado para cualquier par: 200 pesos. Lo cobra así porque no le interesa especular para ganar más plata, sino recuperar lo que dedicó a ese arreglo, para no salir perdiendo

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