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El hombre que cría chivos en plena barda

Rubén Villalba los lleva a pastorear entre la Autovía Norte y Cuenca XVI.

Sara Aedo

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Neuquén.- El sonido lejano de un cencerro corta la monotonía de una barda sitiada hasta la base por una ciudad en constante crecimiento. El tintineo se mezcla con el balido de algún chivo que delata su ubicación ante el llamado del jinete que lo arrea. Es parte del rebaño, de 70 cabezas, que pastorea Rubén Villalba, entre la Autovía Norte y el barrio Cuenca XVI, en la capital neuquina.

Bajo un sombrero negro, unos ojos verdes, profundos y agudos traspasan el horizonte. El criancero apura a la yegua que cabalga porque alguno de los más de 30 chivos criollos que conduce de vuelta al corral decidió explorar un camino propio y sin saber se dirige directo al borde de la barda, en su punto más alto.

No espolea al animal, aunque es bastante evidente que ese día se había dedicado un buen rato a sacarles lustre a las espuelas que le adornan el tobillo.

El hombre ondea el rebenque en el aire y es todo lo que necesita saber el equino para ir al encuentro del chivo rebelde y traerlo de vuelta a la manada.

Es el regreso a casa que se muestra pesado y no exento de peligros, pero es más fuerte la seguridad del agua fresca en los bebederos, la sombra del corral y la reconfortante figura de Domitila que, apoyada en su bastón, abre una sonrisa que le achina los ojos al dar la bienvenida.

El arreo que había empezado antes de las 7 termina cuando el sol está justo en el medio del cielo.

En poco más de una hectárea, la familia Villalba tiene instalados varios corrales. En un sector, los recién nacidos esperan el momento triunfal de salir a la barda y probar el sol, como el resto del rebaño. Al lado, dos chanchos de buen porte sacan la cabeza del chiquero para mirar a los chivos que entran de dos en dos al establo, y los patos, en época de apareamiento, se mantienen ajenos a todo lo que los rodea.

Del otro lado de la calle, los vecinos siguen concentrados en sus tareas cotidianas. Una mujer que pasa empujando un carrito cuando nota que se le pasó el colectivo y unos niños que observan una tablet con plena atención.

Hace más de cuatro décadas, el ranchito de una hectárea de Rubén Villalba y su mujer, Domitila, recrea pedacitos del norte neuquino en la capital.

Encuentro

Hace más de 40 años que el ranchito de Rubén y Domitila recrea estos pedacitos del norte neuquino en la capital. Él nació en Bajada del Agrio hace 67 años y ella, en Piedra del Águila hace 65.

La búsqueda de oportunidades laborales los encontró de jóvenes en la capital neuquina y con un crédito para empleados municipales compraron los primeros 25 chivos, en 1989.

Domitila era la encargada de cuidar el rebaño mientras Rubén trabajaba como empleado municipal en Cutral Co. La mujer le entregaba la posta los fines de semana, cuando el hombre volvía a Neuquén.

La división de tareas se modificó cuando ella sufrió un accidente con un caballo, durante un arreo. Una clavícula quebrada y una pierna que nunca volvería a sostener del todo su peso son los recuerdos de aquellos tiempos.

“Esto es cotidiano para mí. Parece sacrificado, pero es lo que me gusta”, sonríe Rubén para explicar su tarea, mientras alaba las rosquitas que esa mañana, mientras él subía la barda, había amasado su esposa, a la que llama cariñosamente “la Negra”.

“No estoy cansado, me siento con buena salud. Subo y bajo los cerros como cualquier pibe joven”. “Mientras tenga salud y vida, voy a ocuparme de los animales. Si llega la muerte, que así sea”. “Tengo un solo hijo y por suerte a él también le gusta este trabajo y lo va a seguir cuando yo ya no esté”. “Esto es cotidiano para mí. Es una tarea que parece sacrificada, pero es lo que me gusta”. Rubén Villalba. Criancero

Caminos en busca de alpataco

A fines de los años 80, el matrimonio Villalba sacaba a pastar a su primer rebaño desde el Hipódromo hasta el final de la calle Novella, en el sector oeste de la ciudad. El recorrido llevaba unas cuantas horas y el forraje natural era abundante.

Cuando la ciudad empezó a crecer de manera desmedida hacia el oeste, el criancero cambió su recorrido hacia la barda.

No pasaron muchos años hasta que la nueva autopista lo volvió a encerrar.

Aunque cercados y con menos territorio, los chivos se muestran conformes con el alpataco que encuentran en la barda y saben exactamente cuándo es el tiempo de volver al corral, guiados por el criancero nacido en Bajada del Agrio.

Lo quieren trasladar a China Muerta

Hace poco más de un mes, la familia Villalba recibió la oferta de una casa y un predio de tres hectáreas en China Muerta, con la condición de desalojar el terreno en el que tiene apostado el corral.

Según el criancero, se trata de una propuesta del IPVU que está dispuesto a aceptar.

Tiempo atrás, la misma entidad estatal le había ofrecido, con un dejo de insolencia, 30 mil pesos como pago por dejar el lugar. “No me alcanzaba ni para trasladar a la mitad de los animales”, recuerda Rubén Villalba.

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