El hombre que esconde los secretos callejeros nocturnos

Ángel Marín. Tiene 43 años y desde hace 18 trabaja en Cliba, donde cumplió diferentes roles. Hoy es uno de los tantos barrenderos que limpian la ciudad.

Es nacido y criado en Neuquén. Está casado con Rosa y tiene un hijo: Maximiliano. Se siente orgulloso de vivir en el barrio Sapere.

Camina las calles durante 7 horas, en horario nocturno, donde choca con distintas realidades.

Flavio Ramírez
ramirezf@lmneuquen.com.ar


El paso del cepillo por el suelo rompe el monótono silencio nocturno de las calles del alto. Cada cierto número indefinido de pasadas, le acompaña el metálico raspón de una pala por el asfalto. A pocos metros de distancia están apilados a cada lado del cordón montoncitos de basura, en su mayoría hojas y tierras, que en minutos serán embolsados y acomodados para que los junte un camión recolector. En ese mundo se mueven día a día los barrenderos de la ciudad. En ese mundo se mueve Ángel Marín, quien se desempeña en Cliba desde hace 18 años.

"En la noche ves de todo; es un mundo aparte. Las circunstancias que vos te puedas imaginar las tenés todas a la noche", confía el hombre, quien reconoce que todo lo que hace es por su familia, su señora (Rosa) y su hijo (Maximiliano Agustín).

Como cada noche, de domingo a viernes, Ángel se coloca su mameluco azul y verde refractario, deja su casa en el barrio Sapere (donde comparte lote con sus padres) y sale en busca del carro, el cepillo, la pala y las bolsas con las que trabaja cada día. A las 22 parte hacia la cuadrícula que le asignaron y durante las próximas siete horas barrerá y embolsará la tierra; también apilará las hojas y la mugre que hay en las 14 cuadras que le tocan. Durante su recorrida junta unos 500 kilos de mugre.

A las 5 de la madrugada regresa a su casa. Pero podrá dormir poco, ya que a las 6 se levanta para llevar a su esposa a trabajar. De regreso acompaña a su hijo a la escuela y después ayuda a su madre a cuidar de su papá, que sufrió un ACV y está postrado en la cama. Recién después del almuerzo se relaja y duerme una siesta para recobrar fuerzas antes de volver a iniciar una nueva noche como barrendero.

En la noche ves de todo, es un mundo aparte. Las circunstancias que vos te imagines las tenés a la noche".

Ángel comenzó a trabajar en la ya desaparecida empresa Garbo. En ese entonces tenía 28 años y debió pedir trabajo de basurero "porque no había mucho para elegir", luego de perder el que tenía como chofer de tráfic.

Sus primeros pasos los dio como corredor (el que junta la basura detrás del camión recolector), luego fue barrendero, más tarde estuvo en el sector servicios voluminosos (los que retiran los muebles y electrodomésticos que los vecinos abandonan en las veredas) y antes de retomar las tareas como barrendero, pasó cinco años en el basural.

Cuenta que los días de lluvia son los peores porque tiene que destapar las bocas de tormenta para evitar que se taponeen las cámaras, y termina todo empapado. Aunque las noches de tormentas de viento también le complican el trabajo.

En verano, en cambio, el aire nocturno es más benévolo y los vecinos muchas veces se acercan a convidarle agua fresca o gaseosas. Las noches invernales son solitarias y "crudas". "Las sentís más", dice.

Mundo aparte

"En la calle se ven todos los movimientos de la gente", comenta. Y razón tiene, porque quienes caminan la noche la comparten con taxistas, vendedores de drogas, prostitutas y cuantos vampiros pululen por ellas. En ese andar también hay que convivir con la inseguridad, que, como comenta Ángel, está en todos los rincones. "Hace poquito, a un compañero lo amenazaron con un arma porque no les quiso dar bolsas. Por suerte a mí nunca me pasó nada", dice.

Explica que muchas veces su trabajo es "ingrato", no sólo porque debe estar al pie del cañón con frío, calor, viento, lluvia o nieve, sino porque "la gente no toma conciencia de mantener una ciudad limpia".
Asegura que las personas de mayores recursos suelen desnudar sus miserias y se queja por el maltrato que reciben de la gente, aunque no mete a todos en la misma bolsa.

Si bien para muchos ser barrendero parece sencillo, es un trabajo de enorme esfuerzo físico que termina afectando la salud de quienes lo hacen. "El cepillo te va desgastando los hombros, la cintura, las rodillas, los tobillos. Te mata. Siempre el mismo laburo, la misma fuerza", sentencia.
"Sabemos que somos personas que nos estamos destrozando de a poquito y que vamos a llegar a los 55, 60 años y no vamos a servir para hacer otro laburo", se lamenta antes de iniciar una nueva jornada de siete horas.

La ciudad, un gran telo motorizado


Ángel Marín cuenta que es normal que los barrenderos se encuentren con parejas teniendo sexo en los autos estacionados en la vía pública, por donde ellos circulan. "Pasás barriendo y no les interesa para nada que vos pases con el cepillo por al lado", indica entre risas.
También se queja porque estas parejitas suelen ser las más desconsideradas. "Me tocó un caso en que estaba barriendo a 40 metros y la chica tiró el calzón, el flaco tiró el preservativo como si nada y salieron cagándose de risa, como diciendo 'ahora venís vos y lo levantás'", recuerda uno de los tantos episodios vividos mientras limpiaba una parte de la capital neuquina.

Los vecinos deben ser más solidarios

Si algo caracteriza a los vecinos de Neuquén es el poco cuidado que tienen por su ciudad. Tampoco son solidarios con quienes limpian día a día las calles.

Ángel Marín asegura que durante las recorridas levanta todo tipo de desperdicios. Entre las cosas más asquerosas que sacan de los cestos públicos están las bolsas con caca de perros, toallas femeninas y preservativos usados. "Nadie cuida nada, y cuando limpiás siempre hay alguno que se queja por algo", cuenta.

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