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El inesperado mensaje feminista en la vieja Neuquén

Un artículo publicado en el diario local, en 1915, arengaba a romper con el estereotipo de la mujer sola y promovía la independencia más allá de los hombres.

“Eleanor Rigby recoge el arroz en la iglesia en la que ha habido una boda. Vive en un sueño, espera en la ventana…”, reza una estrofa de la canción de los Beatles en la que habla de la soledad como un castigo de la vida. Y en otro párrafo anuncia el final de la pobre Eleanor: “…murió en la iglesia, y fue enterrada al lado con su nombre, nadie vino (al funeral)”.

El estereotipo de la mujer sola, después de una determinada edad, siempre estuvo presente de manera negativa en la historia de la humanidad. Inclusive hasta en canciones populares como la de la famosa banda de Liverpool.

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Sin embargo, esa caricaturización despectiva comenzó a tener un nombre en la literatura española recién a principios del siglo XIX. Aquella mujer que no lograba contraer matrimonio a medida que pasaba el tiempo se la denominaba “solterona”, un mote pesado que tenían que cargar las damas de la época frente a una sociedad implacable. ¿Para qué vive una mujer si no es para casarse y tener hijos?. Y era realmente injusto, teniendo en cuenta que la misma palabra para definir a los hombres en igual situación significaba todo lo contrario. Los “solterones” eran considerados tipos atractivos, maduros, potenciales maridos ideales, especialmente si sus futuras esposas eran mucho más jóvenes que ellos. ¿Qué mejor le podía pasar a una jovencita que casarse con un solterón experimentado?

En la vieja Neuquén de principios del siglo pasado, cuando la capital se asentó en la zona de la Confluencia, las mujeres tuvieron que lidiar con aquella situación de la misma manera que lo hicieron tantas otras a lo largo de la historia.

Si bien lo que sobraban eran hombres –como en toda la inmensa Patagonia- no siempre las mujeres tenían la posibilidad de formar una pareja. Y después de los 25 o 30 años pasaban a conformar el grupo de las solteronas.

El 7 de agosto de 1915, la pequeña comunidad que crecía en el medio del desierto se sorprendió con un artículo publicado en el diario Neuquén, dirigido por el periodista Abel Chaneton, donde se arengaba a las mujeres locales a luchar contra esos estereotipos y a vivir una vida feliz e independiente más allá de los hombres.

El manifiesto estaba firmado por la escritora y periodista María Abella, una uruguaya radicada en La Plata que había comenzado a sembrar las primeras semillas del feminismo en esas latitudes.

¿Solterona? ¿Qué importa? Inesperado mensaje feminista en la vieja Neuquén

Chaneton, un hombre siempre vinculado al progresismo, la libertad y la Justicia, consideró adecuado que en Neuquén comenzara a hablarse del tema, por más críticas que pudiera recibir. Por eso en esa edición de agosto publicó un extracto del libro “En pos de la Justicia”, que la uruguaya había editado nueve años antes.

En el extenso texto, la escritora ponderaba la evolución que ya tenía Estados Unidos en políticas de igualdad de género y de cómo las mujeres estaban logrando su independencia, pese a la resistencia machista. Pero además ponía énfasis en que el mote de “solterona” no tenía que ser un problema.

“A los hombres les gusta para esposa la mujer joven, no solo por la frescura de la tez, sino porque como no tiene experiencia, esperan engañarla y dominarla fácilmente”, comenzaba el texto. Y aseguraba que “como las mujeres somos tan sensibles al ridículo, los hombres se salen con la suya; si no encontramos marido que nos agrade, es preciso casarse con el primero que se presenta, aunque sea feo, aunque sea pobre, aunque sea viejo, aunque sea enfermo: todo por no quedarse solterona”, indicaba. También hacía referencia a que las mujeres norteamericanas finalmente habían logrado emanciparse de muchas cosas y, especialmente, de ese prejuicio.

“Allí las jóvenes de lo primero que se preocupan es de asegurar su subsistencia, sin que ésta dependa del matrimonio, y se casan generalmente tarde (para poder disfrutar su juventud) y después tener pocos hijos”, sostenía Abella. Aseguraba que las niñas se dedicaban al estudio para tener una profesión en el futuro y, de esta manera, podían convertirse en mujeres con carácter, libres e independientes.

“Allí no se las moteja como solteronas. Como tienen libertad, dinero y educación jamás les falta con quien casarse, aunque sea después de los 50 años”, subrayaba.

¿Solterona? ¿Qué importa? Inesperado mensaje feminista en la vieja Neuquén

Seguramente el artículo tuvo fuerte impacto en Neuquén, un pueblo que en aquel entonces no se caracterizaba precisamente por sus niveles de instrucción; un lugar donde predominaban los tipos rústicos y trabajadores y donde las mujeres, que eran minoría, tenían mandatos tradicionales claros: casarse jóvenes y criar una familia. En ese contexto social complejo se publicó este texto revolucionario y novedoso hablando de la emancipación femenina.

Es probable que el valiente Chaneton haya recibido alguna crítica por eso. O tal vez pueda haber sido blanco de bromas por parte de sus amigos. También es posible que más de una mujer se haya quedado pensando en aquella arenga feminista tan increíble para la época. Quién puede saberlo.

Lo cierto es que pasaría mucho tiempo para que se cumpliera el deseo liberador de la escritora uruguaya. Durante décadas, miles de neuquinas estarían expectantes y ansiosas por llegar a tiempo para contraer matrimonio y cumplir los preceptos que tanto les habían inculcado de niñas.

Muchas otras, como la famosa Eleanor Rigby, recogerían el arroz en la iglesia donde se había celebrado una boda y vivirían un largo sueño en soledad, esperando al lado de una ventana algo que –probablemente- nunca jamás llegaría.

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