Pese a las incertidumbres que abría la pandemia, a nivel ambiental, el panorama pintaba alentador en 2020. Las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero caían 4,6% ya que los bloqueos en la primera mitad del año restringieron la movilidad global aunque, claro está, también obstaculizaban la actividad económica. Se esperaba que este indicador marcara el comienzo de un cambio más permanente a la baja en las emisiones.
Los últimos datos, sin embargo, desarmaron cualquier esperanza. Las emisiones globales anuales de gases de efecto invernadero se recuperaron un 6,4% el año pasado hasta alcanzar un nuevo récord, eclipsando el pico previo a la pandemia a medida que se reanudaba la actividad económica mundial. Las emisiones de los sectores de fabricación y energía fueron los que más contribuyeron a los aumentos globales recientes, según la información actualizada del Panel de Indicadores de Cambio Climático del FMI.
La invasión a Ucrania tampoco permite ser optimistas. Los miles de millones de dólares en armamento, aviones, tanques y camiones que impulsan el conflicto contribuyen a las emisiones directas que, en medio de la batalla, siguen siendo difíciles de cuantificar y que no se tienen en cuenta en el objetivo de París de limitar el calentamiento a 1,5 grados. Pero al desencadenar una crisis energética mundial, la guerra de Ucrania también supone una amenaza indirecta para los objetivos climáticos globales. Es que países como Alemania decidieron volver a quemar carbón el próximo invierno boreal para generar energía eléctrica para contrarrestar la ausencia de gas ruso. La huella de carbono militar es la de otro monstruo grande que pisa fuerte.
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