Las historias en el camino se escriben fruto de la casualidad o por esos raros designios del destino que hace coincidir a las personas en un determinado lugar. Las rutas siempre se convierten en plataformas para crear y estrechar vínculos sin conocerse.
Muchas veces el ánimo de seguir conquistando kilómetros o la necesidad de ayuda para seguir o para descansar y alimentarse, son las condiciones ideales para la confraternidad y la camaradería entre los “peregrinos” que eligen viajar por la Argentina en bicicleta, en moto, a caballo o simplemente de manera tradicional: en vehículos.
En ese contexto de historias tan simples pero llenas de vida, antes los ojos de cada aventurero se presentan (en un alto en el camino) el Parador de Chorriaca, un lugar sencillo, humilde, pero de una utilidad y de una comodidad tremenda.
En los calurosos veranos o en los fríos inviernos el lugar se transforma en un verdadero “oasis” para todos. El parador se encuentra en una rinconada que se forma entre los cerros en el kilómetro 2543 de la Ruta Nacional 40. Es una construcción con bases de piedras pegadas con barro, sus paredes son de madera cantonera, y el techo de nylon y restos de chapas. Hay una canilla que proporciona agua de manantial, tan cristalina y fresca como pocas.
En el interior del parador hay una mesa y bancos de madera. En el costado derecho hay una especie de fogón. Es muy utilizado por los ciclistas y motoqueros para pasar la noche y hasta automovilistas lo utilizan en horas del mediodía para preparar un asado. Es parada obligada. Muchos lo conocen y seguramente atesoran una historia personal con este lugar.
El parador de Chorriaca se encuentra en un rincón donde la ruta 40 se muestra con subidas y bajadas bien pronunciadas y de curvas y contracurvas demasiado cerradas. Se ubica casi en el punto exacto de la mitad del recorrido de los más de 160 kilómetros que unen Chos Malal con Las Lajas a través de la mítica ruta 40; que también atraviesa a otras localidades del territorio neuquino.
Una hoja de ruta
Es tan famoso entre los aventureros que ya figura en sus hojas de ruta. Hasta aquí llegó días atrás el ciclista Tomás Bustamante, oriundo de Ramos Mejía (Buenos Aires). El joven de 30 años llegó cansado en una tarde de bastante viento de frente y un sol fuerte de otoño que suele golpear duro. Estacionó su fiel compañera en el interior del parador y lentamente comenzó a desembalar el “equipaje de campaña” que venían en las alforjas de la bicicleta. A continuación con una ollita en mano cargó agua en la canilla y se fue a hacer fuego en el lateral derecho del parador donde unas piedras con un reparo ofrecen el lugar ideal para la tarea.
Mientras preparaba el fuego contó que “a este lugar lo venía buscando porque lo tenía en las coordenadas de viaje y me habían hablado mucho de él. Realmente es un lugar mágico por la geografía del lugar, el paisaje y por la ayuda que nos brinda con su reparo”.
Agregó que “vengo bajando desde Córdoba, San Luis y Mendoza por la ruta 40. Soy de Ramos Mejía y arranqué con este viaje en dos ruedas el 1 de noviembre de 2021 y así seguiré hasta que sea la hora indicada de volver”.
La música lo acompaña en el camino
Apenas comenzó a pedalear, Tomás sintió que la plena libertad y el aire fresco de los distintos pueblos por lo que pasó no tenían precio. Con esta travesía en bicicleta se ha adentrado en paisajes tan diversos como hermosos y el plus agregado es la calidez humana de la gente que lo cruza o lo recibe.
“Mi mamá falleció hace 10 años, y fue ella la que me dio mi lado artístico y sensible, así que este viaje es una forma de honrarla”, relató conmovido. Entre las pertenencias que lo acompañan van un pequeño amplificador y una guitarra un tanto curiosa pero de sonidos impecables.
“Con la guitarra nos llevamos bien y siempre tratamos de hacer música a la gorra en los espacios en los que nos permitan estar. Es una forma de solventar mis gastos”. De todas maneras contó que en el camino siempre hay almas solidarias que lo asisten.
Cuando ya empezaba a caer la tarde Tomas tomó la guitarra, afinó la voz y comenzó a interpretar la clásica “una que sabemos todos”. Fue un recital en el medio de la nada con el parador de Chorriaca como escenario y como telón de fondo los autos que a los lejos iban y venían por la ruta 40. Fue un momento mágico.
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