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La Mañana violador

El sátiro que violó a jóvenes fingiendo ser policía

Se hacía pasar por policía y obligaba a chicas de 13 a 16 años a subir al auto. Las llevaba a zonas alejadas del centro donde las violaba. Los ataques fueron a mediados de los 80. Es el primer violador serial de Neuquén. El Gobierno le dictó tres indultos de rebaja de pena.

A mediados de la década del 80, un depredador sexual acechaba a las adolescentes neuquinas. Fingía ser policía, las obligaba a subir a su auto y, tras un par de vueltas, las llevaba a una zona alejada y las violaba. Sus víctimas fueron vírgenes de 13 y 14 años. Lo atraparon cuando trataba de cazar a una chica con guardapolvo a metros del colegio María Auxiliadora.

Lo condenaron a 24 años de prisión y el gobierno neuquino le dio tres indultos de rebaja de pena. Cuando salió con libertad condicional, tuvo tres intentos frustrados, pero ya no volvió tras las rejas. Aún vive en Neuquén.

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El caso del sátiro de las vírgenes no tuvo mucha difusión en su momento. Si bien el primer ataque fue en 1984, luego no volvió a violar, al menos que haya registros, hasta el último cuatrimestre de 1986, cuando concretó la mayoría de sus abusos.

Por esa época, todo el país hablaba de la selección liderada por Diego Maradona y dirigida por Carlos Salvador Bilardo. El 29 de junio de 1986, Argentina se consagró campeona del mundo, por segunda vez en su historia, tras vencer a Alemania por 3 a 2 sobre el final.

El furor popular estaba centrado en la proeza de Maradona, que con sus goles a los ingleses escribió una de las páginas más bellas del fútbol argentino donde se conjugan la picardía y la habilidad criolla en un duelo épico en el que aún estaba latente la sangre derramada en la guerra de Malvinas de 1982.

Por esos años, Neuquén crecía de la mano de la energía. El petróleo y el complejo hidroeléctrico El Chocón generaban fuentes de trabajo y movilizaban la económica. Personas de distintos puntos del país llegaban en busca de una oportunidad.

No obstante, Neuquén todavía tenía características de pueblo. Bastaba alejarse un par de cuadras del centro para que los baldíos y las bardas se hicieran presentes. En ese escenario, Luis Antonio Cuculich se dedicó a depredar adolescentes primero en un Ford Falcon gris y luego en un Peugeot 404 blanco.

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El Serbio

Cuculich nació en 1944 en Buenos Aires. Sus padres eran de origen serbio, de ahí su apodo, y tenían un comercio de ramos generales en Avellaneda que trasladaron, cuando todavía Luis era un niño, a Contraalmirante Cordero, en Río Negro, solo 30 kilómetros al noroeste de Neuquén, unos 40 minutos en auto en ese entonces.

El Serbio era el menor de tres hermanos y tenía una fuerte protección materna. Hizo parte del secundario en un colegio de curas, pero terminó abandonando y abocándose a realizar alguna que otra tarea en el negocio familiar.

Ya con 20 años, en 1964, le gustaba pasar mucho tiempo en el ocio. Era esquivo al trabajo y tuvo un primer episodio relacionado con el abuso de una chica que no tuvo mayor trascendencia ya que no fue denunciado. Antes, esos hechos representaban una vergüenza para la víctima y su familia, por lo que se optaba por mantenerlos en secreto.

Más allá de todos estos indicios, claves en esta época, en aquellos años, en el núcleo familiar de Cuculich, nadie advirtió que había componentes perversos en su personalidad.

En los reportes judiciales del caso figura que sus familiares reconocieron, tras ser detenido, que “era bastante mujeriego y tenía gusto por las púberes (desde joven)”.

La convivencia con los padres se extendió hasta los 37 años, cuando abandonó el ceno paterno para formar su propia familia con una mujer con la cual tuvo un hijo.

Con su hermano tenían una empresa de áridos y el Serbio era el que se encargaba de las relaciones comerciales, por lo que visitaba a clientes en Neuquén. Además, se estaba construyendo una casa a la vera de la Ruta 22, por eso solía viajar seguido a la capital neuquina.

Del falso policía y los abusos

La esposa confió a las autoridades que cada vez que salía para Neuquén, el Serbio solía arreglarse de una manera muy particular. Esto lo vino a comprender después de la pesadilla que debió afrontar cuando su esposo fue detenido y ella se enteró de sus delitos.

Para Cuculich, salir a cazar adolescentes era un ritual, típico de los depredadores, de ahí que se arreglara y desarrollara todo un recorrido por Neuquén en busca de su presa.

El 11 de mayo de 1984, alrededor de las 19, a bordo del Ford Falcon gris que tenía puso en marcha su ardid por primera vez. La víctima fue una chica de 14 años que esperaba el colectivo en inmediaciones del centro.

El Serbio se identificó como policía mostrando una credencial verde y le pidió los documentos. Como la adolescente no los tenía, la obligó a subir al vehículo.

Vale aclarar que en ese entonces había un cierto temor mezclado con respeto hacia las fuerzas de seguridad, ya que recién en 1983 habíamos recuperado la democracia en el país tras el siniestro golpe militar de 1976 que dejó como saldo 30 mil desaparecidos.

Con la chica en el auto, el falso policía comenzó a dar vueltas por la ciudad y le realizaba preguntas de todo tipo, hasta sobre su sexualidad. Luego, la condujo a una zona descampada entre Neuquén y Centenario, donde la obligó a sacarse la ropa de la cintura para abajo —esto se lo pidió expresamente — y la violó en el asiento del acompañante.

Con la frialdad de un psicópata sexual, luego de consumado el abuso, llevó a la víctima hasta cercanías de su casa y le advirtió que no podía contar nada de lo ocurrido.

Lejos de acatar esa orden, la joven, en shock y llorando, les relató todo lo sucedido a sus padres y hasta pudo brindar a los investigadores datos clave para hacer un dictado de rostro, lo que se conoce como identikit.

Tras ese primer episodio, no se sabe si Cuculich atacó en otras localidades o si fue justo por el nacimiento de su hijo que no concretó otros abusos.

Recién volvió a cazar el 11 de septiembre de 1986, respetando el modus operandi que le había dado resultado dos años atrás.

Cerca de las 18:30, interceptó a una adolescente de 16 años que trabajaba como empleada doméstica en unos departamentos de Avenida Olascoaga y Lastra, y repitió el patrón: le manifestó ser policía, exhibió la falsa credencial y la persuadió para que subiera al vehículo, esta vez el Peugeot 404 blanco.

Le hizo recorrer distintos puntos de la ciudad, la amenazó con dejarla embarazada y condujo en dirección al aeropuerto. En el camino la besó en la boca por la fuerza y la manoseó.

Al parecer, la joven le manifestó que no era virgen y le presentó resistencia, por lo que tras retenerla durante dos horas y 45 minutos, la liberó.

Para ese entonces, los investigadores desarchivaron la causa de 1984 porque entendieron que estaban, muy posiblemente, frente al mismo autor.

Un psicólogo forense estableció la psicopatía sexual, actitudes asumidas, conductas realizadas de manera coincidente, incluso las víctimas manifestaron no solo haber sido intimidadas con ser detenidas sino también golpeadas. Había patrones de perversión y sadismo en la personalidad de Cuculich.

El Serbio casi no tuvo periodo de enfriamiento, tal vez porque no había logrado consumar la violación en su último ataque.

Fue así que el 24 de septiembre de 1986, a las 19:15, retomó la cacería. La víctima seleccionada circulaba por Avenida Argentina y Pinar. La detuvo desde arriba del Peugeot 404 blanco y le manifestó ser policía. En este caso, adujo que estaba en medio de un procedimiento y que necesitaba que lo acompañara hasta la calle Estrada.

La adolescente subió confiada al ver la credencial que le exhibió, pero las dudas surgieron cuando Cuculich comenzó a dar vueltas por la ciudad y a hacerle preguntas intimidantes. El miedo se apoderó del cuerpo de la chica, que entró en shock y quedó sin poder de reacción.

El sátiro paró en una zona descampada de Alta Barda y bajo amenaza la obligó a desvestirse de la cintura para abajo, luego le pidió que le sacara a él el pulover bordó que llevaba puesto, le bajara los jeans y le sacara el calzoncillo blanco. Después, la violó. Ella era virgen.

Todas las acciones desplegadas son propias de un sádico que goza con la humillación y el sufrimiento de la víctima.

Finalmente, su sentido de impunidad le generaba tal seguridad, que se permitió acercar a la adolescente hasta la estación de servicio Esso de calle Doctor Ramón, donde la dejó bajar y le advirtió que no contara nada porque habría consecuencias.

La intimidación no funcionó, porque la joven les contó todo a sus padres y radicaron la denuncia. Días después, la joven vio pasar a Cuculich por Avenida Argentina a la altura del ADOS, por lo que sospechó que estaba nuevamente acechando y avisó a la policía, pero no se lo logró ubicar.

Noviembre

Cuculich tuvo un periodo de enfriamiento propio de estos cazadores. Sabía que lo estarían buscando por los ataques de septiembre y no quería arriesgar tanto.

Pero en noviembre volvió al ruedo. Se arregló y salió de su casa con destino a Neuquén en busca de una nueva víctima que saciara su perverso goce.

El 4 de noviembre de 1986, estuvo desde la mañana hasta la tarde en Neuquén visitando la obra de construcción de su propiedad en inmediaciones de la Ruta 22 y a algunos clientes. Luego, emprendió la cacería.

Alrededor de las 19, observó a una adolescente de 14 años que esperaba el colectivo en la esquina de Bouquet Roldán y Roca. La joven había concurrido al CEF Nº 1, ubicado una cuadra más arriba sobre la calle Roca, a entrenar.

El Serbio paró frente a la chica, bajó la ventanilla del acompañante y reeditó su modus operandi. Le exhibió la credencial de policía y le dijo que estaba realizando una identificación de personas, por lo que le pidió el documento. Como ella no lo tenía, Cuculich le dijo que la acercaría hasta su casa para corroborar la identidad y que si se negaba a subir, tendría que detenerla.

La chica subió al Peugeot 404 blanco, circularon por calles de Neuquén y luego la llevó en dirección a Centenario. En un descampado la obligó, siempre bajo amenaza de quedar detenida, a desvestirse y mantener relaciones sexuales con él en el asiento delantero del vehículo. Luego, la dejó en el centro de la ciudad y repitió su intimidación para que no contara nada.

Como en los casos anteriores, la adolescente les contó todo a los padres y radicaron la denuncia.

Ni a la Justicia ni a la Policía le cabía duda alguna de que estaban frente al primer caso de serialidad sexual de la provincia.

El instinto depredador estaba en un pico alto, por lo que el 6 de noviembre, 48 horas después del último ataque, Cuculich volvió a merodear por la zona del CEF 1. Esa tarde, la suerte quiso que la última víctima estuviera en el centro de deportes acompañada por su padre y ni bien vio pasar el auto blanco, le avisó rápidamente.

El padre de la joven acudió hasta la Policía y de inmediato se montó un operativo cerrojo en toda el área centro-oeste.

Finalmente, un móvil de la Policía procedió a demorar a Cuculich cuando trataba de subir al Peugeot a una chica con guardapolvo blanco a metros del Colegio María Auxiliadora.

El pompón del retrovisor

De inmediato se avanzó con los allanamientos en la casa del Serbio, en Cinco Saltos, donde la noticia les cayó como un balde de agua fría. Nadie en la localidad rionegrina lo podía creer. Cuculich era considerado un buen hombre, esposo, padre y un vecino respetuoso. Esa es una de las máscaras del psicópata: aparentar ser bueno e inofensivo. Su área de acecho, Neuquén, estaba alejada de la localidad donde llevaba adelante una vida “honesta”.

Todos los identikits que se confeccionaron con los relatos de las víctimas resultaron coincidentes y las ruedas de reconocimiento fueron lapidarias para el depredador. A esto se sumó su modus operandi, el ritual de la cacería y un detalle clave que brindaron las víctimas: un pompón blanco y rojo que colgaba del espejito retrovisor. Sobre ese objeto centraron sus miradas inocentes mientras el pánico las embargaba e inmovilizaba.

La fiscal de cámara Cecilia “Monona” Luzuriaga de Valdecantos le atribuyó a Cuculich tres delitos contra la honestidad (violación) y una privación ilegítima de la libertad (el de la chica de 16 años que logró zafar).

El defensor del violador, José Manuel Vivas Carreras, pidió la absolución de su cliente e indicó que en todo caso se encuadraran los episodios como estupro, figura que en ese entonces comprendía el consentimiento de las adolescentes por mantener esas relaciones.

“La denuncia se tomó delante de los padres, circunstancia esta intimidatoria que deja dudas, pues pueden haber mentido para justificar sus conductas”, intentó argumentar Vivas Carreras sobre el accionar del psicópata.

Los peritos, médico psiquiatra y el psicólogo, aseguraron en juicio que Cuculich era consciente de sus acciones y tenía sentido de la realidad, y advirtieron una psicopatía sexual con desviaciones perversas y sádicas.

“Arruinó sus vidas”

Los jueces de la Cámara Criminal Primera Arturo González Taboada, Federico Gigena Basombrio y Roberto Savariano aplicaron toda la fuerza que la ley tenía en ese entonces.

Incluso, destacaron que Cuculich realizó un “despliegue de violencia física y moral para vencer la resistencia de las víctimas”.

Seleccionaba jóvenes púberes, en una suerte de cacería donde descartaba a otras y avanzaba sobre las que apreciaba como más vulnerables, a las cuales les invocaba su calidad de autoridad (policía) y sabía o suponía que iban a acatar las órdenes impartidas.

La fiscalía y los jueces trataron la gravedad de las secuelas que implicaba para estas jóvenes vírgenes haber ingresado a la vida sexual tras una violación, a tal punto que señalaron que “arruinó sus vidas”.

También, en esa época los jueces tenían la creencia de que estos perversos podían curarse. “Al ser una persona mayor, casado con una profesional, padre de un hijo, un trabajo aceptable que le permitía ganar lo suficiente como para vivir con decoro y que, no obstante, y pese a que podía acceder a los remedios necesarios para solucionar un problema, nada hace y da rienda suelta a sus bajísimos instintos sexuales”, reza la sentencia.

Finalmente, el 7 de abril de 1988, por mayoría, la Cámara le dictó una pena de 24 años de prisión —en ese momento, el máximo era de 25 años­— por tres delitos de violación y uno de privación ilegítima de la libertad. Hoy, con la normativa vigente, estaríamos hablando de cuatro abusos.

La mirada del psicópata

La posición de sátiro frente a los delitos cometidos fue de total desconocimiento de su responsabilidad. Brindó una versión distorsionada de los hechos y hasta desplazó la responsabilidad a las adolescentes. Tampoco presentó sentimientos de culpa alguna.

Cuando los especialistas lo entrevistaban, en las distintas etapas del proceso de privación de la libertad, se mostraba “colaborador pero mendaz y fabulador respecto de sus antecedentes familiares e historia de vida”.

Por ejemplo, negaba estar separado de su esposa. La mujer no quería saber absolutamente nada con él y el hijo tampoco quiso reestablecer el vínculo con su padre, hasta estuvo en algún momento realizando trámites para sacarse el apellido paterno.

En los distintos informes que se realizaron sobre Cuculich, los especialistas advirtieron que tenía una organización psíquica pervertida, con un componente antisocial manifiesto en la conducta de sadismo sexual ya que su goce partía del dolor y la humillación de las jóvenes.

Salidas adaptativas

Durante su estadía en la prisión, pasó primero por la cárcel U9 y luego fue traslado a Esquel. Tras casi doce años en el sistema penitenciario federal, regresó a Neuquén a poco de inaugurada la U11 en el Parque Industrial en junio de 1995.

Nunca, durante los años de detención, recibió tratamiento, pese a que en varias oportunidades fue recomendado por los especialistas, solicitado por los defensores y ordenado por un juez, pero el Gobierno no cumplió con ese aspecto de la ley 24660, como en otros cientos de casos.

Cuculich fue visto por integrantes del Gabinete Técnico Criminológico cada vez que se cumplimentaban los plazos previstos en la ley y podía acceder a distintos beneficios como salidas transitorias, laborales y finalmente la libertad condicional.

Siempre se solicitó que, en el caso de otorgarle algún tipo de beneficio de salida, fuera “bajo un estricto control y supervisión, ya que en cualquier momento puede cometer un nuevo delito”. Es decir que, para los especialistas, el Serbio seguía siendo un peligro latente.

Pese a ello, había dos verdades absolutas: por un lado, por ley y comportamiento Cuculich estaba en condiciones de recibir los beneficios y, por el otro, él no era responsable de que el Estado no le brindara tratamiento. Ante este escenario, la Justicia no puede truncar los beneficios de un preso cuando el incumplimiento es del Estado. Es así que muchos internos regresan a las calles sin el debido tratamiento y proceso de readaptación social.

Lo cierto es que el sátiro de las vírgenes recibió en mayo de 1999 el beneficio de las salidas transitorias a la casa de su hermana, una jubilada municipal que residía en el barrio Santa Genoveva. Luego, en noviembre de ese mismo año, se le brindaron las salidas laborales para hacer trabajos en el barrio Los Pioneros de Centenario, en la casa de un viejo amigo.

La relación con esa familia era tan buena, que se aconsejó que continuara con dicho beneficio “para afianzar los vínculos afectivos para mejorar su adaptación en sociedad”.

Indultos y libertad condicional

Además de los beneficios que se obtienen por la progresividad de la pena, dispuestos en la ley 24660, en ese entonces el gobernador tenía la potestad de dictar indultos que se traducían en perdones completos o en rebajas de pena.

Para ello, el Tribunal Superior de Justicia (TSJ) debía solicitar informes criminológicos y, si estos eran favorables, se podía recomendar al Gobierno para que por decreto concediera dichas reducciones de condena.

Pese a que los informes siempre advirtieron sobre el riesgo de reincidencia del Serbio, también destacaban su buena conducta tanto en el penal como durante las salidas.

Fue así que Jorge Sobisch, en dos oportunidades, y Felipe Sapag, en una, le rebajaron la pena a Cuculich, el primer violador serial de la provincia.

En marzo de 1994, recibió una reducción de seis meses. En noviembre de 1995, le restaron cuatro meses más y finalmente, en octubre de 1999, le redujeron otros seis meses, por lo que la pena que se agotaba en noviembre de 2010 pasó a vencer en julio de 2009.

Esto también lo benefició para acelerar el cumplimiento de los dos tercios de la condena y solicitar la libertad condicional, que le fue otorgada en diciembre de 2001 con disposiciones clave del entonces Patronato del Liberado: notificar domicilio, someterse a tratamiento psicológico en el hospital regional y no acercarse a menores de edad en la vía pública.

Así, a los 57 años y tras permanecer detenido 14 años, once meses y 27 días, Cuculich volvió a las calles. La resolución dejaba en claro las contradicciones del sistema. Por un lado, se admitía la necesidad de brindarle un tratamiento eficaz al violador y, por el otro, se reconocía la imposibilidad de brindarlo y la negativa de Cuculich de asumir la responsabilidad de los aberrantes ataques.

Pese a este entuerto, el sátiro volvió a caminar bajo libertad condicional.

Depredador II

En un principio, el Serbio vivió en la casa de su hermana en el barrio Santa Genoveva y luego se mudó a un inquilinato en calle Richieri a un par de cuadras de la Jefatura de Policía.

Gozando de su libertad condicional, Cuculich continuó trabajando en la casa de su amigo en Centenario.

Su instinto depredador no se había extinguido, tal como lo advirtieron los especialistas.

En noviembre de 2002, fue denunciado en la Comisaría Quinta de Centenario por abordar a una adolescente de 16 años dentro del hospital de la localidad.

De acuerdo con la denuncia, mientras estaban en la sala de esperaba, Cuculich vio que había una chica de entre 13 y 15 años, se acercó a ella y tapándose la boca (como hacen los jugadores de fútbol en la actualidad) le decía cosas al oído. La adolescente buscaba evitarlo y por suerte la llamaron de la guardia antes de que el criminal pudiera intentar algo.

En ese momento, el sátiro se sintió frustrado y salió del hospital. En la vereda, se encontró con una joven de 16 años y entabló una conversación sobre el tiempo de espera y después le dijo que era profesor y que podía ayudarla en lo que necesitara. En ese momento, apareció el padre de la adolescente, que fue quien radicó la denuncia, ya que con anterioridad había visto la escena en la sala de espera de la guardia.

Dos meses después, el 27 de enero de 2003, el sátiro avanzó sobre una joven que caminaba a la altura del Club Ceppron sobre calle Río Negro, en horas de la siesta. Comenzó preguntándole por una calle y después avanzó sobre cuestiones personales y sus “deseos de volverla a ver (al día siguiente) en el puente cerca del club Biguá”, según consta en la denuncia.

Por estos episodios, en los que coinciden las descripciones brindadas con las características físicas y particulares del depravado, a Cuculich no se le quitó el beneficio de la libertad condicional debido a que no se concretaron los ataques.

Finalmente, en julio de 2009, el sátiro de las vírgenes terminó de pagar su condena y quedó en libertad. Para los especialistas, nunca se modificó el riesgo que representa Cuculich.

En la actualidad, vive en Neuquén, tiene 77 años y nunca volvió a tener vínculo alguno con su ex esposa y su hijo.

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