La memoria oficial de la guerra a nivel nacional tiene dos grandes hitos separados por 31 años de distancia: la confección del Informe Rattenbach en 1983 y la inauguración del Museo Malvinas en 2014. Los huecos entre el informe y el museo se fueron llenando con el trabajo de grandes académicos como Federico Lorenz y Rosana Guber; las medallas y los cenotafios construidos por el Estado; y el relato de los veteranos.
Las crónicas de la guerra y su posguerra fueron largamente transpiradas por ellos cuando tuvieron fuerza para romper el silencio y la discriminación. Así se fue conociendo -desde los límites propios del relato individual- cómo se movieron las tropas; sus armas; y el amargo fruto de la derrota. En lo dicho, la crítica a lo vivido emerge más o menos según se trate de soldados, civiles, oficiales o suboficiales, del Ejército, la Marina o la Aviación; hombres o mujeres. La mayoría confluye en disimular la fragilidad experimentada cuando afuera llueven o nadan las bombas buscándote. Se entiende: confesarlo sería volver al combate y, además, iría en desmedro de cierta “derrota valiente” que la sociedad alguna vez les exigió demostrar con sus condecoraciones y palabras. "Puestos a que nos arranquen el pellejo al menos vendamoslo caro" resumiría el gran Arturo Pérez-Reverte.
El relato de lo sucedido en Malvinas les pertenece a ellos, y fue su monopolio hasta que las militares también pudieron alzar la voz reivindicando su participación. La ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2015 Svetlana Aleksiévich nota que las mujeres cuentan guerras distintas a las de los hombres. Leyéndolas se descubrirá si aquí adoptaron o no el modo de contar de sus compañeros.
Lo importante a rescatar hoy es que todavía existen otras mujeres “invisibles” que, paradójicamente, están a la vista de todos cada 2 de abril.
Se trata de las compañeras de vida de los mismos veteranos de guerra, o sus madres, o sus hermanas. De ellas se sabe poco. Fueron las que vivieron con angustia la partida de quien marchaba al frente. Una angustia que no pudieron compartir porque aguaba la fiesta popular de aquel 2 de abril de 1982.
Fueron también las primeras víctimas de la desinformación o las que, de repente, afrontaron la crianza de uno, dos o más hijos en soledad. También fueron las primeras que, sin ningún doctorado en Psiquiatría, trataron el estrés postraumático y, en algunos casos, las adicciones que lo mitigan: “sólo te pido un favor que no me dejes caer en las tumbas de la gloria” grita Fito Páez en una vieja canción sobre amores que lo resisten todo.
Ellas despedían al que se iba, y recibían lo que volvía, o esperaron largos 40 años para saber dónde exactamente dejar una flor en el cementerio de Darwin, o en el mar. Muchas coinciden en alguna de estas cinco cosas: acompañan en silencio; saben poco de la guerra porque sus compañeros no les cuentan demasiado; tuvieron que ser económicamente creativas cuando las pensiones llegaron tarde o no alcanzaban; el Estado falló y la sociedad fue cruel.
Neuquén cuenta con un Archivo Oral de las Memorias de Malvinas. Quizá todavía estemos a tiempo de sumar otras políticas públicas para reparar ese desencuentro, esa falta de escucha a quienes, desde 1982, siguen en la primera línea del frente de batalla de la posguerra. Esa sería también una auténtica conmemoración.
Estas mujeres despedían al que se iba, y recibían lo que volvía, o esperaron largos 40 años para saber dónde exactamente dejar una flor en el cementerio de Darwin, o en el mar.
Mario Flores Monje es licenciado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales e hijo de Mario Flores, tripulante del Crucero General Belgrano que fue bombardeado por los ingleses durante la Guerra de Malvinas. Actualmente integra la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas de Neuquén.
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