Un padre aprieta las palmas de las manos contra la ventanilla mientras se despide de su hija de 5 años, que está arriba de un tren en la estación de Kiev rumbo a Lviv. En el mismo lugar, un hombre abraza fuerte a su mujer que está pronta a subirse a un tren de evacuación, y un niño le agarra la pierna a su papá antes de abordarlo. Es el dolor previo a la despedida donde las miradas llenas de incertidumbre no se pueden ocultar.
Son algunas imágenes tomadas por fotógrafos de agencias internacionales en la estación de Kiev, en la estación del dolor, que reflejan lo que ha provocado la invasión rusa a Ucrania: la separación de las familias. Las despedidas de mujeres, niños y adultos mayores para escapar de las bombas, del terror, de la muerte.
Imágenes que se repiten por miles. Los hombres de entre 18 y 60 años no tienen permitido abandonar el país. Están obligados a enlistarse para luchar en la guerra contra Rusia. Cuando se despiden de sus mujeres, de sus hijos, se dan fuerza al grito de “¡Gloria a Ucrania!”.
Otra de las imágenes muestra a una mujer que llora en un alojamiento temporal para refugiados ucranianos emplazado en una escuela primaria en el este de Polonia. Un millón de personas han huido de Ucrania, “desarraigadas por esta guerra sin sentido, rara vez he visto un éxodo tan rápido como este”, expresó Filippo Grandi, el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el organismo de las Naciones Unidas encargado de proteger a los refugiados y desplazados por persecuciones o conflictos.
El mundo de estas familias se ha desmoronado. Bien lo dijo una mujer ucraniana: “El infierno se está convirtiendo en costumbre”.
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