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La Mañana Caso Aigo

"Enfrentamos al monstruo del narcotráfico y la guerrilla"

A ocho años del crimen del sargento Aigo. Al pie de la tumba del sargento, familiares y compañeros reconocen que el brutal crimen destapó una olla muy pesada en la provincia.

Por Guillermo Elía - [email protected]

En Junín de los Andes, en el corazón de la Pampa del Malleo y al pie de la tumba del sargento José “Cochele” Aigo no hay secretos. Ahí, en el cementerio familiar donde descansan tres generaciones de Aigo, las palabras brotan como agua de vertiente y los recuerdos están a flor de piel.

Cada septiembre, los hermanos del sargento asesinado el 7 de marzo de 2012, a manos de dos guerrilleros chilenos que permanecen prófugos, cumplen con un ritual particular: van juntos a limpiar el camposanto familiar. Sacan los yuyos, cortan el pasto y acomodan las tumbas. Después de la tarea, la tarde sigue de mateada. “Ahí se lo recuerda mucho a Cochele entre risas y lágrimas”, cuenta Marcela, la hermana que encabeza la lucha.

El ritual se repite a 8 años del crimen, pero esta vez LMN está con la familia y compañeros de Cochele compartiendo ese momento en un emotivo atardecer.

Una olla muy heavy

Marcela Aigo es docente y la voz de la familia en una lucha que no cesa, pero que desgasta. Los Aigo debieron enfrentar dos duelos a la fecha. El de Cochele y el de la Justicia, de la cual están todos descreídos porque primero condenaron a Juan Marcos Fernández, quien transportaba a los guerrilleros, por falso testimonio y encubrimiento, y luego lo absolvieron.

“Los Aigo podemos contar que la muerte de Cochele destapó una olla muy heavy a nivel social. Quizás para los que se manejan dentro del narcotráfico y la movida de los grupos guerrilleros era normal, pero para la gente común no. Después de la muerte de Cochele, se destapa el pasaje constante de esta gente por la zona, los contactos que tenían, la gente que los ayudaba. Salieron a la luz un montón de cosas. Nosotros como familia nos enfrentamos a este monstruo del narcotráfico y la guerrilla, y somos diminutos ante ellos, porque ellos pueden comprar políticos y jueces, y nosotros, ciudadanos comunes, no podemos cambiarlo”, afirma con amargura Marcela.

Podemos contar que la muerte de Cochele destapó una olla muy heavy a nivel social

“Como familia tratamos de estar un poco mejor, de estar juntos, compartir el dolor, pero no deja de conmovernos estas fechas porque son días muy estremecedores que te invitan a pensar a Cochele y te hacen volver a esa noche de dolor del 7 de marzo de 2012 y vuelve a removerse este hecho injusto y la falta de claridad del sistema, pero a pesar de eso vamos a seguir luchando”, asegura la docente, que también nos acompañó hasta el descanso que hay en la Ruta 23 justo en la escena del crimen.

Una espera que estremece

Doña Clarisa, mamá del policía, reza siempre por todos sus hijos y el ritual lo repite cada vez que va al cementerio a visitar a José o Cochele, como le puso el abuelo. “Supongo que significaba algo en mapuche, pero nunca supimos qué era”, explica la mujer, que a los 68 años goza de una tenacidad admirable, pero nada es gratis y la impunidad también le cobra cuentas a su cuerpo, aunque con mucho empeño ella da pelea.

Tras cerrar un breve rezo al pie de la tumba de su hijo, Clarisa cuenta que le costó mucho dejar ir a José. “Yo lo tuve muerto en mis brazos, arriba de una camilla. Yo vi dónde le dieron cada uno de los tiros y su sangre, pero no lo dejé ir. Durante seis meses estuve esperando que él viniera. El primer mes fue difícil porque con mi esposo veníamos todos los días a llorarlo a la tumba y a veces se nos pasaba el día sin comer. La gente nos venía a visitar para vernos llorar. Seis meses me llevó dejarlo ir”, repite entre lágrimas.

Clarisa cuenta que le costó mucho dejar ir a su hijo José

En la ronda improvisada alrededor de la tumba de Aigo, la mamá, esa mujer que dio a luz a ocho hijos, cuatro varones y cuatro mujeres, que ha trabajado como portera y soportado veranos implacables e inviernos gélidos, nos relata de qué habla con José en sus visitas al cementerio. “Yo le pregunto cómo anda, le cuento que se lo extraña mucho (silencio y lágrimas). La única vez que lo soñé, mucho después de dejarlo ir, lo pude ver y oír que me hablaba y me decía: ‘Mamá, no se preocupe que estoy bien acá’. Esa fue la única vez que me habló”, cuenta Clarisa con una tristeza inmensa.

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