Entre el amor y el odio, aquellos años en los que Neuquén se enfrentó por Evita

En Neuquén capital se cambió el nombre de la Avenida Eva Perón por el de Avenida Argentina. En varias ciudades destrozaron las imágenes peronistas. Felipe Sapag alcanzó a salvar una.

Mario Cippitelli

cippitellim@lmneuquen.com.ar

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Repasando los comentarios que se publican en las redes sociales con motivo del centenario por el natalicio de Eva Perón, se nota –sin sorpresas realmente- lo que generó y seguirá generando el nombre de “Evita” o la “abanderada de los humildes”, como la recuerdan los peronistas con cariño, y todas las críticas que llegaron inmediatamente por parte de sus detractores, los antiperonistas o “gorilas”, como los tildaban sus defensores.

La figura de Eva Perón fue –a partir del golpe militar del 55- la imagen más atacada por el antiperonismo por una sencilla razón. Hacía muy poco (tres años) que había fallecido y en todo el país se habían levantado monumentos a modo de homenaje. Tanta era la devoción que hasta se habían rebautizado pueblos con su nombre. Su muerte tuvo un impacto político y social tan importante que las exequias se extendieron durante dos semanas.

En Neuquén –como en el resto del país- la tan mentada grieta de la que tanto se habla hoy también había dejado gente a uno y otro lado. Y la furia hacia la iconografía peronista, especialmente contra la figura de Eva, se desató en toda su magnitud al día siguiente de la denominada “Revolución Libertadora” que derrocó a Perón, el 16 de septiembre de 1955.

En la ciudad de Neuquén, el primer acto de desperonización tuvo lugar en pleno centro de la capital, frente a la Catedral. Un grupo de personas ató cuerdas al busto de Eva y literalmente lo arrancó del lugar, en medio de festejos y algarabía. Poco tiempo después también se tomaría una medida política para cambiar el nombre de la principal calle de la capital. La Avenida Eva Perón pasaría a denominarse “Avenida Argentina”.

En cada pueblo de la provincia de Neuquén se repetían imágenes semejantes. Las unidades básicas eran prácticamente desmanteladas y cualquier panfleto, busto o monumento, destruido.

En aquel entonces, Felipe Sapag era el presidente del Concejo Municipal de Cutral Co, aunque el pueblo petrolero se llamaba “Eva Perón”. Dos años antes, una impresionante nevada había castigado con fuerza a aquella comunidad y Don Felipe solicitó a las autoridades justicialistas que intercedieran ante el gobierno nacional para que lo ayudara. En cuestión de días, varios camiones con ropa de abrigo, mercadería y todo tipo de materiales llegó al pueblo desde la Fundación Evita.

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En agradecimiento, Sapag solicitó al gobernador Pedro Luis Quarta que renombrara la localidad. Como homenaje se llamó “Eva Perón”, aunque ese bautismo duraría poco. Lo mismo ocurriría con la provincia “Eva Perón” (La Pampa) y la provincia “Presidente Perón” (Chaco).

Conocidas las noticias de desmanes que llegaban desde la capital y de otras ciudades, en Cutral Co los militantes peronistas estaban desesperados por tratar de salvar todas las imágenes de sus líderes, especialmente el busto recientemente inaugurado de Evita con motivo de aquella ayuda que se había recibido por el temporal.

“Como veíamos que habían roto bustos, propagandas, etc, y como estaba el monumento a Evita en Carlos H. Rodríguez y Avenida del Trabajo, juntamos un grupo de conocidos y gente amiga y, con la colaboración de un compañero que era albañil, sacamos el busto de Evita que era de bronce y lo llevamos dos o tres cuadras hasta el local del partido”, relataría años después Felipe Sapag.

Durante varios años se habló de la misteriosa desaparición de esa efigie hasta que en 1973, durante la gestión de Sapag (ya como gobernador y por el MPN), recibió en Neuquén la visita de un amigo de la familia y trabajador de YPF que le traía como obsequio aquel busto que habían estado buscando durante tanto tiempo. Osvaldo Santos Valet –tal el nombre- le explicó que fue él el que se lo llevó de la Unidad Básica y que lo guardó en silencio durante todos esos años.

Felipe le agradeció el gesto y decidió trasladarlo a la Legislatura para que estuviera en el hall de entrada. Sin embargo, el golpe de 1976 volvió a cambiar el destino de aquella imagen.

Ante el temor de que lo volvieran a robar o querer destruir, ese mismo 24 de marzo el gobernador dio una última orden a sus colaboradores: “Vayan a la Legislatura y traigan el busto de Evita”. La orden se cumplió y la estatua fue escondida por el propio Felipe en una buhardilla de su casa y hoy es parte de los recuerdos que atesora la familia Sapag en su vivienda de la calle Belgrano.

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