Soledad, violencia y religión: el arte tumbero que aún perdura en las celdas de la U9

Mujeres desnudas, San La Muerte, el Gauchito Gil, cocaína, sangre y armas. Las paredes del excomplejo penitenciario todavía cuentan las historias de los reclusos que ya no están.

Por Mario Cippitelli - Cippitelim@lmneuquen.com.ar

Siempre me despertó curiosidad la cárcel U9. Constantemente fue para mí una rara mezcla de fascinación y morbo tratar de saber cómo era el lugar donde vivían centenares de personas que habían cometido un delito y que estaban saldando cuentas con el precio de su libertad.

Tuve la oportunidad de recorrer un pabellón cuando el edificio quedó en manos de la provincia para su posterior traslado, pero no había podido conocer la totalidad del predio. Ahora que el lugar quedó completamente liberado pensé que sería una buena idea visitarlo nuevamente para ver qué había quedado dentro de cada una de las celdas individuales de los pabellones. Un amigo que recorrió el edificio me había contado que en las paredes de los calabozos había una serie de manifestaciones artísticas que consistían en dibujos, frases y reflexiones que valía la pena mirar para escribir una crónica. Y así comenzó la historia de esta nota.

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Llegamos con Ezequiel, el camarógrafo del diario, a las 17 en punto como había acordado la visita. Nos recibió Florencia Puentes, una de las empleadas administrativa que se encarga de las recorridas que se ofrecen al público y que conoce la cárcel como nadie. Antes de que las autoridades penitenciarias se fueran, le dieron un curso breve pero intensivo sobre la historia del presidio. Le explicaron cómo estaban dispuestas las instalaciones, cómo era el funcionamiento del penal, de qué manera se clasificaban a los presos de acuerdo al delito que cometieron y su grado de peligrosidad. En definitiva, parece que Florencia hubiera trabajado allí desde siempre porque sabía con muchos detalles todo lo relacionado con la historia de aquel edificio donde funcionó la cárcel.

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Mientras comenzábamos la recorrida, le recordé que el motivo de mi visita era conocer el arte de los presos que quedó plasmado en las paredes. Florencia me sonrió y me dijo que había muchísimo para ver, que había que recorrer todo el lugar con paciencia.

Desde que trasladaron la cárcel, los pabellones quedaron prácticamente desmantelados. Se aprovecharon ventanas, puertas, rejas, tablas, vidrios, cualquier material que pudiera ser reciclado. Por eso lucen destruidos, como si hubieran sido bombardeados, sin más luz que la natural, que es poca y en algunos rincones no existe.

Solo sigue en pie la estructura, el cascarón del edificio, los pisos rotos y gastados, las escaleras negras y lúgubres y esas paredes sucias que alguna vez se usaron como un lienzo para expresar sentimientos de esperanza, bronca, amor y resignación.

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Avanzamos por un largo pasillo hasta el fondo del edificio, donde se abría otra galería en las que se ubicaban las celdas individuales. Allí me encontré con el primer dibujo.

Se trataba de una mujer saliendo de una playa. Tenía lo senos desnudos y los pezones marcados y oscuros. Se alcanzaba a ver que usaba una tanga, pero había sectores de la pared que estaban desdibujados y descascarados por la humedad y el paso del tiempo. La joven lucía sonriente, como si hubiera estado posando para una foto. Detrás de su cuerpo había un yate lujoso anclado en el mar, cerca de la costa. Completaban el cuadro un cielo azul y varias gaviotas. Eran el erotismo y libertad en estado puro.

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Avanzamos unos metros y encontramos una nueva obra artística en una celda vecina. Otra mujer desnuda. Arrodillada, de perfil, como mirando al espectador, mientras un hombre aspiraba unas líneas de cocaína que estaban sobre su cadera. Los dos tenían tatuajes en todo el cuerpo. Ella estaba sonriente; él, concentrado en aspirar la droga con un sorbete de plástico. El dibujo era realmente llamativo. Estaba bien hecho. Me pregunté si se trataba de una expresión de deseo o del recuerdo de una noche de vicio y placer. Sólo lo sabe quien trazó esas líneas.

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A medida que avanzamos en la recorrida aparecieron más figuras femeninas. Indudablemente era un tema recurrente en un lugar donde vivieron hombres solos y encerrados durante años. Todas las mujeres que estaban retratadas en las paredes tenían una pose sensual. Todas estaban desnudas y lucían curvas pronunciadas. Todas mostraban, insinuaban, provocaban, sonreían. Me llamó la atención lo bien dibujadas que estaban, respetando proporciones anatómicas, facciones que parecían haber sido retratadas de una modelo, aunque eso era imposible en una cárcel de máxima seguridad. Y mucho menos en una celda de dos metros por dos.

De repente, sentí que las minúsculas habitaciones ubicadas a lo largo del pasillo se convertían en un conjunto de exposiciones artísticas con una amplia variedad de motivos, como si se tratara de varias salas dentro de un mismo museo. Cada una tenía el sello personal del autor. Algunas con terminaciones más logradas que otras. Cada lugar estaba decorado con una temática predominante.

Caminé despacio y me asomé a otra celda. Allí vi las primeras armas dibujadas, otro tema que se repetiría en las paredes. Había muchas y de una amplia variedad. En este muro alguien dibujó una pistola 9 milímetros con todos los detalles: se podía apreciar las cachas de la empuñadura, el cañón, la corredera y hasta la marca “Taurus”, de fabricación brasileña. A pocos centímetros de distancia se imponía el dibujo de un AK 47, el legendario fusil creado por el ruso Mijail Kalashnikov, en 1947, y que todavía se utiliza para matar personas tanto en guerras como en robos con la misma eficacia. Indudablemente, quien habitaba ese lugar tenía fascinación por las armas. Y seguramente sabía usarlas.

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En otras celdas cercanas del mismo pabellón la temática artística era similar: abundaban cuchillos, revólveres, espadas y hasta rifles con mira telescópica. Todos estaban dibujados con los detalles más minuciosos y parecían formar parte de una extensa exposición, colgados imaginariamente en la pared.

Pero no todo era armas y mujeres. También había espacio para la mística y la religión.

San La Muerte, una deidad popular no reconocida por la Iglesia Católica, se encontraba presente una y otra vez en las paredes de la cárcel. Se trata de la imagen de la mismísima “Parca”, muy venerada en todas las poblaciones carcelarias y a cuya figura se le hacen ofrendas a cambio de protección y riqueza. De cuerpo entero, con una guadaña, mostrando la calavera apenas tapada con la capucha negra, el santo prohibido fue motivo de devoción y bien merecía un retrato en esas paredes descascaradas. ¿Cuáles sería el pedido y la promesa del que realizó el dibujo? Nadie lo sabe.

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Seguía avanzando por los pasillos, me asomaba a las celdas y me iba encontrando con más arte carcelario y más figuras populares de los cultos paganos.

En varios de los habitáculos aparecería el Gauchito Gil, otro santo que alguna vez fue motivo de inspiración en el viejo presidio. Una pintura lo ubicaba arrodillado al lado de San La Muerte, como si el paisano correntino le estuviera pidiendo un favor. También se lo podía apreciar en otros dibujos de manera solitaria, con su vincha y pañuelo rojo, su abundante bigote bajando hasta la barbilla y su cuchillo guardado en la faja del mismo color.

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A medida que recorríamos los pabellones podíamos sentir la mística y la espiritualidad de algunos de los presos que canalizaron de esta manera el encierro, aunque Florencia me dijo que había una celda que tenía el primer lugar del podio de la devoción y las creencias religiosas. Le pedí que me condujera allí y caminamos varios metros por el pasillo hasta que llegamos a una celda escondida entre las penumbras.

En este espacio no había lugar para mujeres desnudas, armas o santos populares. Las cuatro paredes estaban completamente cubiertas por salmos, pasajes de la Biblia y oraciones a Dios, a tal punto que era prácticamente imposible agregar algún escrito más. Todo estaba prolijamente anotado con letras pequeñas que apenas se podían leer sin la luz artificial, puesto que se trataba de una de las celdas más oscuras del primer piso, una de las tantas que no dan al exterior. La claridad del sol sólo llegaba de rebote. Era un lugar lúgubre donde parece haber habitado el creyente más fiel entre los creyentes de la cárcel. Pero no se sabía quién era (o quién había sido) ni el delito que cometió.

Mientras seguíamos recorriendo los pasillos le comenté a Florencia que me llamaba la atención la falta de dibujos o expresiones que hicieran referencia al amor, no en términos religiosos sino terrenales, pero finalmente encontramos algunos pocos garabatos escondidos entre numerosas frases e ilustraciones.

“Dany: te amo,” era una tímida confesión o acaso un mensaje sin destino que se podía leer en el rincón de un calabozo. “Te amo, Mica”, escribió alguien en otro muro, tal vez pensando en su novia o esposa. No había mucho más que algunos “te quiero” o “te extraño”.

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Esa ausencia de expresiones amorosas podría tener sus fundamentos en la falta de relaciones. Florencia comparte la explicación que le dieron los guardias de la cárcel: muchos de los presos quedaron solos cuando entraron a la prisión y sus contactos sentimentales a veces eran meramente virtuales. Se trataba de vínculos con mujeres que no habían visto nunca y a las que habían conocido a través de comunicaciones telefónicas en programas de radio. Amistades; sólo eso. Nada de amor.

La recorrida por los pasillos de los distintos pabellones siguió de manera lenta y pausada, ingresando a las celdas, mirando los detalles, sacando fotos con mi celular. Por un momento me sentí extraño al no utilizar mi libreta de apuntes y mi birome, como en cualquier cobertura periodística que hago habitualmente. Pero no hacían falta anotaciones. Las imágenes hablaban por sí solas.

Eran tantos los dibujos que había en cada celda que intenté elegir los más originales o los que me llamaban la atención, como algunos que representan a los barrios, ciudades o lugares de pertenencia.

En una celda alguien se inspiró en Fuerte Apache, el barrio donde se crió Carlitos Tevez, pero este muro rememoraba a “la banda de Los Capucha”, agrupación a la que seguramente perteneció el autor. Se podían ver tres edificios dibujados con un lápiz negro al estilo naif, sin mayores detalles que unas ventanas rayadas y abajo un número de teléfono con característica de Buenos Aires. Vaya uno a saber por qué.

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En otra celda había una pintura de otro barrio que, curiosamente, reflejaba al mexicano M18, donde habitan temibles pandillas, famosas por su violencia y su crueldad. Me pregunté si el preso que realizó el dibujo lo conoció personalmente o simplemente creó esa imagen a partir de la televisión, de las revistas o de alguna película. Imaginé por un momento que podría ser un preso oriundo de México. La ilustración tenía varios edificios, casas y era lo más parecido a una barriada.

Seguimos caminando y Florencia me anunció que nuestra próxima parada sería el Pabellón 11, al que los guardias llamaban “La Villa”. Me dijo que se trata de “EL PABELLON”, así, con mayúsculas.

Subimos por la última escalera que da al tercer piso y allí estaba. Las paredes tan sucias como las de las otras celdas, pero limpias de dibujos y frases. En este conjunto de calabozos vivían los presos más peligrosos, los que estaban clasificados por su nivel de violencia, los que –aparentemente- no se molestaban ni siquiera en rayar la pared. Los calabozos se veían más rotos, mucho más descuidados, como si los que allí se alojaron hubieran descargado su furia una y mil veces contra las instalaciones. Una enorme mancha de sangre en una pared era el testimonio de algún episodio que quedó estampado de la manera más brutal. No pude saber si había sido algo reciente. Nadie se molestó en limpiarla.

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Aunque cueste imaginarlo, quienes protagonizaban peleas o desórdenes dentro de la cárcel tenían como destino un espacio más miserable que cualquiera de las celdas de dos por dos donde vivían todos los días. Ese destino era “La Leonera”. El diccionario de la Real Academia Española define esta palabra como el “lugar donde se encierran leones”. El término es por demás elocuente.

Le pedí entonces a Florencia que me acompañara hasta aquel espacio de castigo. Me dijo que sí, pero me aclaró que ella no iba a entrar: era "demasiado fuerte”.

Mientras bajamos las escaleras traté de imaginarme lo que debía ser aquel calabozo de aislamiento para que nuestra guía, que conocía hasta el último rincón de ese edificio en ruinas y estaba acostumbrada a ver la miseria carcelaria en su máxima expresión, no se animara a entrar.

La Leonera funcionaba en la planta baja de la cárcel. Se accedía por una pequeña escalera que daba a un cuarto sin luz ni ventilación. Ahora que ya no había electricidad en el edificio no quedaba otra que bajar a oscuras una docena de escalones hasta llegar finalmente a ese habitáculo de ambiente rancio que nunca había visto el sol.

Florencia abrió la puerta y se quedó parada al costado con una sonrisa, como recordándome que no tenía intención alguna de ingresar. Bajé despacio tanteando cada peldaño. Afortunadamente me acompañó Ezequiel.

La luz del teléfono celular me permitió descubrir que allí sí hay expresiones de todo tipo, aunque muy particulares. Los presos que quedaban confinados por su mala conducta se dedicaron a dejar mensajes amenazadores a otros reclusos que –supuestamente- eran los culpables de ese castigo. “No te dieron las patas para correr ¿te acordás? Todo es venganza algún día, gil”, rezaba uno de los escritos. Leí la frase una y otra vez tratando de imaginarme la situación y el por qué del enojo del que lo escribió. Intuí que, por miedo, el destinatario de aquella bronca no lo acompañó a hacer algo que habían acordado y que por eso el castigado descargó su furia en ese escrito.

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Caminé despacio y a ciegas. Repasé la pared con el teléfono y entre la luz noté que había polvo en suspensión y hasta algunos insectos volando. Podían ser moscas o mosquitos. Preferí no averiguarlo. Tampoco me animé a iluminar el piso.

Desde que la prisión fue desmantelada, la zona de los pabellones quedó a merced de insectos, todo tipo de alimañas y hasta ratas, por lo que cada rincón del presidio tenía un plus de miseria.

Seguí concentrado en las paredes de La Leonera tratando de encontrar más frases o mensajes. En realidad, las paredes estaban repletas, pero costaba entender las oraciones que -en algunos casos- se superponían con otras.

“No te olvidés que vos tenías que bajar a la cancha a pelear con el Juan y no bajaste, cobarde”, rezaba una suerte de recordatorio. Muchas veces se pactaban peleas entre los presos. Y se hacían en los espacios comunes, como los patios internos, en los momentos de esparcimiento. El destinatario de este mensaje indudablemente era uno de los gladiadores que tenía que bajar a la arena del circo, pero no lo hizo. Traté de imaginarme qué tipo de pelea sería. Tal vez un anunciado duelo a muerte.

Los mensajes fueron alguna vez una suerte de clasificados intimidatorios que seguramente leerían otros que corrían la misma suerte. Una forma de comunicación muy particular y tardía, pero que, en algún momento, llegaba a destino. Solo era cuestión de tiempo.

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El aire enviciado por el encierro me hizo toser y a medida que pasaban los minutos se volvió irrespirable. Inevitablemente pensé lo que sentirían aquellos castigados que pasaban días enteros entre esas cuatro paredes, cargados de resentimiento, de odio, esperando revanchas para cobrar viejas deudas. Le pedí al camarógrafo que nos fuéramos, aunque quedaran decenas de escritos por descubrir. La visita a La Leonera había sido tan breve como intensa.

La recorrida por la cárcel finalmente terminó, por lo que caminamos los últimos metros del pasillo hasta una enorme puerta que daba a uno de los patios internos.

Al salir, Florencia, Ezequiel y yo tomamos una bocanada de aire, mientras notamos cómo comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia sobre las baldosas. Los tres respiramos profundamente. Sentimos y disfrutamos el olor de la tierra mojada y de los pocos árboles que sobreviven en otro de los patios adyacentes. No hacía falta decir nada. El contraste de ambientes era obvio.

Antes de despedirme de mi guía y de agradecerle su predisposición y su paciencia, me di vuelta y miré por última vez el edificio fantasma, de muros rotos y ventanas arrancadas. Costaba creer que era la U9, la otrora poderosa cárcel de máxima seguridad que ahora agonizaba entre sus escombros.

Hoy la prisión es apenas una ruina, un testimonio de miseria y encierro, en cuyas paredes también mueren todos los días aquellas manifestaciones de arte, soledad y reflexión que alguna vez pintaron sus habitantes.

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