Napoleón es humano. El mejor entrenador de la historia de River también se equivoca. Menos que el resto, está claro. Pero ayer, en una final, los “errores” no pasaron inadvertidos. Dio la sensación que en lugar de Lucas Pratto, de flojo presente, debió entrar Nacho Scocco, de gran actualidad en uno de los cambios que introdujo el Muñeco.
También los hinchas de River esperaban que pusiera un ratito a Juanfer Quintero para liquidar la historia y quizás marcar otro tanto memorable en una final de la Libertadores.
Nada de ello sucedió. Además, pareció quemar todos los cartuchos en la primera etapa, que vale decirlo fue muy buena para el Millonario. Quizás apostó a eso, a resolver el pleito en el primer tiempo con un despliegue físico notable.
Muy riesgoso si esa fue la táctica. En el complemento, River casi que no pateó al arco, se limitó a defender, sin piernas encima.
Los fanas de River seguramente no le reprocharán nada al técnico que es Gardel en la entidad de Núñez, el que los llevó a tres finales de Libertadores, a 15 definiciones en apenas cinco años.
Pero es la función del periodista de analizar las situaciones. Y así como se lo suele llenar de elogios, esta vez corresponde marcar que el Muñeco no estuvo con todas las luces, sin los reflejos que mostró en sus hazañas.
Tampoco lo ayudó la defensa riverplatense, pues si Pinola y compañía no pifiaban en los minutos finales tal vez estas líneas se hubieran llenado con un contenido de otro tenor. Pero así es el fútbol. Lo que está claro es que Gallardo es humano. También falla, como todos.


