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La Mañana Nepal

Gracias a Nepal, pudo ver la otra cara de la pandemia

La neuquina Jennifer Taylor estuvo varada cuatro meses en Asia.

Jennifer Taylor había perdido la pasión por lo cotidiano y estaba atravesando un duelo familiar cuando decidió irse tres meses a realizar montañismo a Nepal. Originalmente había pensado el viaje como algo más espiritual e iba a ir solamente a India, pero después sumó al otro país asiático al recorrido. Partió el 8 de enero, la agarró el “lockdown” o cuarentena total allí y recién regresó a Argentina más precisamente a San Martín avanzado octubre; después de diez meses de haber estado viviendo en las condiciones más modestas, rodeada de monumentos montañosos naturales, y tras ser partícipe de una misión solidaria que involucró a nueve voluntarios más que cocinaban a diario para nepalíes en situación de calle.

Pero eso es solo un resumen. Para la esquiadora profesional y representante de Argentina de los Juegos Olímpicos de Invierno Noruega 1991, este gran problema llamado pandemia también “puede iluminar ciertas experiencias y recabar algunas soluciones dentro del contexto”.

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“Empecé a participar de la ONG por una cuestión de necesidad y egoísmo, por llamarlo de alguna manera, porque era claro que para abril no había posibilidades de regresar a casa mediante vuelos de repatriación y yo necesitaba extender mis ahorros para sobrevivir y además porque en ese lugar me daban de comer gratis”, reflexiona.

“Empecé a participar de la ONG por una cuestión de necesidad y egoísmo, por llamarlo de alguna manera, porque era claro que para abril no había posibilidades de regresar a casa”. “En Nepal, muchas personas viven el día a día, es decir, trabajan largas jornadas para poder tener algo que cenar por la noche; otras, los llamados porters, tal vez ni siquiera tengan hogar”, dijo Jennifer Taylor, Participó en los Juegos Olímpicos de Invierno en 1991

Jenny Taylor. “Sin embargo, cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, me sonreí a mí misma y no quise parar aun cuando tuve posibilidades de subirme a un vuelo en julio”, recalca. “Mi labor era ahí, ayudando a cocinar y repartiendo las viandas para los cientos de personas con las que nos habíamos comprometido”, dice la esquiadora profesional de 43 años.

El 25 de abril de 2015, un terremoto de 7,9 grados en la escala de Richter azotó la República de Nepal y dejó más de ocho mil fallecidos y millones de afectados. Así nació Hugging Nepal, compuesto por un grupo de personas que, tras la tragedia, se unieron de forma espontánea y autogestionada para prestar ayuda directa a los afectados por la catástrofe. En un primer momento ayudaban a levantar las casas, brindaban alfabetización y también cocinaban para las personas que lo habían perdido todo.

Jennifer Taylor

En pandemia, con el lockdown que se decretó en el país finalizado marzo, hicieron algo similar. “En Nepal, muchas personas viven el día a día, es decir, trabajan largas jornadas para poder tener algo que cenar por la noche; otras, los llamados porters, tal vez ni siquiera tengan hogar, viven en la calle y durante el día acarrean cualquier bolsa o cosa que se les encargue con la sola ayuda de una correa, desde un bolsón de arroz hasta uno de papas, pero lo hacen con su propia fuerza, es decir, con tracción a sangre”, explica Jenny. Por eso, decretar un parate total significó para muchos la posibilidad de morir de hambre. “Con la ONG, lo que intentamos hacer en Katmandú fue asistir a nepalíes que residen cerca del río, lindero a la zona del Mercado Central. También íbamos a llevar comida a una aldea y a un templo”, sintetiza.

Las raciones

En total, la ONG cocinó para 600 nepalíes en situación de calle y afectados en su actividad por el coronavirus. Lo hicieron durante cuatro meses, todos los días

¿Y cómo se organizaban para armar tantas viandas, cocinarlas y repartirlas? “Nos reuníamos los diez voluntarios en el hostel donde paraba una de las voluntarias y comenzábamos a las ocho de la mañana. El cocinero era un nepalí llamado Chirán que a diario armaba la comida nacional, consistente en un sofrito de verduras, porotos y arroz. A veces había unas pelotitas de soja y se las poníamos; a veces también había huevos”, recuerda la mujer.

Jenny se dedicaba a cortar y cortar. Una vez que tenía las verduras, Chirán las maceraba en una gran olla y luego servía el revuelto en cada una de las bandejas descartables. “Otro de los chicos ponía el arroz y otra chica los porotos”, explica Jenny, y agrega que después se subían a cinco motitos y comenzaban la ardua tarea de distribución.

Jennifer Taylor

“Las montañas son mi templo y mi espiritualidad”

A los 5 años a Jennifer Taylor le dieron sus primeros esquíes y a los 7 comenzó a competir en las carreras que pronto mostrarían su habilidad para el deporte. Recorrió muchas pistas del mundo y se llevó unas cuantas medallas. También se consagró como montañista. Pero, además, Jennifer es paisajista. “Una manera de poner más lindo el mundo”, dice sonriendo.

A poco de haber regresado al país desde Nepal y terminar la cuarentena en su casa de San Martín de los Andes, Taylor ya está trabajando en el diseño de algunos jardines de la ciudad. “El amor por la naturaleza, la montaña, desplazarme en ella, son mis grandes pasiones”, explica.

Será por eso que estando en Asia caminó durante 16 días, sola, entre la adversidad del monzón, la niebla y el frío de altura. O que se maravilló cuando se abría el cielo y se podían ver con claridad los cientos de cortes que tiene el macizo del Annacurna rompiendo entre la cordillera del Himalaya. “Las montañas son mis templos, yo encuentro en ellas todo lo que otros encuentran en Dios, son mi conexión y mi espiritualidad”, sintetiza.

El viaje que terminó durando diez meses fue un cúmulo de experiencias enriquecedoras para Jenny. “En este tiempo me reencontré con lo que más me gustaba de mí, de las personas, y pude reavivar la pasión por mi trabajo, tan importante”, cuenta esta mujer emprendedora.

Cierta vez, estando todavía en Katmandú, una joven la contrató para que diseñara su jardín y Jenny se sitió muy orgullosa de cómo quedó el proyecto. “Para los nepalíes, el contacto con la tierra es fundamental, pasan mucho tiempo en esos espacios, todos tienen su pequeña huerta con pomelos, papas y arroz, bananeros y palmeras, aunque la casa sea un solo cuarto. Lo importante es que haya un espacio para la naturaleza”, resalta. “Ahora estoy ayudando a la distancia a un amigo que tiene un hogar para personas con discapacidad allá y que conocí durante el viaje”, agrega.

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