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La Mañana Magia

Ilusión en pantalla: el poder de la magia

Sebastián Rozenberg es mago desde hace más de 20 años y reinventó sus shows para divertir en cuarentena. Además, dicta clases presenciales virtuales para alumnos de todo el país.

“¿Cómo no va a existir la magia?”, dice Sebastián. A pesar de conocer artilugios y secretos, dorsos y reveses, atajos y dobles mangas no se decepciona. Porque aún hoy, tras 24 años en la profesión, puede ver el gesto estupefacto y feliz que atraviesa la cara de un niño cuando aparece la moneda. Y porque hace un tiempo, cuando un zarpazo de muerte llamado cáncer lo asediaba, estaqueó sus piernas arriba del escenario y continuó el show. Y porque al año siguiente, el mismo día, después de bajarse del mismo escenario, los médicos le dieron la remisión de la enfermedad. Por eso, ¿cómo no va a existir?

“Hay un proceso por el que hay que aprender a atravesar; me pasó con alumnos que hicieron el primer curso conmigo que aprenden el trasfondo de los trucos y se van por la decepción. Yo siempre digo que somos el instrumento para que la gente diga ´guau, esto es magia”, explica Sebastián Rozenberg. “Lo que ocurre es que incluso a vos como mago un truco te puede sorprender tanto que decís ´esto tiene que ser magia, esto no puede ser creado, no hay algo detrás´. Y te quedás pensando tres días y recién cuando te lo enseñan decís ´ah´ y volvés a ser ese mago que trasmite. En definitiva, pasás del espectador que disfruta, al artista que produce magia. Por eso yo les digo a mis alumnos: nunca se olviden lo que un truco les generó a ustedes por primera vez”, argumenta.

Todo empezó cuando Sebastián tenía 17 años y su padre rechazó su plan de tomarse un año sabático. Impulsado a hacer algo, vio un aviso en el diario sobre clases libres y gratuitas de magia y se anotó. En ese momento vivía en Buenos Aires, donde la idiosincrasia de la vida en la urbe lo condujo a estudiar una carrera y él se inclinó por maestro de educación física. Si bien ese sería su trabajo formal, siempre mantenía latente la pasión por las ilusiones, y se aferraba a la idea de que acaso cuando lloviera y no se pudiera realizar gimnasia en el patio, podía hacerles sus trucos de magia a los chicos de la escuela.

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Con el tiempo, las autoridades notaron su talento para el rubro artístico y le propusieron dictar talleres de magia en la residencia de extensión universitaria de la UBA en Inacayal, Villa La Angostura. “Y después ya me vine para Neuquén, decidido a ser mago y a trabajar de eso”, recuerda. Ahora que han pasado doce años, no puede creer todo lo que logró: puso la primera tienda patagónica de magia en la ciudad, abrió una escuela para enseñar las artes, fundó su micro compañía de shows de magia y como si fuera poco, organiza los congresos anuales de magia en el Cine Teatro Español de Neuquén “trayendo magos y magas de todas partes del mundo”.

El mundo de la “Zoomagia”

Cuando se le pasó el enojo con la pandemia y pudo poner primera, Sebastián, con 42 años, se puso a estudiar todo lo que necesitaba saber de plataformas virtuales. Le pidió ayuda a su amigo Luis Iommi con la iluminación, y juntos montaron un teatro en el galpón de su casa. “Desde allí hago los zoompleaños, los shows y las clases online”, cuenta. Claro que al mirar hacia abajo del tablado no hay personas sino una cámara apuntándole. Y que al principio hacía fuerza para reconocer el sonido de los aplausos que traspasaba la pantalla.

“Hacer magia por zoom es más fácil que enseñarla”, explica haciendo alusión a las nuevas vertientes que tiene su trabajo. “Por ejemplo, para las clases de los alumnos de la escuela, me valgo de tres celulares. Así puedo tomar la imagen desde varios ángulos y ellos pueden saber cómo mover las manos”, remarca. “Una vez que me decidí a meterle energía gracias al sostén de mi compañera y de mi familia, se fueron reorganizando las cosas. Hoy ya tengo doce alumnos en modalidad virtual y otro tanto que optó por tomar el curso presencial y venir por turnos”, agrega. “La situación de nosotros los artistas es muy adversa, pero hay que intentar por todos los medios para poder seguir siendo parte de la cultura artística”, reflexiona.

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La clave de la enseñanza para Rozenberg es utilizar elementos que sean más cotidianos, que estén a mano en casa, “sino la magia se vuelve muy cara”, asegura. En cuanto a las fiestas y cumples, la adaptación pasa por la duración y porque los espectadores tengan una buena conectividad. “Trato de armar shows de interacción en que todas las personas puedan participar desde el otro lado, y les pido que lo aprecien en conjunto; es decir, todos mirando un único dispositivo o televisor. Además, como prestar atención a una pantalla a veces puede resultar difícil, los desafíos pasan por hacer una presentación corta, contundente y obviamente, mágica”, dice contento.

El arte que todo lo puede

Una vez Sebastián anheló llevar las ilusiones al máximo y desaparecer del escenario de buenas a primeras sin despedirse. “Y escuchar los aplausos desde otro lado”, dice sonriendo. Un sueño que la pandemia no ha detenido y sigue trabajando para alcanzarlo. “Muchos de los juegos que hacemos los magos son universales, pero cada uno le pone su impronta siendo productor de su propia magia, afirma convencido, por eso hay que trabajar mucho más allá del truco y de los atajos de los mismos, experimentar, innovar, reinventar”.

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Así como la música, el vestuario, el discurso y el humor son trascendentales para que no falle el espectáculo, también lo es esa cuestión llamada empatía, que tiene como protagonista al público. “Nosotros viajamos mucho por el interior neuquino donde las realidades son otras y adaptamos los intereses de las personas al show”, explica. Ahora, , on los años tal vez hasta le sea más fácil detectar qué camino seguir a lo largo de su presentación para poder entretener a los espectadores.

“A veces miro a las personas y sé quién está pensando en lo que va a comer en la cena y quién está cooptada por la magia”, asegura. “Y ahí está la habilidad para improvisar en la improvisación, en realidad, la astucia para pegar el volantazo a tiempo”, enfatiza. Lo mismo aplica para cuando falla el truco: Sebastián cuenta que sus opciones son el “sincericidio” (“Disculpen, salió mal muchachos”), la actuación estelar de “aquí no ha pasado nada” o sacar “otro as bajo la manga”.

Pero en general, a Sebastián le va bien en eso de transmitir el arte de lo imposible. Ese mundillo donde no importa el engaño, si ha valido la sonrisa.

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