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La Mañana Hugo Inostroza Arroyo

Intentó quitarse la vida y terminó escapando de La Escuelita

El 25 de agosto de 1976, Hugo Inostroza Arroyo fue torturado en el centro clandestino. Quiso ahorcarse con las esposas, pero hizo tanta fuerza que logró liberar sus manos y así fugarse del horror.

Pablo Montanaro - [email protected]

Plottier, 25 de agosto de 1976, cerca de las 10 de la mañana. Un chico le arroja una piedra a un auto que sale a toda velocidad y en cuyo interior está su padre, con las manos atadas en la espalda y recibiendo todo tipo de golpes. Uno de los captores, integrante del grupo de tareas que realizó el operativo encabezado por el Ejército, saca un arma y le apunta al menor, hijo de Hugo Obed Inostroza Arroyo, que tiene 30 años y es militante del PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores -Ejército Revolucionario del Pueblo). “¡Cómo se te ocurre dispararle a un pibe, boludo!”, le grita uno de los captores a quien estuvo a punto de apretar el gatillo. “A estos hay que matarlos de chiquitos”, le respondió sin vueltas.

En la casa del hombre quedaron paralizados por el miedo su mujer, su hija de 7 años, quien le había avisado minutos antes “Papi, te buscan dos señores”, y el que arrojó la piedra contra el Falcon.

Cuando en 1972 ingresó a la militancia lo hizo “después de haber visto la miseria de los trabajadores”. Se lo conocía con los alias Pelo o Juan, trabajaba de albañil y era delegado del gremio de la construcción.

Antes de aquella mañana de agosto, el hombre tenía una sospecha cuando observaba a ese grupo de soldados que reparaban la acera a metros de su casa. Estaba en la mira. Unos días antes había estado en Viedma para informarles a los referentes del partido acerca de la situación de un grupo de compañeras que estaban escondidas en una chacra. Regresó con un dinero para resolver la situación. Pensaba entregar esa suma y borrarse de la provincia. El día del secuestro le había dado un paquete con el dinero a su hijo y le indicó que se lo llevara a un compañero que colaboraba con el PRT.

A pesar de los golpes y de la capucha negra sobre su cabeza, Inostroza Arroyo pudo sentir que el auto se trasladaba por la Ruta 22 hacia Neuquén. Estaba convencido de que lo iban a matar en ese “galpón de chapa” donde eran interrogados con picana eléctrica sobre un catre de metal los secuestrados en el centro clandestino de detención La Escuelita, que estaba en el fondo del Batallón de Ingenieros.

en Construcciones 181 y que había sido “inaugurada” como lugar de torturas la noche del 9 de junio de 1976. “Me meten para adentro y cuando se abre la puerta siento como un ruido de chapas. Era la famosa Escuelita que le decían. Ya estaba destrozado, no sentía los golpes ni nada”, contó durante su testimonio que brindó a través de videoconferencia desde España en el segundo juicio que se realizó en 2012 en Neuquén contra 23 represores imputados por delitos de lesa humanidad.

“Estaba convencido de que me iban a matar. El interrogatorio era de exterminio”, declaró en el juicio.

Durante horas su cuerpo se retorcía en el camastro metálico por los golpes y las descargas eléctricas. “Hubo momentos en los que creí perder el conocimiento, y otros en los que me pareció escuchar una voz de mujer que pedía que la mataran. Mi cabeza era un infierno. Sentía muchos golpes en la cabeza, el cuerpo se arqueaba como una banana, luego ya no sentía nada de tanto golpe y picana. El interrogatorio era de exterminio”, describió.

Desnudo sobre la cama de metal, no respondió ninguna de las preguntas que los torturadores le hacían sobre sus compañeros, direcciones y cualquier otra información para ubicarlos.

En un momento de la sesión de tortura inventó que se iba a encontrar con el Petiso, el contacto en Plottier, en la esquina de San Martín y Houssay. El Petiso no existía pero sí la esquina a la que un grupo de tareas fue a buscarlo. Volvieron con el asiento vacío del Falcon. La impotencia por haber sido víctimas de una mentira provocó que fuera torturado nuevamente.

“Era mentira, cuando volvieron los golpes y la tortura fueron peores. Me habían metido cables en los pies, los testículos, las sienes, pero eran tan fuertes las descargas eléctricas, que las primeras las sentía y las otras ya no”.

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Cada tanto se presentaba un médico que alertaba a los torturadores para que pararan porque “se te va”. Era el mismo médico que le decía: “Hablá, boludo, yo te puedo ayudar. Una vez que hablás, te pongo una inyección, dormís y te sacan. Pero dales algo a estos locos porque, si no, te van a destrozar”.

Inostroza Arroyo estaba convencido de que lo iban a matar, pero no quería seguir soportando la crueldad de la tortura.

Pasadas las 10 de la noche, los torturadores decidieron tomarse un descanso. Antes le cambiaron la posición de las manos y le colocaron las esposas detrás de la cabeza. Fue en ese momento que intentó ahorcarse con las propias esposas, colocándolas sobre su garganta. Fue tanta la presión que ejerció, que se le salió la del puño derecho. “Hice tanta fuerza que una de las esposas se me zafó, entonces me saqué la venda de los ojos, los cables que tenía por todo el cuerpo, vi la puerta y salí corriendo”.

Con un palo que encontró en el camino golpeó a un guardia y comenzó su carrera hacia la libertad, ocultándose donde podía, escabulléndose entre los pastos altos.

Desde una cucheta donde estaba sujeto, Pedro Maidana, uno de los secuestrados en el Operativo Cutral Co, escuchó una voz de alto y de inmediato una ráfaga de disparos.

Quien también escuchó los disparos fue el conscripto Raúl Radonich, quien hacía trabajos administrativos en un edificio cercano a las salas de armas. “Esa noche estábamos por acostarnos y de pronto escuchamos algunos disparos. Primero no entendíamos de qué se trataba y, después, era una cantidad de disparos impresionante, algunos como una ráfaga. De pronto nos golpearon la puerta, venían a retirar armamento para la guardia de refuerzo. Además, salió una patrulla de nuestra compañía al mando del subteniente Jorge Gaetani, que hizo una recorrida por la zona. Luego, la cantidad de disparos fue disminuyendo hasta que ya no se escuchó más nada y regresó esa patrulla”.

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Inostroza Arroyo salió corriendo en medio de esa oscuridad donde solo se escuchaban disparos y los gritos de quienes salieron a buscarlo. Durante la huida se encontró con un joven soldado armado con un fusil que solo lo miró, no dijo ni hizo nada. Sintió que la suerte estaba de su lado a pesar de la molestia en la pierna derecha producto del roce de una bala. Sin embargo, continuó corriendo, saltando montículos de tierra, eludiendo pastizales, cruzando cercos y hasta una laguna. Era el deseo de vivir, de escapar del infierno de la tortura. De lejos escuchaba el ruido de camiones, más disparos y más gritos y órdenes.

“Llegué a la casa de una gente que me dio ropa, una botella de agua y seguí al río, donde me lavé porque estaba todo ensangrentado”, recordó. Luego se dirigió a la casa de unos compañeros que le dijeron que lo mejor era que se quedara unos días.

El Comando de la Subzona 52 hizo circular la información del pedido de captura del “delincuente subversivo”.

Inostroza Arroyo decidió volver a su casa en Plottier con el deseo de encontrarse con su familia. En la casa no había nadie, se habían trasladado a Bahía Blanca. Pensó que Bariloche podía ser un buen lugar para ocultarse y dejar atrás todo lo vivido en ese lugar de horror y muerte. Trabajó en una obra y hasta lo operaron de los coágulos en la cabeza producto de los golpes recibidos durante la tortura. En Médanos, provincia de Buenos Aires, se reencontró con su familia y su madre le dio 2 mil dólares para que viajara a Brasil. Se contactó con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), un organismo encargado de supervisar y coordinar la acción internacional en favor de la protección de los refugiados en todo el mundo. Consiguió exiliarse en Suecia y unos años después se radicó en España, desde donde brindó su testimonio de ese largo día de horror en La Escuelita.

Raul Radonich

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