[email protected]
Las manos callosas y ennegrecidas de Juan Carlos se acostumbraron a hurgar la basura sin guantes. Gloria no. Ella revuelve con las manos protegidas, pero los metales suelen rasgar la tela y lastimarle las manos, en las que ostenta unos tatuajes descoloridos hechos con tinta china. Cuando llegan a casa, los dos se lavan dos veces con jabón y lavandina.
"Están anotando gente y a nosotros no", cuentan en la meseta.
En el verano se acentúan los olores y los residuos se descomponen más rápido. A veces, cuando levantan una bolsa o dan vuelta la chatarra, el gas que despiden los residuos les penetra en la nariz y llega directo a los ojos. Regresan con la vista enrojecida y cansada. "Nos dicen que todos los que vamos al basural estamos quedando cortos de vista", señaló Gloria.
En verano también aumenta la población en el basurero. Con la llegada de las vacaciones, muchos niños salen a cirujear junto con sus padres. "A veces puede ser peligroso porque se lastiman o queman la basura y los gases hacen mal", se preocupó la mujer.
La pareja y sus tres hijos salen temprano al basurero en un carro tirado por un caballo de crines largas y se quedan hasta las 19. En un buen día, juntan medio kilo de cobre que se comercializa a 30 pesos entre los compradores de Buenos Aires. Con los bolsillos vacíos, se apuran por venderle a un concentrador local que apenas les paga la mitad.
Ya conocen todos los horarios. La basura del centro arriba por la noche y, cuando ellos llegan, los camiones descargan los residuos de los barrios. Lo mejor sucede cuando traen el contenido de los containers de la construcción o los deshechos de los supermercados. "La gente se vuelve loca, van corriendo a buscar lo que llegó", señaló Gloria.
Los dos se ilusionan con trabajar en mejores condiciones, en caso de ser incorporados a la cooperativa. "Sería bueno tener un sueldo, trabajar en un lugar más lindo", soñó Juan Carlos. Sin embargo, por ahora todo es incertidumbre, ya que no se sabe si el Municipio va a incorporar a todos los cirujas. "Ojalá nos den prioridad a nosotros, que trabajamos de esto hace 20 años", apuntó Gloria.
Historia de amor entre bolsas
"Nos conocimos tirándonos bolsas", dice Juan Carlos y ofrece una sonrisa sincera y desdentada. Es que ambos de solteros trabajaban en el basurero y fue allí donde se conocieron.
Gloria ya había recibido un terreno en la Colonia, que ahora está pagando con los ingresos del cirujeo, y con ella se mudó Juan Carlos. Juntos tuvieron tres hijos (ahora tienen 14, 11 y 4 años). Durante el verano, los chicos los ayudan a criar chanchos y cargar materiales para vender. Aunque tienen una estricta rutina -trabajan de lunes a sábado todo el día-, cuando van los chicos tratan de aliviar la faena. "El otro día hacía mucho calor y salimos un poco más temprano para ir a una laguna porque ellos querían bañarse", dice Gloria.
El proyecto que tiene el Municipio
Con el inicio del año, los vecinos comenzaron a separar los residuos domiciliarios entre secos y húmedos, con el fin de prepararse para cuando el Complejo Ambiental de la ciudad se ponga en funcionamiento. Según explicó en diciembre Alejandro Hurtado, subsecretario de Servicios Concesionados de la Municipalidad, en la planta de la meseta trabajarán unos 40 cirujas por turno nucleados en una cooperativa. Ellos se encargarán de separar los residuos secos y prepararlos en fardos listos para vender. Hurtado detalló también que la nueva modalidad de recolección permitirá fabricar compost con los residuos húmedos, que servirán para abonar un vivero que funcionará en el mismo lugar, y tendrá producción de biogás propia.
Te puede interesar...









