Antes de la pandemia de coronavirus, Margarita Boffi vivía en piloto automático. Su trabajo como docente de secundaria y la vida familiar la llevaban de un compromiso a otro, sin demasiado tiempo para detenerse a pensar. Hasta que el mundo se detuvo solo y ella encontró ojos nuevos para observar hacia dentro y rescatar las pasiones de su infancia.
Aunque es médica veterinaria de profesión, a Margarita le fascinaron desde chica las artesanías. Todos los veranos, viajaba desde su Buenos Aires natal a una casa de veraneo en Villa Gesell y, después de la playa, la pequeña esperaba ansiosa por la salida nocturna, que incluía una parada obligada en la feria de artesanos.
“Desde muy chica siempre me gustaron mucho las piedras, la atracción que generan, y también las artesanías”, explica la mujer, que ahora tiene @lasmargaritasbijou, su propio perfil en redes sociales para comercializar la bijouterie que ella misma produce.
En la feria de Gesell, Margarita se quedaba por horas mirando a los artesanos trabajar. Recorría con los ojos una sucesión de anillos, pulseras y collares. Se detenía especialmente en las tobilleras, esas que se lucían como una gala de verano, cuando abundan las piernas desnudas. Y soñaba con el día en que pudiera fabricarlas por su cuenta.
En esos tiempos, las conexiones a Internet eran raras y no existían las redes sociales. No eran épocas de tutoriales. Por eso, la única forma de aprender era a través de algún artesano amable, que notaba los ojos embelesados de la niña del otro lado del stand y accedía a abrir la puerta de su mundo de alambre y de piedras.
Margarita aprendió mirando. Observaba las manos de los artesanos que manipulaban la pinza y el alambre de alpaca. Ellos engarzaban las piedras con cuidado y hacían distintos firuletes de metal. Así, lo primero que supo hacer fue bijou de un estilo “más hippón”, ese que veía en Villa Gesell.
Su amor por ese universo creció más y más. “Compraba muchas cosas para mí, y también visitaba otras ferias, como la del barrio de Belgrano y la de Plaza Francia, en Recoleta”, recuerda. Pronto, su interés por la producción propia se hizo evidente.
Para uno de sus cumpleaños, su papá le regaló una pinza de artesano. Cuando su mamá vio el obsequio, no pudo hacer más que reír. El hombre no había elegido ni la ropa ni los zapatos que todos les regalaban a las chicas de esa edad. Eligió algo mejor: una pinza que acompañó a Margarita en su aprendizaje de los métodos y que es su principal herramienta ahora, que tiene su propio emprendimiento.
Armada con su nueva herramienta, la joven viajó al barrio de Once y conoció un mundo nuevo: una serie de negocios que vendían todo para el armador y el artesano. Aprendió sobre los alambres, las cuentas de cerámica y las mostacillas. Y se dedicó a trabajar.
“Así me banqué todos mis estudios de veterinaria”, dice. Una vez recibida, el mundo laboral y la vida familiar la absorbieron tanto que la mujer dejó las pinzas en un cajón. Hasta que la pandemia la sacó del piloto automático y la hizo recordar su amor por la bijou.
“Tenía unos ahorritos así que me decidí a comprar todos los materiales para empezar”, detalla la emprendedora. Esta vez, apostó por diseños más elegantes que se alejaran de la estética hippie e interpretaran el gusto de un sector más amplio.
En lugar del alambre de alpaca, Margarita comenzó a hacer filigranas con acero quirúrgico. También dejó de lado las mostacillas para incorporar piedras naturales de buena calidad. Así, puede estampar en el proyecto su amor por las piedras y sus propiedades.
“Dicen que vos nunca elegís una piedra, que ellas te eligen a vos. Cuando una piedra te llama la atención, es porque ya te eligió”, reconoce y aclara que, en Las Margaritas, produce bijou con amatista, cuarzo cristal y cuarzo rosa, entre otros minerales que transforman la energía negativa por una positiva. También sumó cuentas de cristal de Murano y otras que vienen de la India, pintadas a mano.
Aunque la artesana debe combatir con el incremento constante de los insumos, asegura que las primeras ventas fueron tan buenas que logró recuperar su inversión y generar una pequeña ganancia mientras se daba a conocer. Por eso, su balance es más que positivo. Ahora, añora seguir generando piezas para llegar a más clientas de la región.
“La respuesta fue muy buena, tengo clientas de todas las edades, y mucha gente que antes no me compraba por el estilo, ahora dice que le gusta más esta versión”, afirma y agrega que pone mucho cuidado en producir piezas simétricas, con detalles exigentes y terminaciones prolijas. Y el público lo reconoce.
Margarita aún considera a la docencia como su trabajo principal y una de sus grandes pasiones, que combina con el cuidado de su hijo. Por eso, aprovecha cuando el nene duerme la siesta o está en el jardín para sentarse en su pequeño taller casero. Ahí deja volar la imaginación y crea piezas nuevas para su perfil de Instagram.
“Yo nunca había tenido redes sociales, sólo tenía Whatsapp porque era obligatorio”, admite. Sin embargo, el mundo de las artesanías la obligó a crear perfiles en las redes, que son la nueva vidriera de los emprendedores. “Fui tocando todos los botones hasta aprender, y de a poco voy generando contenido”, dice y aclara que pudo vender todas las piezas que publicó.
Con el apoyo de su familia, Margarita sueña con seguir trabajando en un emprendimiento cada vez más rentable, que nació únicamente gracias a la pandemia. “Siempre me daba vueltas la idea, pero nunca me hubiera animado si no fuera por la pandemia”, asegura la artesana, que recuperó la pasión de su infancia gracias a ese cambio de ritmo que la frenó a ella, y a todo el mundo también.
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