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La gran aventura de Cortázar y su mujer en una autopista francesa

El autor de "Rayuela" y la fotógrafa Carol Dunlop realizaron en mayo de 1982 un viaje especial de 33 días que unió París y Marsella a bordo de una furgoneta y cuya experiencia volcaron en el libro "Los autonautas de la cosmopista".

Dos años antes de su muerte, Julio Cortázar decidió poner en marcha, junto a su mujer, la escritora y fotógrafa canadiense Carol Dunlop, un plan “completamente loco” cuyo resultado quedaría plasmado en un libro que reflejaría ese carácter lúdico tan propio del autor de “Rayuela”. De alguna manera se podría decir que ese proyecto delirante que la pareja emprendió es una continuación de uno de los más celebres cuentos que escribió, La autopista del sur, incluido en el libro “Todos los fuegos el fuego”, en el que narra un fabuloso embotellamiento en la autopista entre Fontainebleau y París un domingo por la tarde y que en realidad retrata la vida de las personas que viven atrapados en una rutina.

El 23 de mayo de 1982, Cortázar y Dunlop se subieron a una furgoneta Volkswagen y durante 33 días recorrieron el trayecto que une París con Marsella (casi unos 800 kilómetros) con la consigna de no salir ni una sola vez de la autopista, detenerse y explorar cada uno de los paraderos, dos por día de un total de 70, pasando siempre la noche en el segundo, efectuar relevamientos científicos en ellos, tomando nota de todas las observaciones correspondientes “inspirándonos en los grandes relatos de viajes de los grandes exploradores del pasado y escribir el libro de la expedición”.

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El libro escrito a cuatro manos, el penúltimo que Cortázar publicó en vida, se tituló “Los autonautas de la cosmopista o Un viaje atemporal París-Marsella”. Apareció en 1983 pero Carol no pudo verlo en vida, ya que murió el 2 de noviembre de 1982. “Se me fue como un hilito de agua entre los dedos. Se fue dulcemente, como era ella, y yo estuve a su lado hasta el fin, los dos solos en esa sala de hospital donde pasó dos meses, donde todo resultó inútil”, la despidió Cortázar.

Textos, fotos, diarios de ruta, dibujos, reflexiones acerca de las noticias sobre la Guerra de Malvinas que escuchan por la BBC de Londres (“En las Malvinas, los ingleses y los argentinos se matan cada vez más salvajemente, según la radio”, anotaron), relevamientos “casi científicos” sobre cuestiones cotidianas como la gente de los autos, los camioneros, los chicos que se acercaban curiosos hasta la furgoneta que bautizaron Fafner, comentarios sobre los libros que leían durante el trayecto y la música que escuchaban –desde tangos pasando por Billie Holiday hasta Schubert, Tata Cedrón y Susana Rinaldi-, opiniones sobre filosofía y política, sus miedos e incertidumbres, sus sentimientos y el menú de los desayunos, almuerzos y cenas que preparaban.

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Estos dos aventureros no sólo nos abren sus diarios de ruta y todo lo que van observando y experimentando durante la travesía sino también nos comparten como se llamaban en la intimidad: Julio, es Lobo, y Carol, Osita, y sus encuentros amorosos, profundos y tan poéticos: “Dormías dándome la espalda, pero cuando digo que me la dabas estoy diciendo mucho más que una mera manera de decir , porque tu espalda se bañaba en el resplandor de acuario que nacía del sol filtrándose por la sábana vuelta cúpula traslúcida, una sábana de finas rayas verdes, amarillas, azules y rojas que se resolvían en un polvo de luz, oro flotante donde tu cuerpo inscribía su oro más sombrío. (…) Nunca te había deseado tanto, nunca la luz había temblado tanto en tu piel”, anotó Cortázar.

Todo está escrito con una cautivante prosa documental, contada como si se tratara de una apasionante novela con lugares insólitos que los aventureros-viajantes descubren, sin dejar de lado las más desopilantes amenazas de quienes quieren hacer fracasar la aventura del Lobo y la Osita.

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“Podríamos vivir cada día en un parking, fuera del mundo, te das cuenta, y en este mismo monstruo de velocidad hacer un crucero de descanso con toda libertad. -¡Y sin teléfono!- exclamó el Lobo que, como se sabe, padece de telenofobia aguda. Nadie podría encontrarnos”, escribieron.

La furgoneta, a la que llaman Fafner, el dragón rojo, se convierte en un personaje más de la aventura. Es una casa rodante que en su interior llevaba desde víveres, los más diversos utensillos de aseo, ropa, libros, cámara de foto y dos máquinas de escribir.

Las fotografías que ilustran el libro permiten sentarse imaginariamente con ellos y sentir lo que estos autonautas sienten en los paradores, en ese paisaje donde todo es tan libre.

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Como las reglas de juego que se habían impuesto les impedían abandonar la autopista, incluso aunque se tratara para comprar comida, algunos amigos estratégicamente apostados se encargarían de acercarles alimentos, bebidas y otros enceres. Los amigos se acercaban no solo para colaborar sino para ver con sus propios ojos “el prestigio misterioso de la expedición”.

Es en el movimiento en el que los aventureros le encuentran el sentido de este viaje: “cuanto más avanzamos, mayor parece la libertad de que gozamos. Y no, de ninguna manera, porque nos estemos acercando a Marsella. Al contrario, probablemente el hecho de habernos alejado del punto de partida y de haber perdido de vista a la vez y completamente el fin del viaje, es lo que da esa calidad”.

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El libro demuestra que aquel viaje que se gestó como desopilante y surrealista se transformó en un reencuentro y, hasta podríamos hablar de reconciliación, de los protagonistas con el mundo. El ensayista Jaime Alazraki, estudioso de la obra de Cortázar, señaló “qué extraño y hasta absurdo que una cinta de asfalto o cemente que representa la tecnología más deshumanizada se transforma en ruta de reencuentro de lo humano”.

O en palabras del propio Cortázar: “ese avance en la felicidad y en el amor del que salimos tan colmados que nada, después, incluso viajes admirables y horas de perfecta armonía, pudo superar ese mes fuera del tiempo, ese mes interior donde supimos por primera y última vez lo que era felicidad absoluta”.

Finalmente llegan al punto de destino pero afirman que “el triunfo” de arribar no los alegra como esperaban, sino todo lo contrario, porque el viaje que siempre pretendió ser un juego, finalizaba.

Alguien explicó que la experiencia de Cortázar-Dunlop, del Lobo y la Osita, es imposible catalogarla dentro del género de viajes o de narración documental. Recorriendo sus páginas el lector de “Los autonautas de la cosmopista” se dará cuenta que lo que les inspiraba e importaba no era lo que estaba en el camino, en esa “banda de asfalto que tiende a dar a quienes la siguen” sino lo que estaba al costado de ésta. El viaje convertido en libro puede ser un camino, una travesura surrealista en el que el humor, la aventura, el juego, la ternura y el amor se transforma en un profundo viaje interior. Sobre todo viniendo de Cortázar, ese Gran Cronopio, que siempre mostró un espíritu lúdico para mirar las cosas sin darlas por sentado y rebelarse ante lo que establecía la vida cotidiana.

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Terminada la aventura, la pareja parte a Nicaragua para seguir de cerca los sucesos de la revolución sandinista, donde Cortázar escribirá numerosos artículos que reflejarán el proceso que encabezaba el Frente Sandinista de Liberación Nacional y que luego recopilará en su último libro publicado en vida, “Nicaragua tan violentamente dulce”, cuyos derechos de autor fueron donados al pueblo nicaragüense como también los de “Los autonautas de la cosmopista”. Permanecieron unos meses en Nicaragua pero de pronto debieron volver a París como consecuencia de la enfermedad (leucemia) de Carol. También regresaron con el objetivo de terminar juntos el libro y “vivir, vivir todavía más intensamente”.

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El texto que cierra el libro, a la manera de una posdata fechada en diciembre de 1982, es un canto de amor de Cortázar hacia su compañera que decidió emprender un “viaje solitario”: “Lector, tal vez ya lo sabes: Julio, el Lobo, termina y ordena solo este libro que fue vivido y escrito por la Osita y por él como un pianista toca una sonata, las manos unidas en una sola búsqueda de ritmo y melodía. A ella le debo, como le debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato. (…) tus manos escriben, junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista”.

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