Cuando Adolfo Bioy Casares publicó “Diario de la guerra del cerdo”, hace cincuenta años, se le ocurrió una sociedad porteña en la que se enfrentaban los jóvenes contra los viejos. A muerte. No había redes y la TV no era lo que es hoy. La cosa se dirimía en la calle. Hoy, en otro milenio, mucho más evolucionados que en el ajetreado siglo XX, la pelea, por ahora dialéctica pero muy virulenta, se desató en los medios y en las redes sociales. Y es por un cerdo muerto que cayó a una pileta desde un helicóptero.
Todo comenzó, obvio, con un video viral. Y la batalla copó las redes, ese lugar donde hoy se definen las cosas verdaderamente importantes. A los protagonistas, los del helicóptero y los de la casa a la que llegaba el delivery volador en la opulenta y hermosa Punta del Este, les cayeron mil maldiciones. Hasta los amenazaron de muerte. Difícil defenderlos. Aunque suene un poquitín ilógico que quienes no soporten ver a un ser vivo que la pasa mal, le hago lo mismo a otro, deseándole, mínimo, que caiga de un helicóptero manejado por Chano a una pelopincho.
Hoy, por suerte, cualquiera que maltrate a un animal tendrá el castigo social asegurado. Ya lo saben bien Victoria Vanucci y Matías Garfunkel, que no pueden pisar el país desde que se mostraron sonrientes en pleno safari, sacando selfies con las presas recién muertas a sus pies. La necesaria defensa de los animales en una sociedad que mezcla amor incondicional por ellos con maltrato y muerte sin culpas, desató otro debate esta semana, cuando un jinete murió aplastado por su caballo en plena doma y más de uno creyó (y hasta lo dijo en TV) que era un final que él mismo se buscó. Así de complicada está la cosa.


