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La historia de Juan Fernández, el poblador más viejo de Octavio Pico

Llegó a los diez años y, junto a su familia, fundaron la localidad. Con 96 años, recuerda los orígenes del pueblo y el trabajo de su familia.

Juan Fernández vive en una calle que lleva su nombre y su apellido. Y aun así, son pocos los que lo llaman por su nombre. Los vecinos de su pueblo, que son también sus hijos, sus sobrinos y sus nietos, le nombran con algún término familiar. Le dicen papá, tío o abuelo. O si no, lo llaman Pancho, que es el apodo con el que lo conocen desde siempre.

Con 96 años, Pancho es el poblador más antiguo de Octavio Pico y uno de los fundadores de la localidad. Cuando él llegó junto a sus padres y sus hermanos, el pueblo no existía. No había ni casas ni almacenes. Tampoco plazas, ni chacras, ni calles sombreadas por los fresnos y los aguaribays que hoy reverdecen el lugar.

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Hace 86 años, cuando los Fernández descubrieron ese rincón de la provincia que está al borde del mapa, el terreno era una estepa desolada y hostil que no los invitaba a quedarse. “Veníamos en un carro tirado por seis mulas, hasta que nos encontramos unas dunas enormes y nos cortaron el camino”, recuerda.

Antes de que Neuquén fuera una provincia, antes de que Octavio Pico fuera una localidad, ellos ya se habían instalado en ese sector. Y buscaban agua. Hincaban el pico en la tierra dura y dejaban toda la fuerza de la espalda para hacer un pozo profundo que les trajera ese líquido vital. Y fue su padre, un inmigrante español llamado José Fernández, el que decidió construir un extenso canal para irrigar las tierras con agua del río Colorado.

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Sin máquinas, sin tecnología, José hundía el pico y la pala para marcar un surco. “Después yo juntaba la tierra con un hermano chiquito, íbamos haciendo de a 100 metros por vez”, relata Pancho y, con las manos, se alisa la tela verde pino de su pantalón de vestir.

A pesar de los trabajos forzados de su juventud y una vida afrontando la intemperie, Pancho conserva un halo de vitalidad. Sentado en su silla mecedora, enfoca sus ojos claros en el vacío, como si allí encontrara los paisajes de otros tiempos. Y habla de sus padres, de sus hermanos, del pueblo que nació y creció con él adentro.

Sus pupilas blanquecinas le impiden hacer foco en el escenario que lo rodea. Y hay ocasiones en que su mente le juega una mala pasada. Se le escapan palabras de entre los labios, o se le mezclan los nombres y los rostros de los casi 200 Fernández que hoy habitan Octavio Pico, y que representan un 70% de la población total.

“Me olvido”, dice y bucea el aire en busca de esa palabra que no puede recordar. Y dice que “antes era todo lindo”. Antes, cuando la gente era buena, cuando el mundo era ordenado. “Ahora hay mucho desorden”, se enoja y señala la pantalla del televisor, ese aparato que lo conecta con los discursos pesimistas del mundo actual.

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Desde hace algunos años, Pancho y su esposa, Carlina Moyano, viven en una casa construida por el gobierno provincial. Pintaron la fachada de un color verde pálido, que contrasta con unas cortinas rosa fuerte que, puertas adentro, tiñen el aire de un tono rojizo. Allí, Pancho se sienta en su mecedora para ver los noticieros en un televisor de tubo, mientras su esposa lo observa desde la mesa del comedor.

Carlina contó 70 años de matrimonio con Pancho y, desde entonces, dejó de sumar. Si sus cálculos son ciertos, llevan 75 años juntos, porque se conocieron en 1945. De su unión nacieron 8 hijos y más de 50 nietos, bisnietos y tataranietos, con nombres e historias que ya se les escapan de la memoria.

Pero, aunque no retenga los nombres de todos sus descendientes, sí se acuerda de su padre, que llegó de España a los 18 años y atravesó el sur argentino en un tren carguero. “Hacía pozos para sacar agua y le pagaban con chivas”, relata Juan. “Nunca fue a la escuela, acá no había nada”, dice y aclara que don José, “el finado viejo”, tenía un socio más vivo, que sí había estudiado, y que lo ayudó a establecerse.

José y sus hijos se dedicaron a la cría de ganado y así sembraron una tradición que hasta hoy se mantiene entre los Fernández que habitan Octavio Pico. “Teníamos unas poquitas chivas y ovejas, pero llegamos a tener como 10 mil”, afirma. “Y una vez nos descuidamos y se las llevaron todas, nos quedamos sin nada, no nos quedaron más de 500”, dice en un suspiro.

A fuerza de sacrificio y trabajo duro, la familia se sobrepuso a los contratiempos y perduró en la localidad, una que ahora lleva su apellido estampado en todas partes: en los carteles de las calles, entre las autoridades de la Comisión de Fomento y hasta en el personal del puesto sanitario. Entre todos, la familia construyó una comunidad propia, un pueblo que crece con ritmo propio y que, en su transcurrir cotidiano, honra la memoria de José, el primero de los Fernández.

Octavio Pico - Juan Fernández.mp4

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