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La historia de la única vecina de Allen que se comunica con su familia por carta

Doña Piedad es la única que recibe correo postal en la ciudad. Así se comunica con sus hermanos en España.

Por Silvana Salinas - Especial

Lo espera con ansias, aproximadamente, cada dos semanas. Puede llegar a estar inquieta, pispear por la ventana cada tanto, hasta que escucha un golpeteo de manos frente a la puerta de su casa.

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Doña Piedad abre con gusto y saluda al cartero, que llega con uno de los tesoros más preciados desde hace años: las valiosas cartas de papel, en sobre, con estampillas y todo, que desde Europa viajan para traerle todas las novedades de su familia española.

Piedad, o 'la Gallega' como gran parte del pueblo la conoce, ya es toda una vecina ilustre en Allen. Nació en un pequeño pueblito español, llamado Vedra, pero vive en suelo allense desde hace décadas.

Es enfermera de alma, vocación y profesión, alegre y solidaria como pocas, y hoy ostenta otro logro que conquistó sin siquiera darse cuenta: es la única vecina en toda la ciudad de Allen que recibe cartas "a la antigua". Escritas de puño y letra, prolijas y respetuosas de cada renglón, cada margen y con un inconfundible ‘aroma a pape

Hasta sus nietos, nacidos en plena era digital, se maravillan con esta práctica. Para ella es más que una tradición. Recibir y enviar cartas. Una bendición.

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Es un ritual que la entusiasma y la mantiene viva y en contacto con sus seres queridos a pesar de los miles de kilómetros de distancia. Se sienta en su cocina, repleta de aromas, sabores y colores hogareños, fotografías repartidas sobre la mesa, pegadas con imán a la heladera, sobre las repisas, en los muebles... y busca papel y lapicera. Escoge los momentos gratos, los no tanto, las alegrías, las vivencias cotidianas. Les escribe a sus hermanos como si los tuviera a la vuelta de la esquina, como si los años no pasaran porque, evidentemente, están cerca.

Cada dos semanas religiosamente, con sus 84 años a cuestas saca la bici a rodar y enfila veloz rumbo hacia el Correo. "¡Chau Piedad!", "¡Buen día Piedad!", los saludos se multiplican en el camino porque 'todo el mundo' la conoce en Allen y ella les responde con la mano en alto. Hace la fila, paga las estampillas, y vuelve a su casa tranquila y reconfortada.

"Yo cuento todo lo que pasa acá, cómo estamos, cómo vivimos, de la familia, de todo lo que uno vive. Y ellos me cuentan de allá. Cómo están, qué hace la familia. Y así, nos sentimos más cerca. Estamos más cerca". Piedad les escribe a sus hermanos Celia, de 81 años, e Ismael, de 86. “Hace una semana falleció Carmen”, cuenta y los ojos se le humedecen y transparentan.

"El cartero me dijo que soy la única en todo el pueblo a la que le trae cartas. Entrega puras boletas o cartas documentos”, agrega y vuelve a sonreír.

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Piedad dice que “a veces” habla por teléfono con sus hermanos pero todos respetan el querido “contrato” postal. Ni mail ni internet se cuelan en ese ida y vuelta del corazón puesto en cada renglón.

“La Gallega” vive en su mundo, junto a su perrita Cora, el loro que solo habla cuando está solo, y sus mil y una plantas, frutales, aromáticas… que crecen y florecen en su patio. Sigue colocando inyecciones “cuando me llama algún vecino”, dice, ayuda a otra vecina de 90 años que necesita asistencia y reparte el resto del tiempo entre sus tres hijos -Pablo, Fabián y Víctor- y sus nietos. Recuerda a Nelson, su marido carpintero, y suspira.

Charla, mira de reojo los programas de chimentos que se cuelan en la tele y también muestra una pila de revistas que la entretienen. “Me gusta leer, mirar la tele, saber todo lo que pasa”, ríe inquieta. Calienta el agua de la pava, empieza la segunda ronda de mates y luego se despide.

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Anécdotas, entre mate y mate

“Vaya señora y siga estudiando”. Piedad lo recuerda como si fuera hoy y todavía se ríe. “Quería la nacionalidad argentina porque quería votar. Me gusta votar y cumplir, y me hicieron rendir para hacerme argentina. Tres veces fui al Juzgado Federal a Roca. La jueza me tomaba y me exigían y exigían… yo hacía lo que podía pero me bochaban… ‘vaya, vaya y siga estudiando…’, me decían. Y lo hacía porque quería votar. Así que la última vez me aprendí el preámbulo completo, pero tenía miedo de no acordarme y entonces me lo escribí en la mano”, cuenta a carcajadas. El famoso ‘machete’. Pero “de nerviosa que estaba ni pude abrir la mano que me transpiraba… y aprobé”.

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