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La increíble historia del "dueño" de Piedra del Águila

Carlos Cabezas compró un campo en 1966 con 16 familias dentro del mismo. Apostó a crear un ejido urbano y lo consiguió. Conocé su vida y cómo lo logró.

Carlos Cabezas no solo es dueño de las 60 manzanas en donde se levantó Piedra del Águila, sino que también es propietario de 37 mil hectáreas que las rodea. “Con mi familia compramos un campo en 1966 que era todo esto y apostamos no solo a la ganadería sino al desarrollo urbano”, contó a LMN y habló por primera vez sobre la decisión y sobre su injerencia en la consolidación del ejido urbano.

Es que para tomar dimensión de la gran cantidad del terreno en cuestión, hay que remarcar que una hectárea es una manzana. “Aunque tampoco hay que alarmarse, en esa época adquirir 40 mil no era demasiado en esta zona”, apaciguó Carlos, quien tuvo una mirada más progresista para aquellos años e intentó “ir a más”.

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El campo está “desde siempre” atravesado por la ruta 237 y tenía una particularidad: “Al momento de comprarlo, había 16 casas en estado irregular dentro dentro del terreno”. Con varias personas ya instaladas dentro de sus parcelas, a la idea inicial de dedicar el terreno a la actividad ganadera se le sumó “el desarrollo urbano”.

“Ahí empezamos a pensar que podía coexistir el trabajo de animales con el de un centro social y comercial en donde pudiera haber un mercado, una posta sanitaria, comisaría y una escuela”, recordó.

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La cantidad exacta que posee el título de propiedad es de 37.150 hectáreas. “Cuando la adquirimos, fuimos a hablar con las 16 familias y ya había una mínima planificación, pero era más vecinal que formal”, agregó.

Bajo la frase “seguimos el rumbo inevitable”, Carlos deslizó el acompañamiento que hubo tanto de las familias para que eso suceda como del contexto nacional y provincial.

“Empezamos donando las plazas públicas. La primera fue la plaza principal de la localidad, en donde también donamos los frentes de las cuadras para poner negocios salvo el que lógicamente da a la ruta 237. También dimos el salón municipal, jardín de infantes y todos destinos de uso público. El correo nacional, una escuela, un juzgado de paz, el registro civil… comisaría. Todo”, aclaró.

Si bien remarcó que él solo donó las tierras, el Estado fue quien hizo las construcciones. “Es que a partir del 1959, Gendarmería se empezó a retirar de la zona y de ese espacio debía ocuparse la policía provincial. Y tenía que tener dónde refugiarse y creo que nosotros dimos ese espacio y se fue dando todo en el tiempo. La necesidad del Gobierno, junto con nuestra sociedad de conformar un nuevo ejido urbano en un lugar en donde solo era rural”, aclaró.

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Una vez que la decisión estaba tomada y los terrenos cedidos, Carlos procedió a hacer las mensuras de los predios de los primeros pobladores de Piedra del Águila. “A las 16 familias que vivían nos organizamos, intervino Catastro y debíamos hacer un diagrama pensado como desarrollo urbano. Eso era importante para establecer los servicios públicos y fue una discusión larga y profunda porque algunos decían que necesitaban 150 metros de terreno, otros 200 y así. Cada uno quería algo, pero bueno, debíamos organizarnos”, describió.

Si bien aclaró que “se cometieron algunos errores” en el planeamiento, el contexto en el que se rodeó Piedra del Águila siempre les dio “coletazos”. “Nosotros somos un pueblo con un crecimiento espontaneo e irreverente porque los impactos sociales nos pusieron en Alicurá a muchos trabajadores a pocos kilómetros y después otro Villa Rincón Chico, de 5 mil operarios a 25 kilómetros”, dijo.

Es que la construcción de las represas en la zona crearon ciudades temporarias para los trabajadores que tenían más y mejores servicios que la propia localidad. “Allá había hospital, terminal y hasta aeropuerto y acá no había nada”, ejemplificó.

Muchas de los y las jóvenes de Piedra iban a cine, a estudiar inglés o hacer todo tipo de actividades que estaba en el asentamiento temporario.

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“Eso generó que cuando las represas estuvieron listas y la villa desapareció, caímos en un pozo porque perdimos muchas de las cosas que teníamos cerca”, dijo, aunque muchos de esos profesionales prefirieron en su momento quedarse en la zona: “Y ahí tuvimos otro problema. Por ejemplo, se instalaron los tres médicos de la villa acá, pero no teníamos el lugar adecuado para que trabajen”.

Tras los vaivenes y el fuerte impacto de circulación que generó las represas en actividad y las personas que se quedaron a vivir a raíz del final de la obra, Piedra del Águila comenzó a formar su gen: “Entre los mendocinos, sanjuaninos y vecinos de todas partes del país que se quedaron acá atravesamos una transición. Fueron momentos en donde se nos pegaron algunas tonadas, comidas y eso. Fue un momento de transición hasta que encontramos nuestra cultura”.

Más allá del logro de haber podido confirmar aquel ejido urbano que había imaginado Carlos cuando comenzó a ceder y vender los primeros terrenos, él no tiene “ninguna duda” que Piedra del Águila “fue fundamental” para la provincia: “A partir de ser un ejido sobre la ruta 237, le dimos la posibilidad a todos los turistas del país de poder venir a vacacionar a la zona sur y dejar de ir a Bariloche o lugares que estaban con mejores condiciones”.

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Tras la estación de servicios y los puntos de información que establecieron, habilitaron un camino seguro, rápido y confiable para los destinos como San Martín, Junín, Villa La Angostura y demás.

“Es que Piedra empezó a repartir las cartas de otra forma. Daba otras oportunidades, daba plano de la zona y lugares para recorrer, una bibliografía de lo que es la zona sur de la provincia, combustible y demás. Una parada recontra importante, fue fundamental, prestó el servicio que faltaba”, analizó Carlos.

Tras 55 años de haber adquirido el predio, su injerencia en las políticas públicas de la localidad continúan siendo “permanentes”: “Simplemente por el hecho de tener todos los terrenos aledaños al ejido urbano. Es decir, acá se instala un nuevo hospital y necesitan una parte de mi terreno. En el caso de que no lo quisieran, deberían correrse unos 12 kilómetros”.

Actualmente solo 60 cuadras conforman el ejido urbano de Piedra del Águila y el campo de Carlos lo rodea: “Serán unos 12 kilómetros para el lado de Alicurá, 3 kilómetros de la policía caminera en dirección a Neuquén. Para el otro costado, hasta el Perilago más o menos, y para el otro lado metele todo lo que falta. Imaginate que son casi 40 mil cuadras”, dijo, al repetir que “para la época” que lo compró “era normal”.

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Si bien ya muchas de esas 60 manzanas fueron vendidas a los vecinos de la ciudad y otras tantas fueron dadas a concesión son un uso público, el planeamiento de Piedra del Águila es más grande: “Lo que tenemos en el proyecto es que se debería ampliar 300 hectáreas para un lado y 300 para el otro. Dentro de ese polígono es a donde va a ir creciendo y yo le voy cediendo al municipio dependiendo de las necesidades”.

-> “Debe convertirse en un lugar para hacer turismo”

Cuando el Estado necesita un terreno para un fin público, Carlos es quien se encarga de cederlos a concesión para ese uso en particular y por ejemplo fue quien prestó el terreno en el que la Municipalidad organizó el Eclipse 2020.

“Ahora bien, si necesitas un terreno para casa y eso, se puede charlar. Yo siempre miro y miré los aspectos sociales, acá yo no quiero jugar con la especulación ni nada de eso”, dijo y aseguró que su “mayo especulación” es que siga creciendo la localidad.

“Es que sí, fijate que acá se pudo poner un hospital, ambulancia, policía, servicios todo. Y fue gracias a esta urbe que se creó y que nosotros acompañamos y acompañaremos”, aclaró.

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En el caso de que la ciudad se expanda las 600 hectáreas diseñadas, en el resto de las 31.150 restantes Carlos pretende “administrarlas de la mejor manera para que socialmente no producir desigualdades”. “Creo que armar cooperativas sería un proyecto muy factible y más si están vinculadas a la agricultura. Ganas tengo y por ahí los años que tiene uno les pesa para pensar las cosas. Creo que por ahí sería preferible resolver alguna otra cosa”, dijo.

Por su parte, lo que espera para el futuro es un fortalecimiento del estado municipal. “Cuando hablamos de eso no significa cambiar las caras, sino darle más recursos para cuando no falte nada. Que los médicos, por ejemplo, no tengan que irse o que los jóvenes se puedan desarrollar acá”, planteó.

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A su vez, está expectante. Cree que las políticas provinciales deberían cambiar el aspecto de Piedra del Águila como lugar de paso para convertirse en un lugar en donde se vaya a hacer turismo. “Es decir, potenciar que el turismo se quede puede ser uno de los objetivos a corto o a largo plazo porque acá hay pesca, kayak y toda la zona de la costa de los lagos que es lo más importante que tenemos”, explicó.

Con el “privilegio” de haber sobrepasado la pandemia en el campo y con la salud necesaria para seguir adelante, Carlos continúa apostando por Piedra del Águila. “Nunca me arrepentí de estas tierras y es una de las mejores decisiones que tomé”, concluyó.

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