Un país será tan libre como lo sean sus mujeres. En 1996, el régimen talibán tomó el poder en Afganistán y las noticias mostraban lapidaciones públicas a mujeres adúlteras como un dato etnográfico entre cruel y curioso, como una realidad demasiado lejana como para dolernos del todo.
En el mundo, aún no se habían producido los avances en materia de equidad de género que cambiaron el prisma para ver todo derecho cercenado como un atropello intolerable. Y ahora, tras el retiro de las tropas norteamericanas y el avance del régimen talibán sobre Kabul, los ojos del mundo miran los burkas y se llenan de espanto. Ahora sí, cada piedra lapidaria nos duele en nuestro propio cuerpo. Incluso a pesar de todas las conquistas, aún no es tiempo de celebrar ninguna victoria para las mujeres, que libran una batalla infinita por ganarse su lugar en el mundo.
La gran Simone de Beauvoir pidió no olvidar jamás que “bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”. Aunque la realidad internacional es dolorosa, sí podemos reconocer y celebrar nuestro cambio en la mirada, sí podemos notar que no hay distancia que borre el espanto y sí podemos decirle a Simone que estamos más alertas que nunca, que permanecemos vigilantes.
Alzar la voz frente a los atropellos podría ser el primer gesto de esa vigilancia eterna, abrir los brazos y las fronteras a las mujeres y niñas refugiadas podría ser el segundo. Pero es una insistencia machacadora e interminable, una lucha infinita, la única que puede conquistar estos derechos para siempre.


