La madre y esposa que se convirtió en otra mujer a partir de una tragedia

Rocío Butín. Sufrió un tremendo accidente en el que perdió a su familia. Hoy vuelve a vivir desde el amor y la esperanza.

En un choque frontal sobre la Ruta 22 murieron los dos hijos, el marido y el padre de Rocío. Ella sobrevivió junto a una sobrina.

Reconoce que no es la misma persona que hace seis años, pero está convencida de que no bajará los brazos. Se casó otra vez y tuvo un hijo.

Mario Cippitelli
cippitellim@lmneuquen.com.ar

Neuquén
Maldito número 10, maldito destino, malditas decisiones de un domingo que prometía ser un día más de felicidad y terminó mal, de la peor manera, con tristeza, desolación y muerte.

Rocío Butín tiene 38 años y es una mujer feliz de haber comenzado una nueva vida, con recuerdos frescos y presentes, pero sin rencores. Está en paz, lejos de aquellas maldiciones que alguna vez lanzó, de los ríos de lágrimas que lloró y se siente conforme, pese a tantas preguntas que se hizo y que nunca tuvieron respuestas.

Hace 6 años perdió a toda su familia en un accidente de tránsito en cercanías de General Roca, lugar al que viajaba para visitar a los parientes de su marido. En aquel choque brutal murieron su esposo, su padre y sus dos nenes, de 9 y 2 años. Ella sobrevivió junto a una sobrina que los acompañaba y se convirtió en un ejemplo de superación y de lucha, con un objetivo claro: volver a vivir pese a todo. Y predicar sobre los valores y conductas que hay que tener para evitar tragedias como la que le pasó.

Rocío accedió a la entrevista de este diario porque dice que está acostumbrada a hablar del tema. Ya no tiene miedo a hacerlo, aunque a veces los recuerdos le arranquen lágrimas. Sonríe, tiene la mirada transparente y serena, y un tono de voz pausado y medido que encierra mucha filosofía personal, aprendida, sin querer, a la fuerza.

Hoy trabaja en atención al público en el hospital Castro Rendón y da clases en una carrera de Recursos Humanos en un instituto terciario. Es periodista, pero no consigue que la empleen por su profesión. Pero se siente bien, colaborando en el lugar donde se cura a la gente y enseñando a quienes necesitan capacitación.

"Es una cuestión de conciencia y valores, si no me respeto a mí, difícilmente respete al otro", asegura al analizar los comportamientos cada vez más frecuentes de aquellos que competen imprudencias que causan muertes en accidentes de tránsito.

Esa prédica es algo casi cotidiano entre sus alumnos. Aprendió a transmitirlas en Estrellas Amarillas, la organización que encierra historias similares y que trabaja para que se puedan evitar otras muertes absurdas.

"Cuando te pasan estas cosas, es importante inculcar el compromiso con la vida y comenzar a valorar las pequeñas cosas y minimizar otras que antes te parecían tremendas o importantes", asegura. Si de algo sirvió el accidente fue para eso. Y para saber que había nacido otra mujer.

Dos días antes de la tragedia, Rocío le comentó a un compañero del museo de El Chocón, donde trabajaba, que el domingo siguiente pasaría algo. "Era el 10 del 10 del 2010. Le dije que tenía un sentimiento raro, pero después no le dimos importancia".

Rocío había llegado con su marido a la villa de El Chocón porque allí consiguieron empleo. Sus padres vivían en ese lugar, así que en esa población rodeada de aquel lago inmenso formaron a su familia.

El domingo 10 de octubre decidieron ir a visitar a la familia de Claudio, su esposo. En un primer momento pensaban ir en colectivo, pero el padre de Rocío se ofreció a llevarlos.

"Mi papá se había desvanecido en la última Navidad que pasamos y, si bien le habían hecho estudios y no le encontraron nada, a mí me preocupaba que manejara en la ruta", recuerda.

Pero el matrimonio finalmente accedió y desde El Chocón llegaron a Neuquén. Pasaron por la casa de una hermana de Rocío y luego retomaron camino a Roca junto a una sobrina.

Reconoce que siente temor cuando se sube a un auto. Pero lo enfrenta. Todos los fines de semana viaja a la casa de los familiares de su marido, en Stefenelli, e inevitablemente tiene que pasar por el lugar del accidente.

"Lo convencí a mi papá de que no manejara y el volante lo agarró mi esposo", relata. Era un domingo soleado, cálido y primaveral. Cerca de las 18 y con el Senda cargado, la familia partió rumbo a Roca por la Ruta 22. Su papá y su esposo se sentaron en las butacas de adelante; ella, atrás junto a los tres chicos.

Rocío tiene un último recuerdo de lo que pasó. "Estaba mandándole un mensaje de texto a un compañero del museo. Luego levanté la vista y vi a un auto gris que se nos venía encima", recuerda. Después se despertaría en el hospital, mientras le realizaban una tomografía. No sabía qué había sufrido un accidente, mucho menos qué había pasado con su familia.

Un Chevrolet Astra, conducido por Alberto García, que venía de frente a alta velocidad, mordió la banquina y salió disparado contra el auto de la familia. Los dos vehículos quedaron convertidos en un amasijo de hierros. El conductor y el padre de Rocío murieron casi en el acto. Luego su marido.
Internada, desfigurada y con una pierna destrozada, Rocío supo del destino que habían corrido sus hijos cuando le informaron que tenían muerte cerebral y le preguntaron si estaba dispuesta a donar los órganos. Ella aceptó. Milagrosamente, su sobrina también sobrevivió a la tragedia. Igual que ella.

Recuperada de sus heridas corporales y tratando de aliviar las del alma, Rocío comenzó a transitar su vida en soledad. No quiso volver a su casa de El Chocón y perdió su trabajo. Sólo se quedó con su pasado y sus recuerdos. Y su militancia para evitar nuevas muertes.

Pero el destino quiso que, después de tantas pérdidas, le diera otra oportunidad para ser feliz. Así, sin proponérselo, un día Rocío conoció a Santiago, y un bebé llamado Thomas terminó de abrir un nuevo camino.

Hoy ya no participa en Estrellas Amarillas (por sugerencia médica), pero sigue en contacto con esta organización.

Sus días pasan entre su nueva familia y sus dos trabajos que le permiten mantenerse activa y con proyectos con una visión positiva.

En el instituto da clases e interactúa con sus alumnos, quienes conocen su historia y la respetan.

En el hospital atiende a miles de personas que llegan a diario para curar su salud o la de sus familiares, aunque no siempre encuentra del otro lado la comprensión, la esperanza o la paz que ella predica.

El otro día, mientras atendía al público, una mujer se enojó con ella por las demoras y tramiteríos que a veces encierra la burocracia del hospital. Antes de irse, se dio vuelta y le dijo furiosa: "¡Ojalá te vaya mal en la vida!". Rocío la miró y siguió trabajando, como si nada. Es que desde hace tiempo su pasado le enseñó a vivir. Hoy la tolerancia es parte de su carne.

FRASES
"Mis hijos siempre están presentes. Siento que están conmigo permanentemente".
"Tenía una familia y un proyecto. Era una obra de teatro hermosa y de golpe se convirtió en un monólogo".
"Santiago no es Claudio; Thomas no es Ian ni Uma. Tampoco yo soy la misma Rocío".
"Cuando te pasan estas cosas, es importante inculcar el compromiso con la vida y valorar las pequeñas cosas".

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