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La neuquina que salvó a 500 refugiados africanos

La médica Fernanda Barral fue voluntaria en las costas de Libia.

SOFÍA SANDOVAL

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NEUQUÉN

Cuando arribó a plena zona de guerra, la vida de Fernanda Barral se cerró como un círculo. Porque estar allí, entre las ametralladoras y los gritos de auxilio, fue la motivación que tuvo a los 15 años para estudiar la carrera de Medicina y que llegó a su vida años después para confirmarle que transitaba el camino correcto.

Mientras estudiaba en la universidad, el perfil humanitario que Fernanda gestó en la adolescencia se disolvió entre la vida familiar y los compromisos de la vida adulta. Así, se especializó en dermatología y ejerció su profesión entre Neuquén y San Martín de los Andes. Sin embargo, su sensibilidad hacia los conflictos del mundo era una semilla latente que estalló el año pasado, cuando viajó como voluntaria independiente a Grecia para colaborar con los refugiados de la guerra en Siria.

Tras una misión transformadora, la médica se contactó con la organización española Activa Open Arms e inició este invierno otra misión en las costas de Libia. Desde el puerto de Malta, embarcó en un buque que recorrió el Mediterráneo en busca de los náufragos africanos que se lanzan al mar para huir de la guerra, la miseria y el hambre de su continente.

Patera es el nombre coloquial con el que se nombra a las precarias embarcaciones de goma en donde unas 120 personas se apelmazan rumbo a una muerte casi segura. “Usan un motor que emite gases que se vuelven tóxicos al mezclarse con el agua de mar”, detalla Fernanda a LM Neuquén. La mayoría de los refugiados mueren intoxicados, ahogados, quemados por esos motores o pisoteados por sus propios compañeros de viaje.

“¿Qué tiene que haber atrás para que se suban a las pateras?”, se pregunta Fernanda, que aún conserva en la retina las postales más puras de la crueldad humana, al ver no sólo las fronteras cerradas en Europa, sino a las mafias libanesas que impiden el paso de la ayuda humanitaria y hasta a los piratas que roban los motores de esas embarcaciones y dejan a los refugiados abandonados a su suerte.

Por dos semanas, Fernanda se convirtió en la médica del barco y también en una integrante de la tripulación que debía enfrentar extenuantes trabajos náuticos para sostener la vida en el mar. Con otros 14 voluntarios, hicieron varios intentos para sortear a las mafias y acercarse lo más posible a las costas a rescatar a los náufragos. “Disparan al aire con ametralladoras para que te vayas”, relató.

La misión de la dermatóloga logró levantar a 500 refugiados al buque y ese fue sólo el principio de la odisea, en la que tuvieron que recorrer las costas de Europa en busca de un puerto que los recibiera. Antes de llegar a una playa italiana que abrió sus fronteras, Fernanda navegó dos días con el calor abrasador del verano europeo y un nivel de agua y comida que se reducía con preocupante velocidad.

“En esos dos días, no es mucho lo que les podés transmitir, no podés darles esperanza porque ellos no la tienen”, se resignó. Es que, en muchas ocasiones, las ciudades europeas se niegan a recibirlos y, en otros casos, deportan a los náufragos, que deben volver al horror de sus países de origen.

Durante esas dos jornadas de búsqueda desesperada, Fernanda se recluyó en la enfermería del barco, donde se concentraban más de 100 mujeres y niños. “La mayoría de los que se suben a las pateras son hombres adultos”, aseguró.

Con balbuceos en inglés, francés y otros idiomas incomprensibles, Fernanda le preguntaba a cada uno por su historia y así comprendió que todas se asemejaban en algo. “Todos tenemos los mismos miedos, los mismos sueños y buscamos un lugar donde desarrollar nuestra vida. No somos tan diferentes”, afirmó.

Para ellos, sin embargo, la vida se presenta con la crueldad más desnuda. “Si lo analizás, acá no actúan las misiones humanitarias porque no hay situaciones tan dramáticas”, explicó Fernanda, quien se recupera del cansancio físico en San Martín de los Andes mientras se prepara para una nueva misión.

“No sé si voy a volver al mismo lugar porque la realidad es muy dinámica y las rutas de escape cambian, pero quiero aprovechar lo que aprendí en el barco para volver a ayudar”, sostuvo convencida de que su acción es un eslabón mínimo pero necesario de una cadena para evitar una parte del sufrimiento humano.

Planea con su hija ayudar a animales en extinción

NEUQUÉN

Las noticias de hallazgos de cadáveres en las costas de Libia se repiten hasta pasar casi desapercibidas por las agencias y medios internacionales. Desde hace dos años, las playas entre Derna, en Libia y la frontera con Túnez se convirtieron en un escenario bélico donde actúan las mafias que se dedican al tráfico humano, según consignan distintos medios del mundo.

Comunicarle a su familia que se marchaba a un escenario bélico no fue tan difícil para Fernanda Barral, que recibió el apoyo de sus tres hijos mayores de 20 años.

Sus hijos no sólo comprendieron la situación de los refugiados, sino el deseo de su mamá de prestar su conocimiento en una causa justa.

Pero ese gen solidario parece correr dentro de su familia, porque su hija mayor, Lucía, de 28 años, comparte con ella su inquietud por ayudar en las crisis humanitarias.

“Es licenciada en Relaciones Internacionales y participa en su propia ONG, Zero Fronteras, que trabaja en esas temáticas”, remarcó Fernanda.

La mujer aclaró que con su hija planea, en 2018, realizar un voluntariado juntas en donde combinarán la ayuda humanitaria con el trabajo por los animales en peligro en extinción.

Conmovida

La triste historia de la pequeña Sara

Entre 500 almas que gritan por auxilio y 500 salvavidas que son una bisagra entre la vida y la muerte, fue el rostro de Sara el que llamó la atención de la dermatóloga Fernanda Barral durante su misión en las costas de Libia. El gesto desesperado de una nena de dos años fue lo que conmovió a Fernanda.

“En esa patera habían muerto ocho personas, ahogadas o pisadas en el hacinamiento del barco, entre ellos, la mamá y su hermano de 7 años”, explicó Fernanda, quien se ocupó personalmente de la niña durante dos días de navegación en busca de un puerto que los recibiera. Al bajar en la costa italiana, las autoridades solicitaron que la médica se presentara para informar el estado sanitario de la embarcación y la mujer pisó tierra con la pequeña en sus brazos, a quien encomendó especialmente a las fuerzas italianas.

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